Hacía tiempo que la ciudad lejana y sola adolecía de la presencia de un líder. Un auténtico héroe capaz de rescatarla de su ostracismo y, ¿por qué no decirlo?, de su propia idiosincrasia. Una ciudad perdida irremisiblemente en el sumidero de sus complejos en la que hasta las celebraciones esenciales carecían de sentido, empecinados sus habitantes en rendir pleitesía al gran capitán. La ciudad agonizaba anclada en el arrecife del inmovilismo hasta que llegó él, el titán que tanto se precisaba.
El prócer tenía las ideas perfectamente claras: su misión era salvar a los habitantes de la ciudad de sí mismos, de esa forma de ser asceta y estática que lo mantenía todo paralizado, sin avances realmente apreciables. Hasta que lo señalaron como mesías. Cierto es que no fue sencillo que quienes debían elegirle fuesen conscientes de que él debía ser el guía espiritual que alumbrase el futuro y que fue necesaria una compleja batalla para acceder al trono.
La guerra fue dura, incluso sucia, y fue necesario un arduo esfuerzo para lograr abatir al adversario. La campaña mediática imprescindible fue definitiva para que hasta los más infieles comprendiesen que solamente de su mano era factible desmantelar el pozo de corrupción en el que se había convertido la institución, o al menos eso era lo que había que hacer creer a todos. Tras la guerra cruenta se lograron todos los objetivos primigenios: el enemigo desahuciado, el trono conquistado y el futuro, al alcance de la mano.
Era tiempo de la segunda fase: sustituir el camino hacia a la nada por otro dotado de una incontestable esencia espiritual, ¿quién iba a oponerse a semejante objetivo?. Era el momento propicio. Los poderes fácticos, los dueños de la casa, por fin habían comprendido, después de décadas de ignorancia mutua, de caminos paralelos condenados a no encontrase jamás, que el ejército que nuestro caudillo encabezaba era el único capaz de inundar las calles de fieles y devotos, dispuestos a marchar sin descanso y, lo que era mejor, sin preguntar nunca nada, sin cuestionar si había motivos más allá de las aparentes razones. Nadie mejor para sacar músculo y servir de advertencia a navegantes que «éstos que cada año discurren por miles por las calles, de esquina en esquina, que tanto gustan del incienso y las petaladas…». Lograr su movilización perpetua era la auténtica piedra filosofal que permitiría alcanzar la divinidad y un poder ilimitado.
Si se lograba modificar lo establecido y trasladarlo todo, bajo la protección de Palacio, todo el mundo aplaudiría y se obtendría la aprobación generalizada. Y se logró, el sendero arcaico y denostado por todos fue sustituido por otro mucho más hermoso y con el trofeo alcanzado, llegó la subida a los altares del mesías, único líder verdadero. Carecía de importancia que otros hubiesen dado los primeros pasos de este camino soñado y ahora materializado. A fin de cuentas, el reconocimiento es para quien culmina los retos y el olvido, para los pioneros que quedan en la cuneta.
Pero no era suficiente para alcanzar la inmortalidad. Resultaba imprescindible apuntalar el éxito cosechado convirtiendo la ciudad en la envidia del universo. Y para lograrlo, nuestro líder adoptó definitivamente su personalidad definitiva, convirtiéndose para siempre en Magnamán, el héroe de los más osados, quienes soñaban con inundar las calles cada fin de semana, multiplicando hasta el infinito lo que antes solamente se podía degustar ocasionalmente.
Y lo extraordinario se convirtió en ordinario, para multiplicar sin medida la presencia a pie de calle. Y se derribaron los muros de las fronteras más cercanas, para peregrinar por el universo entero llevando hasta los confines del mundo conocido las bondades de la tierra que había resurgido de sus cenizas gracias a la mano del mesías. Y se abrió de par en par la puerta que jamás imaginamos que se abriría. Y se eligieron trovadores y pregoneros mediáticos, para situar bajo el foco el paraíso en el que se había convertido lo que fue un erial hasta el ascenso al trono de Magnamán. Y más y más… y siempre más… la gallina de los huevos de oro era inmortal, o lo parecía… había que seguir exprimiendo, mientras el cuerpo aguantase y el reinado se prolongase…
Hasta cuatro veces, -no tres, sino cuatro-, se convirtió lo extraordinario en magno, en excelso, en incomparable, en divino. Todo valía con tal de ocupar un lugar de privilegio en la memoria colectiva de los simples mortales como rey entre los reyes, emperador supremo, líder incontestable y mesías inmortal. El más grande entre los grandes. El mejor de la historia, quien sería recordado para siempre. Un auténtico dios del Olimpo, amado por todos y solamente criticado por unos pocos anti sistema cuya voz, convenientemente censurada, terminaría por ahogarse en el desierto de los parias.
A cada gran acontecimiento, ausencia absoluta de autocrítica, ocultando los errores bajo un mantra de incienso y pétalos de rosa, si era preciso… «Todo perfecto», «errores sin importancia», «defectos insignificantes», «siempre culpa de otros»… a fin de cuentas las cosas nunca son como han sido sino como nos las cuentan. Y así, Magnamán se convirtió en el mayor caudillo de la historia, en el más idolatrado, amado, respetado y valorado… en un ser invencible capaz de lograr la metamorfosis de una ciudad sumida en la oscuridad y el desencanto en la envidia del universo. Ya solamente restaba encontrar un sucesor y hacer entender al pueblo que ahora tocaba parar, no fuese que alguien osase pretender ensombrecer sus logros. Un líder eterno cuyo legado ya está grabado con letras de oro en la historia de la ciudad lejana y sola y en el alma imperecedera de sus habitantes… por los siglos de los siglos… ¡Gracias, Magnamán!
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