Una de las grandes ventajas de la historia reciente de la Iglesia Católica, aunque no nos paramos a pensar acerca de ello, ha sido encontrarnos en la Sede de Pedro a grandes hombres, y algunos de ellos, canonizados y llevados a los altares. Como todos sabemos, estoy hablando del papado, y actualmente la sede es ocupada por Jorge Mario Bergoglio, más conocido por todos por el Papa Francisco. -Si me permitís la expresión- “un tipo que cae bien a la gente”, una persona cercana, a la que todos entendemos cuando habla, con una naturalidad asombrosa y sobre todo pretende hacer gala de su nombre papal elegido, Francisco, que viene a decir el Santo servidor de los leprosos. Pues este tipo, me atrevo a decir, será recordado por ser el Papa de los Pobres.
Este buen hombre, nos invita en el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, 19 de noviembre de 2017, celebrar la I JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES, y como siervos fieles que somos debemos de aceptar tal invitación y sobre todo volver a subrayar que los preferidos de Dios son los Pobres.
Siempre, al hacer referencia a la pobreza, inconscientemente nos viene a la mente la pobreza material, de los recursos esenciales para vivir: vestido, pan, hogar, agua, medicinas… Efectivamente lo es y existe personas no pueden acceder a estos recursos tan imprescindibles. Pero podríamos hacer una gran lista de pobrezas existentes que no recaen en solo en lo material como son, la soledad, el desempleo, la drogadicción, la enfermedad, la incomprensión, la ignorancia, las guerras, la esclavitud…; hasta incluso percibir la finitud y límites de la existencia humana o la pobreza de nuestra alma con nuestro pecado. En cambio, la mayor pobreza no son todas las antes enumeradas y las cuales se han quedado atrás, sino la mayor de la pobreza es la ausencia de Dios. Esto conlleva una vida sin sentido, un hastío de vida, una insatisfacción vital crónica, aunque esté a tu alcance todo el poder, las riquezas y placeres del mundo. Es posible que seas el más rico, pero a la vez el más pobre.
Puedo llegar a la conclusión de que Dios permite la pobreza para ejercitarnos en la Caridad. Propiamente el cristiano católico no se salva y no alcanza a Dios por el solo asentimiento y aceptación del Credo, como una verdad de fe, incuestionable e inquebrantable, que lo es, sino, además, sus obras deben ir en concordancia y con coherencia con ese Credo, es decir, estas dos realidades son una moneda, que forman una cara y una cruz que pertenece al ser cristiano católico. Aquí en las obras nos jugamos mucho, y por ellas podemos hacer que otros crean, a través de la práctica de las obras de amor y caridad hacia los más necesitados y con todas aquellas personas con las que convivimos diariamente.
Aterrizando al mundo cofrade, el Santo Padre de la Iglesia San Juan Crisóstomo, nos interpela con las siguientes palabras: “Si queréis honrar el cuerpo de Cristo, no lo despreciéis cuando está desnudo; no honréis al Cristo eucarístico con ornamentos de seda, mientras que fuera del templo descuidáis a ese otro Cristo que sufre por frío y desnudez”. Por supuesto y no cabe duda, es muy importante el patrimonio de la hermandad, porque se lo estamos dando en ofrenda a aquel que nos ha hecho ricos o, en su defecto, a su Madre Bendita. Pero el cofrade no puede mirar para otro lado, ser un inconsciente del mundo que le rodea y en el tiempo en el que vive, con las necesidades propias del hoy. Sería una total contradicción que, al salir de sus cultos, al acabar la estación de penitencia u otro acto de la hermandad, continuara indiferente o insensible, y que su vida no se vea interpelada por ese Dios Crucificado por Amor. Exige una respuesta el inmenso bien recibido, que no es otra cosa que la redención de cada uno de nosotros.
Por lo tanto, la Iglesia nos guía para poder responder adecuadamente, encontrándose a la cabeza nuestro Papa Francisco, y no es de extrañar, que dos de las finalidades de una hermandad, concretándose esa respuesta hacia Dios, recogida en sus estatutos sean: la evangelización; para paliar la gran pobreza de la ausencia de Dios. Esta es la verdadera crisis de nuestros días, un mundo sin Dios; y la otra finalidad el ser Caritativos y Sociales; practicando las obras de misericordia. Como todos es bien sabido, recogida de juguetes y alimentos; dando de comer a los que no tienen; visitando a los enfermos y ancianos; visitando al que está preso. Para así llegar a ser la cofradía de los pobres. ¡Qué bonito nombre!
Para terminar, el vivir en la pobreza, significa vivir libre y no ser esclavo, en poner el corazón en cosas que son banales sino entregarlo a Dios. Hago mías las palabras de San Rafael Arnaiz “Solo Dios”.





