Hace tan sólo una semana, en la madrugada del Miércoles al Jueves Santos, las puertas de San Pedro se abrían para recibir al Stmo. Cristo de la Misericordia. Una semana después, en la misma madrugada del miércoles al jueves, es San Pedro quien ha abierto las Puertas del Cielo para que sea el Stmo. Cristo de la Misericordia quien reciba a uno de sus hijos más fieles.
Porque esta madrugada, cuando acababa un miércoles, nuestro hermano Manolo Naz ha entregado definitivamente su alma al Crucificado de sus desvelos; esa alma que ya había entregado día a día desde hacía más de setenta años al Cristo de la Misericordia.
Un sentimiento extraño te recorre por cada poro de la piel cuando te toca vivir que, uno de tus mayores, uno de ésos que te han visto nacer y crecer en tu Hermandad, acude a la llamada de Dios.
No entiendes la Hermandad sin ellos, pues siempre han estado ahí, desde antes de ti mismo. Ya ocurrió lo mismo cuando se marcharon antes esos nazarenos en blanco y negro que hicieron que la Misericordia sea lo que es: Pedro Doña, Pepe Luque, Enrique Hidalgo… Bartolo, mi abuelo Paco…
Esos hermanos que siempre se dirigían a uno diciéndote “niño”, por muchos años que ya nos contemplen. Porque para ellos siempre fuimos y seriamos eso, los niños de la Hermandad.
Manolo Naz ha sido de esos hermanos de la Misericordia que nos ha visto vestir la esclavina, la túnica, el costal… que nos ha enseñado a respetar nuestras tradiciones, nuestra forma de entender la devoción al Stmo. Cristo de la Misericordia y a su Madre Nuestra Señora de las Lágrimas en su Desamparo.
Su orgullo… haberles pasado el testigo a sus hijos y nietos. Poder haber compartido Estación de Penitencia con ellos; verlos partir de blanco y malva desde la antigua casa de Fernán Pérez de Oliva.
Haber sido las manos que tantas y tantas flores colocaron a los pies de su Señor; las manos que con tanto mimo han tocado a su Madre.
Queridos hermanos, querida Loli, ya os cuida desde ese balcón del Cielo; ése desde el que los nazarenos viejos de blanco y malva nos miran, nos acompañan, nos aconsejan y nos riñen, que también eso le gustaba hacerlo.
Desde allí podrá ser el mayordomo que tanto hizo por los enseres de nuestra Cofradía. Y podrá disfrutar de esas tertulias con quienes le precedieron sobre Semana Santa, Córdoba y sus cosas.
Descansa en Paz, Manolo… Descansa en Paz, hermano. Vela por todos nosotros.





