Manolete y la Hermandad de Jesús Caído

El de 2017 está resultando ser un año lleno de sorpresas, de novedades ilusionantes y acontecimientos históricos que han ido desde la medida más sonada de todas, que ha sido el traslado de la Carrera Oficial al entorno catedralicio, hasta la presentación de proyectos de altura que han ido dejando a más de uno tratando de asimilar el prometedor futuro cofrade de la ciudad califal.

En esas llamativas iniciativas, nuestras cofradías incluyen también – y cada vez más – esos simbólicos guiños a su pasado, con los que siempre tratan de hacer honor a la historia de la que tan orgullosas se sienten y a la que tratan de dar la importancia que realmente merece, conscientes de que esos pasos fueron los que las condujeron a ser lo que hoy son, a construir su presente y su futuro con una identidad propia y un sello inconfundible que hace de cada una, una hermandad única, con sus errores y sobre todo con sus aciertos y dejando tras de sí una estela llena de experiencias y momentos para el recuerdo.

Por ello, inaugurábamos el mes de mayo con la presentación del hermoso cartel de la Cruz de Mayo de la Hermandad del Resucitado, en la que el inmortal diestro que preside la Plaza del Conde de Priego era retratado con motivo del centenario de su nacimiento, recordando así al torero al que asimismo ya ha venido homenajeando junto al Ayuntamiento de Córdoba, La Sacristía, el Círculo Taurino de Córdoba y la Casa de Jaén, con los que se invita a los espectadores a dar un paseo por la vida de Manolete y a visualizar algunas de las más llamativas y hermosas escenas que este regaló a los amantes de la tauromaquia que siempre lo recordará.

Este mismo centenario ha sido el que ha servido de motor para la exposición “Manolete 1917-2017”, organizada por la empresa FIT en la Sala Orive y gestionada por la plaza de toros de Córdoba que comenzó ayer, día 9 de mayo y se prolongará hasta el 15 de junio. Para ser partícipe de este emotivo recordatorio y como no podía ser de otro modo, la Hermandad del Caído ha puesto su granito de arena cediendo uno de los varales del característico paso de palio de la Virgen del Mayor Dolor en su Soledad, en cuya base se puede leer la inscripción de su donación por parte de la también popular madre del torero, Angustias Sánchez.

A esto había además que sumar un excepcional y valioso traje de luces de Manolete, pieza indispensable en el patrimonio de la cofradía de San Cayetano, que fue igualmente entregado por la familia del matador de toros y que habitualmente se exhibe en la Hermandad, concretamente en un rincón dedicado por completo al recordado torero. En él, aparecen, además, algunas fotografías, documentos firmados por Manolete y la vara de hermano mayor.

Dada la ocasión ante la que nos encontramos es, por tanto, necesario retroceder al pasado de la célebre hermandad que, no sin razón, recibió el sobrenombre de “la de los toreros”, dada la notable presencia de estos en el seno de la corporación y la devoción que estos profesaban hacia el siempre conmovedor Jesús Caído, querido titular de la cofradía a la que Francisco Montero Galvache se refiriese en su Pregón de la Semana Santa cordobesa de 1957 con las siguientes palabras:

[…] en 1772 llegó a Córdoba la bula de Roma creando la Cofradía de Jesús Caído. Según se la mire por afuera o por dentro, la Cofradía se nos ofrece de un modo bien distinto, pero uniéndose estos dos modos tendremos una Cofradía del más encendido y puro aire cordobés. Por afuera es la Cofradía de los toreros. Era lógico que un dolor tan cerca del suelo, tan próximo a la tierra, levantase el corazón lidiador de Córdoba hasta el clamor de sus héroes gladiadores. La muerte está tan cerca, que el silbo de las astas hacía pensar en esa ancla de intercesión que es la angustia de Jesús Caído. La mano del Jesús al suelo es toda una interrogante amorosa. «Tierra – parece decirnos – a mí que tanto te amo, que tanto te llevo en mi divino corazón, ¿vas a herirme?».

[…] Es un Jesús que hace temblar la rampa de la escalinata de San Cayetano, y le suenan a las tablas los bordones de la amargura. Aún fulguran los viejos oros de un traje de Rafael Molina en los hombros y los brazos de Jesús. El azar de la filigrana del bordado hace que las flores abiertas, en tres hojas, hagan son – un son litúrgico – a las potencias, clavadas como tres grandes espigas ardientes en la cabeza del Nazareno. No hubo torería que no fuese armada caballeros del Jesús de San Cayetano. […]

Aquel Rafael Molina que decía a sus íntimos gozosamente: «¿Pues no tiene suerte mi padre? ¿No le llamaron el Niño de Dios?». Un día subió al convento de San Cayetano y entregó a los frailes su terno púrpura y oro librado, en Madrid, por entre los bufidos y las astas de seis miuras de epopeya. La dinastía de los hermanos mayores llegó a las manos de «Manolete», el canon, el teorema, el arquitecto, el forjador, el rey de la quietud, el torero que siempre toreó en versos alejandrinos.

Era inevitable que “la cofradía de los toreros” – así denominada por su proximidad con el barrio del Matadero Viejo, establecido junto a la Torre de la Malmuerta – estrechase su lazo con el eterno Manolete de la cuna de la Lagunilla, íntimamente vinculado con aquellos vecinos que antaño eran mayoritariamente diestros y matarifes del mencionado antiguo matadero. En medio de este contexto, hacía su vida la Hermandad de Jesús Caído, atrayendo hacia sí a esas gentes llamadas a formar parte de la denominada “torería cordobesa” de los siglos XIX y XX.

Si bien es cierto que la figura de Lagartijo se identifique fácilmente con un período de indiscutible esplendor de la hermandad, también cabe recordar que fue, sin embargo, José Dámaso Rodríguez Rodríguez “Pepete”, tío abuelo de Manolete, el primer torero en ocupar el significativo cargo de hermano mayor.

Como bien sabemos, no fue hasta una vez concluida la Guerra Civil cuando las celebraciones religiosas alcanzarían de nuevo un perdido protagonismo y entre esos festejos, se encontraba, por supuesto, la Semana Santa. Así pues las corporaciones penitenciales se ven fuertemente impulsadas, con refundaciones o revitalizaciones que pasaban por sustanciales aumentos de las nóminas de hermanos.

Con estos antecedentes y tras haber superado una etapa de serias dificultades, la Hermandad de Jesús Caído se disponía a celebrar una junta en la fecha del 19 de diciembre de 1939 de la que salía elegido como nuevo hermano mayor un vecino del barrio de Santa Marina que comenzaba a alcanzar una cierta fama. Una fama que solo era la antesala del éxito y la admiración que suscitaría un joven Manuel Rodríguez Sánchez, no solo en su Córdoba natal sino también en toda la amplia comunidad taurina.

La relación de Manolete con Jesús Caído y la cofradía a la que la magnífica imagen da nombre, viene fomentada principalmente por Rafael Flores, quien desempeñase un importante papel en la hermandad, y su hermano y apoderado del reconocido torero, Manuel Flores “Camará”. Por aquel entonces, comenzaban a llegar a la junta de gobierno de la corporación personas muy conocidas por la sociedad del momento y entre las que se hallaban Patricio Hidalgo, Antonio Anaya, Enrique Tienda, Hermenegildo Friaza, José C. Quero o los ya citados hermanos Flores.

Hermandad de Jesús Caído

No obstante, a pesar de la indudable influencia de todos ellos y de las constantes directrices de Rafael Flores en el día a día de la Hermandad de Jesús Caído, la presencia del añorado Manolete se tradujo en el estímulo imprescindible para que la cofradía pudiese acometer proyectos de la envergadura de la ejecución de un nuevo paso para portar la maravillosa talla de Nuestro Padre Jesús Caído durante su esperada estación de penitencia. Medidas como esta, supusieron el afianzamiento y la solidificación de la corporación del Convento de San José, que también ganaba en popularidad entre la población cordobesa, aumentando sustancialmente el número de miembros de la cofradía.

Como prueba de esa reavivación, Manolete organizaba el día 26 de octubre de 1941 un festival de gran repercusión que tomaba como escenario la primitiva plaza de toros de los Tejares, con la que se pretendía obtener cuantiosos beneficios que irían destinados a la Hermandad de Jesús Caído y en la que participaron el propio Manolete, Marcial Lalanda, “Gitanillo de Triana”, Pepe Luis Vázquez, Paquito Casado y el conocido novillero cordobés Miguel Antonio Roldán. Ante unas expectativas como esas, los amantes de la tauromaquia respondieron a la atractiva llamada generando unos cuantiosos ingresos dedicados a mejorar la situación de la cofradía.

Así y todo, Manolete no pudo continuar activamente en el cargo mucho más tiempo, al que se vio obligado a renunciar por compromisos profesionales aunque siguió siendo Hermano Mayor honorífico de la hermandad que tanto le agradeció su implicación y que, posteriormente, llevó su bandera hasta la capilla ardiente y el entierro del matador en aquellos dramáticos instantes que tan duramente golpearon a sus seres queridos e incontables admiradores.

Sin embargo y hasta la llegada de aquella tragedia, su marcha no fue obstáculo alguno para que el respetado torero siguiese manifestando abiertamente su fervor hacia Jesús Caído y Nuestra Señora del Mayor Dolor en su Soledad, devoción que quedaba reflejada en las estampas de los titulares que muchos aseguran que el diestro llevaba consigo allá donde fuese y que eran colocadas en un altar que Manolete improvisaba en la habitación del hotel en el que se encontrase. En todas y cada una de ellas, el inmortal cordobés se encomendaría a Ellos antes de la pertinente corrida, cruzando su mirada con quienes pronto le recibirían tras su sentida y definitiva marcha.