Las imágenes cristíferas en el siglo mariano

No han sido pocas las ocasiones en que hemos profundizado en el siglo XVIII cordobés para analizar la religiosidad de aquel período histórico y el desarrollo de la imaginería que comenzaba a dejar atrás la fuerte carga dramática del Barroco en pro de otras tendencias influidas por los ideales de la Ilustración. Esto se traduciría en un refinamiento, idealización, corrección académica y, también, un significativo distanciamiento de los gustos propios del pueblo. Sin embargo, esas predilecciones que se imponían a las anteriores en el ámbito artístico no lograron seducir completamente a la comunidad cofrade que, al fin y al cabo, no dejaba de ser la clientela. A pesar de todo, esa falta de entendimiento entre artistas y hermandades no supuso un gran problema, pues las corporaciones ya contaban con un amplio repertorio de imágenes entre las que escoger en función de sus necesidades, fruto del productivo y ya mencionado Barroco.

Por su parte, la imaginería denominada neoclásica ganaría en patetismo, con evidentes signos de contención para mostrarse ante todo elegante y con un cierto aire aristocrático. Expuestas estas características, es prácticamente imposible no reparar en las imágenes marianas, protagonistas indiscutibles de este siglo, a través de las cuales el dolor se plasma de un modo distinto al de épocas previas. El rostro de la Santísima Virgen se convertía así en un lienzo en blanco sobre el que sus rasgos se irían dibujando a través de la estética más estricta aunque, en ocasiones, bajo el influjo rococó francés.

Cabe recordar que, con el paso a un segundo plano de las imágenes cristíferas que ponía el foco sobre la representación de María, el lugar verdaderamente privilegiado lo ocuparían las Vírgenes de Gloria con toda la amplia variedad de advocaciones de las que también hemos hablado en otras publicaciones y entre las que merece especial mención las dedicadas a la Virgen del Rosario.

Como contrapunto, hallamos asimismo la imaginería mariana pasionista que, de un modo u otro, seguiría estando al amparo de los cánones barrocos, poniendo así en valor esa alianza indisoluble entre dicho movimiento artístico y la Semana Santa.

En la siempre íntima Córdoba Cofrade, dos imágenes de Jesús Nazareno harían su aparición desafiando al gusto extendido por la representación de la Santísima Virgen para, además, suscitar fortísimas devociones que no habrían de apagarse con el transcurso del tiempo. Hablamos, como no podía ser de otro modo, de Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado y de Nuestro Padre Jesús del Calvario, de distinta concepción plástica dadas también sus diferentes procedencias.

Fotografía Patio Cordobés 1972

El Señor de Córdoba, aunque llamado Nazareno, rompe con la tradicional idea de Jesús con la cruz a cuestas camino del Calvario para presentarse ante la ciudad que tanto lo venera como Jesús preso. Su iconografía encuentra su explicación en el célebre Nazareno que los Padres Trinitarios lograron rescatar en 1682 de la localidad norteafricana de Mámora. El queridísimo Cautivo fue rescatado junto a otras tantas imágenes que habían sido objeto de burla por aquellas tierras para después ser trasladado a Madrid, lugar en el que pasaría a ser conocido como Jesús de Medinaceli. Fue precisamente aquel rescate del que valientemente se responsabilizó Fray Pedro de los Ángeles el que sirvió para dar título al preso cordobés de Fernando Díaz Pacheco, realizado en 1713 en tiempos del Padre Superior Fray Cristóbal de San Juan de Mata.

El Señor Rescatado ha sido descrito tras los pertinentes estudios – a menudo realizados con el entorpecimiento que suponen las ropas y la particular melena postiza – como una obra de correcta ejecución y de bello rostro, el cual refleja una expresión piadosa. Aunque la talla cordobesa se inspira en el modelo que la capital española se ha encargado de mimar, no cabe duda de que Díaz Pacheco quiso imprimir a Jesús Rescatado los rasgos propios de la escuela sevillana, alzándose como una imagen sin antecedentes ni imitaciones posteriores en el contexto cofrade de la ciudad califal.

El Rescatado recibe la notable influencia del conocido prototipo de Juan Martínez Montañés, sumándose a un modismo que consistió en recuperar los patrones trazados por el afamado imaginero y que se produjo en la ciudad hispalense en los últimos tiempos del Barroco.

La historia tras el Señor del Calvario es bien distinta. En su día, el dulce nazareno de San Lorenzo llegó a recorrer las calles de la ciudad dando forma a la famosa escena en que se producía el encuentro en la calle de la Amargura, razón por la que la pequeña talla llegó a ir acompañada por la Santísima Virgen, la Verónica y el Cirineo, imágenes de las cuales ya hemos hablado en el pasado y que, incluso, llegaron a dejarnos históricas fotografías.

Fotografía Patio Cordobés 1972

No obstante, el paso del tiempo quiso que Nuestro Padre Jesús del Calvario terminase procesionando en soledad, convirtiéndose en el único centro de atención sobre un magnífico paso que, en su momento, despertó la admiración colectiva y se alzó como referente de todo cuanto habría de llegar después. Estas circunstancias, sumadas a la alabada restauración a la que fue sometido el nazareno por Miguel Arjona, resaltaron esa inconfundible y delicada belleza, de marcados rasgos, tan propios del Barroco tardío.

Así, la hermosa imagen que en dicho siglo realizase Fray Juan de la Concepción – y que fuese bendecida por el obispo Marcelino Siuri en 1724 para la cofradía que ya se había autorizado un par de años antes – se transformaría en un perfecto ejemplo de fragilidad, exquisitez y distinción, magistralmente plasmado en los detalles. El bigote y la barba, por ejemplo, adquieren un valor ornamental más que otra cosa, tal y como fuese característico en las tallas granadinas del primer tercio del siglo XVIII.

De este modo y a pesar de la enorme fuerza de las hermandades rosarianas, gracias a la conmovedora expresión del Señor del Calvario y al trabajo de su hermandad, el nazareno pasó a ser el foco de una devoción que, como bien sabemos, llegó a tener tanta relevancia que incluso era conducida en procesión con motivo de la Vía Sacra al Calvario del Marrubial que con tanta frecuencia se llevaba a cabo.