La Chicotá de Nandel, Opinión

¿Lo divino? Lo primero, lo humano

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Ya estamos en faena. Ahora ya, nos hemos dado cuenta fielmente que si, que ahora sí que sí. Hemos vuelto.

Con la vuelta vienen a la mente los viejos fantasmas que queremos olvidar, porque ahora la vuelta nos ha vuelto a recordar, y algunos, se habrán ido, para eso sí ha servido el virus, o la gripe dura, o la pandemia que llaman algunos.

Con la vuelta, también nos hemos acordado de lo que los costaleros teníamos, y no era una chicotá, ni una levantá, ni la morcilla y el costal, ni las alpargatas, ni el sueño de otra vez pasar por nuestra calle soñada con el Titular de la Hermandad, no. Hemos vuelto, a lo humano, al abrazo amigo, a la sonrisa, a la broma, a las risas, a los… ¿Te acuerdas de…? Que claro que te acuerdas porque siempre nos hace reír recordarlo, y que no se pierda nunca.

Lo humano es más importante que lo divino, porque sencillamente, sino hay Hermandad, Humanidad, Humildad, Compañerismo, Ayuda al prójimo, lo divino no existe, no puede existir una ofrenda a lo divino con el alma sucia o el corazón vacío de sentimientos.

En el ensayo de esta semana del alpargate, o del Señor de Córdoba, como prefieran, hemos vuelto a esas cosas que perdimos y, vuelvo a repetir, no la divinidad de los pasos, sino, los momentos humanos y hermosos, llenos de sentimiento, alma y corazón.

Se preparaba el capataz Javier Santiago, que tiene otro artículo a parte en cuanto a lo humano, solo hay que ver qué legión fiel tiene por fin Jesús Rescatado, cuando su segundo, él también capataz de Córdoba, Raúl Casares, le interrumpe y comenta que está presenciando el ensayo muy cerquita del paso Juan Rodríguez, que se puede decir que fue capataz de aquí, o allí, Redención tantos y tantos años, y Caridad, y… Pero es mejor decir cómo se escucha a un costalero para hablar de Juan, «atentos, que llega un maestro».

Cada maestrillo tiene su librillo, y cualquiera que sentó algo de cátedra, que enseñó a tantos y tantos, no puede dejar de llevar esa palabra junto a su nombre y, no de adorno como alguno lo pondrá, sino, ¡Veráz! ¡Maestro!

Juan, emocionaba con su presencia a los jóvenes costaleros, pero más aún a los ya veteranos de la cuadrilla, veteranos en mil batallas que saben la valía de alguien, que ni la vida ni sus requiebros ha podido doblar, ni un poquito siquiera. Juan fue una roca como capataz ante los críticos, ante las adversidades y, es un titán como miembro de su familia, como hombre y persona. Nadie nunca le escribió un guión, él no era hombre de eso, pues simplemente, nunca lo hubiera aceptado.

Juan sigue su vida, escribiendo su guión y, ahora, con su ejemplo como persona luchadora no solo es ese capataz que todos admiramos, que todos criticamos, que todos quisimos ser, ahora es la persona valiente que todos quisiéramos ser, pero claro, no todos somos un maestro curtido en mil batallas cofrades, con cornadas en varias trayectorias, ascendentes, descendentes, y con una Magna en la que si nos hubiéramos tenido que ir, por las razones que fueran, nos debíamos haber despedido, esa fue la estocada final. Pero con Juan no valen las estocadas, ni queremos acordarnos más que de su imagen frente a su Señor de Redención, o bajo el compás de San Francisco.

Las palabras de Juan en la levantá como despedida, vayan hacia él mismo, pues es lo divino, «que el Señor te bendiga maestro», y como lo importante es lo humano, déjate ver por más ensayos, que algunos recuerden lo que enseñaste, lo que fuiste, pero sobre todo, te vean sin traje negro, y vean lo que eres, un Maestro, en mayúsculas, en la lucha por vivir cada chicotá de la vida, como tú dices, con los tuyos cogiendo todos kilos, pero siempre con fuerza ‘parriba día a día, por eso, Juanes Rodríguez faltan, por eso, a los maestros los nombra el pueblo, no el divino, aunque ellos solamente se deban a la divinidad y no a la vanidad.