En numerosas ocasiones se habla sobre la potencialidad de las cofradías, la cual podría identificarse con su valor socio-cultural y religioso. Asimismo, se considera que esa fuerza intrínseca permanece adormilada, e incluso hay voces que determinan que se aboga poco en su favor. Sin embargo, cabe preguntarse si realmente dicha potencialidad existe y, de ser así, cuál es su esencia. En otras palabras: ¿de dónde nace el valor de las cofradías?
Si echamos un ojo al origen de las hermandades, observamos que todas comparten un eje bipartito. Por un lado, se potenciaba su aspecto devocional en torno a distintas advocaciones o misterios cristianos. Por otro, se practicaba la asistencia caritativa a los más necesitados. Las cuestiones estéticas no parecían tener un gran interés. De este modo, tanto la fe como la caridad se imponían como los pilares constitutivos de toda corporación.
Volviendo ya al presente, no sería descabellado preguntarse si las cofradías, o más bien la mayoría de sus hermanos, siguen teniendo estos principios. En cuanto al interés asistencial, parece apropiado concluir que se mantiene la tradición original mediante los proyectos propios de la labor social. Sin embargo, ¿qué ocurre con respecto a la fe? ¿En verdad esa creencia y devoción son tales, o nos mueve en realidad una emotividad desligada de la fe? ¿Creemos realmente lo que decimos ser, esto es, la doctrina cristiana?
Permitidme, aunque sea por deferencia, que dude sobre esto último. Si bien las generalidades y comparaciones son odiosas, lo cierto es que se aprecia una cierta dejadez formativa por parte de los cristianos. Los cofrades, que también pertenecen al cristianismo, por más que alguno quiera lo contrario, participan de esa tendencia. Por ello, algunas hermandades, conocedoras de lo preocupante de la situación, han apostado por la instrucción de sus hermanos y han organizado cursos de formación cristiana. Es decir, se han preocupado por aquel pilar devocional que permitió la existencia de las cofradías hace siglos y que hoy, por diferentes causas, empieza a temblar.
Sin embargo, ¿cuántos tienen interés en formarse? ¿Cuántos buscan profundizar en lo que supuestamente creen o quieren conocer más acerca de lo que las imágenes, los pasos y los cortejos realmente representan? ¿Podemos hablar de una edad de oro cofradiera o de un tiempo propicio para las hermandades cuando las iglesias están vacías, las misas olvidadas y el Santísimo relegado a una esquina, adorado por los mismos fieles de siempre y viendo las espaldas de cientos de visitantes que no reparan en él? ¿Acaso se puede siquiera plantear cierto potencial cuando lo más elemental parece quedar anclado en el pasado, condenado al ostracismo y obviado en todo momento?
La finalidad de todo pilar es sostener el edificio y, en el caso de las hermandades, contamos únicamente con los dos anteriormente referidos. Aunque uno de ellos, el de la labor social, se encuentre en óptimas condiciones, si falla el otro, todo el edificio se viene abajo. Por tanto, mucho cuidado y no nos confiemos. Es un acto noble y sin duda de justicia querer expandir el valor de la Semana Santa y reivindicar su importancia social, artística y cultural. No obstante, no debemos olvidar el ámbito religioso ni cejar en el empeño de catequizar a nuestros hermanos. De hecho, tendría que ser asunto común de cada una de las hermandades de nuestra ciudad y debería debatirse y abordarse de forma conjunta. La gravedad lo exige y la necesidad lo demanda. A partir de ahí, ya podremos hablar como cofrades de cuantas cosas periféricas queramos, incluso de potencialidades. Pero antes, lo esencial, por favor.
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