Cuando se pronuncia el nombre de Juan Martínez Cerrillo se habla de uno de los personajes fundamentales de la Córdoba Cofrade del siglo XX. Un artista multidisciplinar sin cuya presencia la Semana Santa de Córdoba sería diametralmente diferente a lo que es en la actualidad. Su impronta se tradujo a lo largo de las décadas en una auténtica revolución respecto de las imágenes devocionales, marianas y cristiferas, en torno a las cuales fluye buena parte de la religiosidad popular de la ciudad de San Rafael del último siglo. Si bien hemos abordado en artículos precedentes la influencia que su obra ha tenido en el devenir histórico de las hermandades cordobesas, desde el punto de vista de su faceta como imaginero, el arte de Juan Martínez Cerrillo no queda circunscrito a su destreza con la gubia, materializada en múltiples imágenes en las que trasciende su particular visión, tanto de la imagen del Salvador, dotada, bajo su mirada, de una singular dulzura que siempre atempera la pasión sufrida y su concepción personal de Virgen niña, que se reproduce prácticamente en toda su obra, con ejemplos marcadamente representativos que a todos nos vienen a la cabeza.
Y es que la obra y la influencia de Juan Martínez Cerrillo ha abarcado otros campos artísticos, con una influencia particularmente acusada en hermandades como la Esperanza y la Paz, de cuyas juntas de gobierno fue miembro, determinando de manera sustancial parte de la fisionomía de ambas cofradías. Sin lugar a dudas la otra faceta especialmente destacada de la producción artística de Juan Martínez Cerrillo se halla en el campo del trabajo del cuero, el guadamecí, un arte especialmente significativo y tradicional en la ciudad de Córdoba y que Juan Martínez Cerrillo desarrollo a lo largo de su vida artística, ejecutando multitud de piezas de cuero repujado y cuero repujado y policromado.
Una de sus obras de esta última clase más recordadas acompañó a Nuestro Padre Jesús de las Penas durante muchos Domingos de Ramos bajo el cielo de la primavera cordobesa, en aquel legendario paso en el que el Señor de los Gitanos caminó durante años en soledad precediendo a su Madre Esperanza que todavía luce en las bambalinas de su palio piezas del arte guadamecilero del maestro de Bujalance. Sin embargo, una de sus obras más singulares en este campo reside en la iglesia conventual del Santo Ángel de los Padres Capuchinos, la capilla de Nuestra Señora de la Paz y Esperanza, siendo ésta la última obra que realizase Juan Martínez Cerrillo, estando ya aquejado de la enfermedad que lo acompañaría hasta los últimos días de su existencia. Una enfermedad que provocó incluso que la fecha de bendición de la capilla hubiera de ser aplazada en varias ocasiones, habida cuenta de la dilación en la entrega de las últimas piezas realizadas por el genial artista.
Finalmente, el 8 de diciembre de 1987, fray Fernando Linares Fernández, Padre Provincial de la Orden Capuchina y hermano de honor de la Cofradía de La Paz, bendijo la capilla de la Virgen, tras una solemne eucaristía concelebrada con fray Ricardo de Córdoba y el padre Andrés. Una hermosa capilla, que originalmente fuera bendecida por Monseñor José María Cirarda, obispo de Córdoba, el 24 de Enero de 1972, que quedó totalmente revestida de guadamecíes decorados con relieves y grabados pintados y rematados de oro y plata, obra del añorado Martínez Cerrillo. Unas piezas dotadas de una exquisita belleza y que, junto a las piezas de orfebrería cinceladas por los Hermanos Lama, completan un maravilloso y original conjunto, único en su categoría, conformando un impresionante resultado que resalta, aún más si cabe, la dulcísima belleza de la Paloma de Capuchinos, logrando reunir en el mismo espacio físico a su primera dolorosa de la ciudad de Córdoba y a su última creación artística, el último regalo de Martínez Cerrillo a la Virgen de la Paz y cerrando de este modo un ciclo vital que adquiere su máxima expresión por obra y gracia de su inagotable creatividad.
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