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Córdoba

Las Cruces de Mayo se apoderan de Córdoba

Para aquellos que no lo conozcan el día 3 de Mayo celebramos una fiesta litúrgica caída “en desgracia” tras el concilio Vaticano II, In Inventione S. Crucis. Es decir el Hallazgo por Santa Elena de la verdadera Cruz donde pereció Jesús. Es cierto que en toda Andalucía , en cada uno de sus pueblos y ciudades, es una festividad que adquiere rasgos propios entroncados también con el culto a María y con la celebración de la primavera. Es incuestionable el lado lúdico de la fecha y su carácter social y comunitario.

Si en otras eras las Hermandades, singularmente las de la Vera Cruz tenían un papel primordial en su desarrollo, hoy ha pasado a ser un acontecimiento que traspasa su origen religioso y que según donde nos encontremos puede durar sólo el día 3, una semana, o incluso todo el mes. Ejemplos prolijos ya que las Cruces son un reclamo donde se disfruta, ataviados muchos hombres y mujeres de flamenco u otros trajes típicos, se baila y adquiere protagonismo los ricos manjares de la tierra y el mar; Las cruces de Granada con sus altares y sus peros; las cruces de Córdoba; Las doce cruces de Bonares, o de Berrocal, en Huelva; El Día de la Cruz en Jimena, Jaén; la Cruz de Mayo y las Mayas de Carmona; y un largo y extenso etc. en toda la geografía andaluza con distintos rituales y costumbres propias.

Córdoba dona a la fiesta la rica idiosincrasia de sus calles y plazas, rincones donde el cordobés y el visitante se solazan ante el esplendor de una primavera como ninguna otra, y donde los sentidos son agasajados con mil propuestas distintas en forma de gastronomía, suaves y delicadas fragancias emanadas de mil flores, y una extraordinaria sinfonía cromática donde los colores bailan al son de una luz única.

El espíritu de Córdoba, esa mujer morena pintada por el genio de Julio Romero de Torres, seguro que tendrá a bien guiarnos por esas señeras, misteriosas y artisticas plazas que abrazan los esfuerzos de muchos cordobeses por hacer de sus cruces la más bella y bonita de toda la ciudad, hasta cincuenta según los datos del ayuntamiento. El Casco Antiguo se llena de estampas dignas de ser inmortalizadas por un pincel o el click de una cámara fotográfica, siempre iguales pero siempre distintas. Entre las instituciones que más colaboran a este empeño ciudadano las hermandades son unas de las más representativas engalanando las plateas de la Trinidad o de San Nicolás, con las cruces respectivamente de la Sentencia y del Vía Crucís. Cercanas a éllas La Cruz de la Buena Muerte se presenta en la ancha de San Ignacio de Loyola; Las citadas plazas sin embargo tienen que rendirse ante una de sus hermanas más emblemáticas y universales de la ciudad, aquella donde reside el Cristo de los Faroles, y donde la Hermandad de los Dolores erige su Cruz de mayo.

Bajamos por una escalinata de hondo sabor cofrade, y que unía la axerquía de la ciudad con otros barrios, es la Cuesta del Bailio, y aquí también encontramos otra Cruz donde parar y complacernos, la que sostiene bajo su manto la Virgen de la Paz y Esperanza. Sin embargo continuamos recordando nuestro transitar por dos lugares que también nos han hecho gozar de una jornada especial y maravillosa; como no recomendar las Cruces de la Santa Faz y del Cister, en las plazas de la Compañía y Cardenal Herrero. Pero nuestra búsqueda no se detiene, y nuestra curiosidad no se sacia de asombrarse ante lo que ha visto y espera contemplar así que bajamos hasta el claustro del desamortizado convento de San Francisco y su entorno de la plaza de la Tierra andaluza donde la Cruz del Huerto se nos presenta. Seguidamente rodeamos hacía la Plaza de las Cañas y allí los hermanos de la cofradía del Señor de San Lorenzo, El Calvario, se afanan en atender a todos los amigos que, como nosotros, visitan su cruz. Nuestro Caminar no se detiene y se dirige hacía otra plaza adyacente a la Corredera, la del Socorro, allí en su capilla la virgen coronada bendice la cruz que su hermandad ha dispuesto en el enclave; pero continuamos con nuestro anhelo de acariciar el aire, la luz, y el sonido de una Córdoba inmortal, llegamos a la Basílica Menor de San Pedro y a su plazuela donde la hermandad de la Misericordia, que es una con su barrio, nos regala su obra hecha cruz de flores.

Nos perdemos por las callejuelas y dejamos atrás el casco antiguo, pero tenemos suerte y nos adentramos en otro barrio clásico de las Córdobas que han sido, Santa Marina, y sus plazas afortunadas por la asistencia de miles de cordobeses que pugnan por acercarse a las cruces de las Hermandades del Resucitado, la Soledad, y la Expiración, respectivamente expuestas en la Plaza del Conde de Priego, donde Manolete celebra centenario; si cabe más impronta del Torero tiene la Plaza de la Lagunilla donde nacío y se crió; por último la misma plaza de Santa Marina, por la Iglesia fernandina del hermoso rosetón. Cruzamos el Colodro y pisamos avenidas más modernas pero con plazas con sabor a la córdoba de siempre, pocas cosas más de la tierra que el olivo, y la Flor del Olivo da nombre a una gran plaza entre Ollerías y Equipo Cincuenta y siete, donde la Hermandad de Jesús Caído engalana ese espacio con su Cruz. No es la única Cruz de mayo en calles modernas, no podía serlo, de eso sabe mucho la Hermandad de San Álvaro que instala la suya en Doce de Octubre.

Pero nosotros regados con el vino de Montilla y alimentados por un flamenquin que quita el sentido nos vamos ahora al cine, si puede ser al de verano, a falta de uno dos, ensanches del urbanismo cordobés cual plazas o patios de vecinos característicos, son los denominados Fuenseca y Olimpia refugio de las noches calurosas de nuestro verano, y donde las cofradías del Prendimiento y la Esperanza encuentran la casa de su cruz; nuestros pasos, nunca cansados, sino siempre expectantes y felices hacen que desemboquemos en la recientemente remodelada plaza de San Agustín, no para el agrado de todos su vecinos, que guardan distancias con lo realizado y que en algunos se convierte en mordaz critica, sin embargo todo se solapa con la presencia de la sin par iglesia del convento de San Agustín, cuyo interior es una joya del barroco, en este marco la Hermandad de la Entrada Triunfal, o sease la Borriquita, mantiene estos días su cruz. Muy cerca la Plaza del Padre Cristóbal enfrente de la puerta del convento de Jesús Nazareno sirve para que la Hermandad del mismo nombre se sume a la fiesta de las cruces. Cruces que seguimos recorriendo siempre llevados por el genio de Córdoba dotado de un estilo y carácter propio e inconfundible que hace a todos los barrios de la ciudad y a todas las hermandades un conjunto plural, heterogéneo si se quiere, pero con una esencias fuertemente arraigadas de las que somos testigos en la Avenida de Fray Albino con la Cruz del Amor; como La de la Sagrada Cena en la Calle José Damaso “Pepete”; Y La de la Agonía en el barrio del Naranjo.

Nuestro recorrido por Córdoba y sus bello bautizo de la estación primaveral que son las cruces no ha acabado y otros barrios y otras cruces nos reclaman con un encantamiento común a todas La Merced en los Jardines del músico Pedro Gomes Laserna, casi cruzando la calle en la castiza plaza del Alpargate está situada la Del Cristo de Gracia, llegando a su cita anual con todos sus admiradores. Como volando nos iremos transportando a San Andrés, antes pasaremos por la Plaza del Poeta Juan Bernier, que antaño fue convento, donde la Cruz del Buen Suceso nos invita, como también la Cruz de las penas de Santiago.

Y no podremos terminar nuestro paseo de la mano de la mujer morena que es Córdoba sin llegar hasta el triunfo de su Custodio, el Ángel que prometió protegerla, San Rafael, que mira hacía su catedral, 800 años cristiana, en ese espacio alrededor de la gran pilastra la Hermandad del santo sepulcro presenta al rio, a la campiña y a la Sierra su cruz. Ahí es ná. Córdoba un sueño hecho realidad que se confunde con la primavera, Córdoba alhaja del mundo.

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