A paso mudá | Agosto también huele a incienso

Agosto tiene algo extraño para quienes vivimos las cofradías durante todo el año. Durante unas semanas parece que todo se detiene. Las iglesias están más silenciosas, las redes sociales reducen su ritmo, los ensayos prácticamente desaparecen y las conversaciones cofrades parecen quedar relegadas a un segundo plano. La Semana Santa queda todavía lejos y, entre playas, viajes y noches largas, podría parecer que el mundo de las hermandades se toma unas merecidas vacaciones. Pero no es del todo verdad.

Porque mientras nosotros pensamos que agosto es ese paréntesis en el que nada sucede, las cofradías siguen trabajando. Hay juntas de gobierno preparando el próximo curso, bandas cerrando contratos, capataces pensando en las cuadrillas, priostes imaginando montajes que todavía tardaremos meses en ver y hermanos que, aunque no lo publiquen en ninguna red social, continúan haciendo que todo esto siga funcionando.

Quizá esa sea una de las cosas más bonitas de las cofradías: que nunca desaparecen completamente. Incluso cuando no hay pasos en la calle, siguen existiendo.

Y también existe esa otra Semana Santa que casi nadie ve. La de agosto, la de las conversaciones que empiezan a aparecer de madrugada, la de los rumores que se cuentan con un “me han dicho que…”, la de las primeras negociaciones para el próximo Domingo de Ramos, la de las bandas que empiezan a preparar repertorios y la de quienes ya están pensando qué ocurrirá dentro de ocho meses.

Porque, aunque nos empeñemos en negarlo, el siguiente año comienza mucho antes de que termine el anterior.

Quizá por eso agosto sea también un buen momento para recordar que una cofradía es mucho más que lo que vemos durante una semana. Durante la Cuaresma todo parece urgente. Todo tiene que estar preparado, todo se anuncia, todo se fotografía y todo parece necesitar una explicación inmediata. En agosto, en cambio, nadie espera nada de nosotros. Y precisamente por eso podemos recordar qué queda cuando desaparece el ruido.

Queda la devoción, queda el patrimonio, quedan las personas.

Queda el trabajo silencioso de quienes dedican horas sin que nadie lo sepa y, sobre todo, queda esa extraña capacidad que tienen las cofradías para formar parte de nuestra vida incluso cuando no están ocupando las calles.

Por eso quizá no haya que tener tanta prisa por que llegue septiembre. Dejemos que agosto sea agosto. Dejemos descansar a las bandas, a los costaleros, a las juntas de gobierno y también a nosotros mismos. Dejemos que las imágenes permanezcan unos días tranquilas en sus altares y que las iglesias recuperen ese silencio que durante el resto del año tantas veces olvidamos escuchar.

La Semana Santa volverá.

Volverán los ensayos, los cultos, los conciertos, los debates, los contratos, las igualás, los montajes y, por supuesto, los inevitables rumores. Volverá todo aquello que durante unos días parece haberse marchado.

Pero quizá cuando vuelva lo encontremos de otra manera si hemos sabido disfrutar también de este pequeño paréntesis.

Porque las cofradías no necesitan estar permanentemente en nuestras pantallas para seguir formando parte de nuestra vida.

Y quizá, precisamente en agosto, cuando parece que todo se ha detenido, sea cuando mejor entendamos que una cofradía nunca deja realmente de caminar.