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El Rincón de la Memoria, Sevilla

Los héroes que salvaron al Cristo de las Tres Caídas de las llamas republicanas

Ocurrió en el año 1936. Un año marcado inevitablemente por el inicio de una guerra fratricida en la que muchos pasaron facturas pasadas a sus vecinos y conciudadanos y trasladaron sus odios más recalcitrantes hacia todo aquello que detestaban. El comienzo de la contienda supuso la destrucción de un gran número de obras de arte en ciudades como Málaga o Sevilla pasto de las llamas y la irracionalidad de quienes pretendían defender el status quo a costa de destruir el pasado de su propia idiosincrasia.

Con la llegada de la guerra civil Triana se convirtió en un auténtico polvorín cuya destrucción se dejó notar con toda su fiereza llenando de desolación y dolor a los hermanos de la Hermandad de la O. Una sinrazón que a punto estuvo de acabar con el mismísimo Cachorro. A orillas del río Betis también el temor se extendió como una mancha de aceite. Los hermanos de la Esperanza de Triana ocultaron a su dolorosa en casa de José Percio por un cofrade conocido con el sobrenombre de Canito. Salvaguardada la integridad de la reina de la calle Pureza, que se hallaban  ya entonces en la iglesia de San Jacinto, había que encontrar acomodo y sacar al Santísimo Cristo de las Tres Caídas para protegerlo de las llamas republicanas. 

Los hermanos de la Corporación idearon un plan para sacar a quien nos ayuda a levantarnos cada vez que las vicisitudes de la lucha cotidiana nos obliga a hincar la rodilla en tierra. Y lo lograron sacándolo envuelto entre sacos patatas y carbón en un desvencijado carro propiedad de José Medina Amoreti para esconderlo en un hueco de la escalera del domicilio particular del entonces mayordomo segundo de la Hermandad Francisco Gordillo en la calle Betis.

Así lo contaba la hija el dueño del carro, Francisca Medina de los Santos que explicaba cómo su padre que llevaba el carro, su abuelo – Antonio de los Santos Ávila – , su padrino – el propio Francisco Gordillo – se juramentaron promesa de que el primero de los tres que falleciera sería envuelto en la misma sábana que cubrió el Cristo en su traslado. Fue Gordillo el primero encontrarse en el cielo con el Hijo de Dios teniendo el honor de ser amortajado con la misma sábana que protegió al Santísimo Cristo de las Tres Caídas.

José Medina, que vivía en la Calle San Jacinto, justo enfrente de donde hoy se encuentra la Capilla de la Estrella, según contaba su hija, cuando, debido a la edad no podía acompañar ya al al rey de la calle Pureza en su estación de penitencia, lo esperaba siempre en el Altozano para rezarle. Al encontrarse cara a cara con el Hijo de la Esperanza siempre repetía «Señor, gracias por el honor con que me premiaste. Pocos hombres pueden decir como yo que, un día cualquiera, di un paseo en mi carro con el Hijo de Dios».

Bajo la luz de las velas y hablando en voz muy baja para no despertar sospechas entre los vecinos celebrado una reunión para concretar todos y cada uno de los detalles para realizar el traslado. A ninguno de los allí reunidos le importaba el riesgo a correr. Fue una noche muy larga en la que nadie durmió y con las luces del alba salieron a la calle para atar el último cabo suelto. En aquellos tiempos el sereno era considerado una autoridad y más que desarrollar un papel de encendedor de luces o portero tenía el de vigilante nocturno.

Aquellos hombres tenían una relación de cierta amistad con el sereno de aquella zona de Triana. Dieron unas palmadas y apareció Manuel el sereno. Este, bonachón por naturaleza, escucho en silencio lo que tenían pensado hacer y prometió ayudarles, aportando la idea de hacerlo de día, por resultar menos sospechosa.

Al día siguiente José Medina tenía el encargo de transportar una calada de patatas al Mercado de Triana y allí entre la carga escondieron a la imagen del Cristo envuelta en una sábana y tapada con sacos vacíos. Medina enfilo la calle San Jacinto hacia el Altozano mientras por las rendijas de un balcón entreabierto los ojos de María de los Santos, su esposa, también hermana de la Corporación trianera,  contemplaba lo que estaba sucediendo rezando al cielo por la suerte del Cristo y del hombre que se estaba jugando la vida por salvarlo.

Al llegar al altozano un grupo revolucionario dio el alto al carro pero de repente apareció Manuel el sereno que seguía de cerca la marcha del carro asegurando que en nada ocurría que conocía perfectamente a ese hombre que era jornalero padre de familia y carecía de ideales políticos motivo por el cual lo dejaron continuar sin mayor problema. Manuel, el sereno, salvo la vida de Medina y la integridad del Santísimo Cristo de las Tres Caídas.

El carro continúa hacia la calle Betis a la casa de Gordillo dónde en el hueco de una escalera fue depositado y tapiado permaneciendo allí hasta que la llama del odio pareció apaciguarse. Francisca Medina contaba que aquella noche a pesar de la escasez que se sufría hubo una copa de vino para celebrar el éxito de tan difícil empresa y aquella noche tuvo lugar la promesa de que el primero de aquellos hombres que falleciese tendría la suerte de ser amortajado con aquella sagrada sábana que salvo al Santísimo Cristo de las Tres Caídas de la destrucción.

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