Lunes Santo desde el corazón de un mercedario

Hoy es Lunes Santo, un día que comienzo de manera agridulce, como el beso de buenas noches de un amor que endulza ese momento pero que desespera por la soledad que deja hasta que se vuelve a mirar de frente. Hace poco menos de un año que besé por última vez la trabajadera del misterio de Coronación de Espinas restando días para poder llegar de nuevo a sentir la áspera madera sobre mi costal. De la misma manera, hace poco menos de un año que vi por última vez a Nuestra Madre Mercedaria bajo su palio maravillosamente dispuesto por los hermanos que admiro tremendamente.

Hoy, despierto sin planchar mi costal, sin tener a mano mi papeleta de sitio, sin disponer mi atuendo de manera organizada sobre la cama y sin controlar al detalle los horarios. Hoy ellos, dispusieron que disfrutara desde fuera, consolaron mi incapacidad para ser los pies del Señor como tantos años, y me brindaron el inmenso placer de conservar los nervios como cada Lunes Santo para no dejarme sin sentir uno de los placeres inexplicables que se sienten hasta verlos salir por una puerta que tantas veces crucé de la mano de las personas que durante mi vida fueron pasando.

Hoy, comenzaré a derramar lágrimas en mi interior desde el mismo momento en que como cada mañana de Lunes Santo gire la encalada esquina que me haga tener de frente de manera exquisita a mi Humilde Coronado y a mi Bendita Madre. Encontraré a los hermanos de toda la vida llenos de júbilo rememorando estampas que casi durante 30 años he tenido la suerte de vivir y que siempre en algún momento salen a relucir en nuestras charlas fraternales.

Hoy volveré a ver en la calle, el gusto y el amor de una Cofradía de barrio que entrega su alma y su empeño a los vecinos que horas antes se agolpan a las puertas que, durante la tarde, se abrirán brindado a Córdoba el lujo de ver a una Hermandad que crece a un ritmo tan grande como los corazones de las personas que la componen, y que luchan diariamente por hacer ver la manera en que se ama a Nuestro Padre y Nuestra Madre.

Escribo hoy estas letras cargado de emoción, esa emoción que empujará cada parte de mi cuerpo cuando vea aparecer la cruz de guía que entre faroles ilumine vuestros pasos, esa emoción que inundará mis ojos cuando sereno y de frente vea aparecer tu mirada al cielo rezando por todos nosotros sin que yo pueda hacerla avanzar, esa emoción cuando con la mirada perdida aparezca mi paloma Mercedaria con un estreno tan merecido.

Sé cuál será el peor momento, porque el sonido de una corneta, aunque no lo crean, puede agarrar un corazón y sacudirlo de una manera tan fuerte, que la vida puede escaparse durante una nota, y ese conjunto donde el sol bañará la imponente talla que te alza y esa nota que de manera imperdurable lanzará mi bendita banda de la Coronación para hacer notar tu presencia, se convertirá en una coctelera de recuerdos que haga acrecentar mi locura por vosotros.

Hoy os veré desde la acera, sin que ningún dolor se haga presente y con la alegría y el orgullo que se tiene al ver a mi Hermandad de la Merced. Feliz Estación de Penitencia