Esta semana fui uno de tantos sevillanos que visitaba el recién restaurado templo de Santa Catalina. Por mi edad, no recordaba haber pisado antes esta iglesia que llevaba cerrada catorce años y medio. Al entrar, cómo no, me llevé una fuerte impresión. Estaba en un lugar que retomaba su esplendor, en un sitio que había estado allí siempre como algo inalcanzable. Tenía la sensación de que mi ciudad había ganado joyas muy preciadas. Como si hubiese llegado un último galeón con retraso.
Me acomodé en uno de sus bancos para asistir a misa. Escuchaba la predicación del sacerdote, el mismo que tuvo que echar el cierre a Santa Catalina, pero mi mirada se perdía en su artesonado mudéjar. Olía a pintura y todo brillaba con más intensidad de la que podía corresponder.
Cada rincón llamaba mi atención y le dedicaba su tiempo en observarlo. Pero tardé en fijarme en el verdadero tesoro de Santa Catalina. No, no era su majestuosa capilla sacramental. Era lo que más había ganado con la restauración. Los primeros bancos de la iglesia.
Allí estaban sentadas. No las conocía. Pero sabía quiénes eran. Todavía les duraba el peinado de la peluquería del fin de semana. Vestían de colores oscuros mas estaban revestidas de festejo. Y sus arrugas pronunciaban una felicidad que se veía desde lejos. Eran las feligresas de Santa Catalina.
No eran muchas. Ocupaban los dos primeros bancos de cada fila. Asistían a la misa con una atención y una alegría que llenaba de luz el templo gótico-mudéjar. Quizás hayan sido las que más han sufrido con el cierre del templo. Un calvario que lo han vivido desde hace más tiempo. Cuando veían una degradación que no acabaría en las tardes poniendo cubos para las goteras y rezando al Santísimo para que no pasara ninguna desgracia.
La reapertura de Santa Catalina ha sido para ellas un regalo divino. No tenían la certeza de poder volver a entrar en el sitio donde han vivido los momentos más felices de sus vidas. Allí hicieron la comunión, se casaron y bautizaron a sus hijos. Y también los más amargos, rezando por cosas que aún se sigue guardando entre ellas y una Santa que terminó velando por sus seres más queridos.
Aquí está el mejor tesoro de Santa Catalina. Sus verdaderas entrañas que han recobrado un esplendor de alegría y viveza. Las eternas niñas que siguen llevando flores a la Virgen del Rosario, las mujeres que siempre llevaron a sus hijos en el regazo del brazo derecho y ahora enseñan a sus nietas una segunda casa familiar que hasta ayer no la conocieron.
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