En las últimas horas ha surgido en la plataforma Change.org una recogida de firmas bajo el lema «Luchemos por una Carrera Oficial segura y digna del disfrute de los cordobeses». Lo que a primera vista parece una inocente preocupación ciudadana, pronto se revela como lo que verdaderamente es: un panfleto cargado de falsedades, alarmismo barato y un trasfondo ideológico que pretende desnaturalizar la verdadera Semana Santa cordobesa.
La petición clama que la actual Carrera Oficial impide a los vecinos llegar a sus casas, siembra «miedo» entre las familias, ha “privatizado” el recorrido con “palcos vacíos” —lo cual es rotundamente falso y es una de las clásicas reivindicaciones y absurdas de la izquierda cordobesa que ya ha destrozado la Feria de Nuestra Señora de la Salud con el patético modelo de casetas obligatoriamente abiertas y que siempre ha pretendido erradicar palcos y sillas— y, como guinda del disparate, denuncia taponamientos, ataques de ansiedad y desmayos. Según esta versión apocalíptica, parecería que Córdoba vive una tragedia cada Semana Santa, cuando la realidad es que año tras año miles de personas disfrutan con normalidad, en un ambiente de fervor y tradición.
¿De verdad pretenden hacernos creer que nuestra Semana Santa es un campo de batalla? ¿Dónde están las hordas de desmayados y afectados por ataques de ansiedad? ¿Dónde los supuestos taponamientos catastróficos que nunca aparecen en los informes oficiales ni en las crónicas serias? ¿Pretenden acabar con las bullas en Semana Santa? ¿Qué será lo siguiente? ¿Prohibir Deanes o los jardines de Colón? Es simplemente grotesco intentar vender una imagen de caos para justificar un proyecto que, en el fondo, solo pretende devolver la Carrera Oficial a dar vueltas en torno a la estatua del caballo en Las Tendillas, como si esa insólita vuelta a los orígenes tuviera hoy algún sentido.
Los palcos y sillas, lejos de estar vacíos, rebosan de público cada año, reflejo de la pasión y el respeto que Córdoba profesa por sus tradiciones. ¿Algún palco se queda vacío algún día? ¡Obvio! Quienes los ocupamos solemos ser familias trabajadoras que salimos en nuestras cofradías. Hasta quien fuese incapaz de comprender las sencillas enseñanzas de Barrio Sésamo es capaz de entender esto. La estampa de la Carrera Oficial es la de calles llenas, de sillas ocupadas, de respeto y admiración ante el paso de las cofradías. Aunque les joda a algunos, que les jode.
Además, no podemos obviar lo más grave: el propósito último no es otro que arrancar la Semana Santa de su verdadera razón de ser. Lo que molesta a los impulsores de esta iniciativa no son las vallas, ni los palcos, ni las aglomeraciones: lo que verdaderamente les estorba es que la Carrera Oficial culmine en la Santa Iglesia Catedral, el lugar donde cobra su pleno sentido el acto de hacer estación de penitencia.
Para resolver los problemas de seguridad hay que implantar medidas y corregir errores, no despojar a la Semana Santa de su sentido religioso. Porque sí, la seguridad es importante —como en cualquier evento multitudinario—, desde este medio hemos sido los primeros en denunciar algunas carencias con el ánimo de que se subsanen, pero el catastrofismo interesado y las exageraciones grotescas no son la vía para mejorar nada, sino para confundir y destruir.
Y es que lo que subyace en esta campaña, además de pretender despojar a la Semana Santa de su único sentido, es algo aún más preocupante: hay conciudadanos a los que simplemente les molestamos. Les molestan nuestras cofradías, les molesta nuestra presencia, les molesta que hagamos pública protestación de fe por las calles de nuestra ciudad, les molesta que seamos el movimiento social más numeroso y vivo de Córdoba, y sobre todo son incapaces de tolerar a quien piensa distinto y de compartir la ciudad con nosotros.
Pero no se lo vamos a permitir. Porque somos libres para defender nuestra fe, nuestras creencias y nuestras tradiciones, y no vamos a consentir que nadie pretenda destruirlas bajo la máscara de una falsa preocupación por la seguridad.
Nuestra Semana Santa no se negocia, nuestra libertad tampoco.
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