El presidente de la Agrupación de Cofradías de Córdoba, Manuel Murillo, ha respondido a la consulta formulada por Gente de Paz sobre una hipotética modificación de la fecha de la Semana Santa, apuntada en las últimas horas, como una posibilidad, por el obispo auxiliar de Sevilla, Ramón Darío Valdivia.
Murillo aclaró que no ha abordado el tema con sus compañeros de la Junta de Gobierno y remarcó que cualquier decisión provendrá de la autoridad eclesiástica, y que, de ser así, deberá ser atendida. Sin embargo, evitó especular sobre el futuro, señalando que “cuando lleguemos a ese río, cruzaremos ese puente”.
Una propuesta que reabre el debate ecuménico
El planteamiento de unificar la Semana Santa con la Pascua ortodoxa ha vuelto a situarse en el centro de la discusión tras las declaraciones de Valdivia. El obispo hispalense reiteró la disposición de la Iglesia católica a revisar el calendario y a asumir la fecha que propongan las Iglesias orientales. Esta posibilidad, vista como un gesto de convergencia ecuménica, podría tener consecuencias significativas en regiones donde la Semana Santa es un pilar cultural y económico de la primavera.
Valdivia recordó que la diferencia entre las fechas surge por la convivencia de los calendarios juliano y gregoriano, aunque aseguró que esto no constituye un impedimento insalvable. Desde el Secretariado, Rafael Vázquez destacó el valor simbólico de la fecha móvil, aunque admitió que la duplicidad de cómputos ha erosionado la coherencia pública del mensaje cristiano, en un contexto cada vez más secularizado.
El antecedente histórico: la visión del Papa Francisco
El Papa Francisco fue un defensor activo de la unificación de la Semana Santa. En 2024 se recordó su propuesta de fijar la celebración en la segunda semana de abril, retomando planteamientos anteriores de 2015. Lamentó que desde Pablo VI los esfuerzos no hubieran tenido éxito y advirtió sobre los riesgos del método astronómico más conservador, que podría trasladar la Pascua incluso a meses extremos como agosto en determinadas décadas.
Francisco defendía que la unidad debía prevalecer, con disposición de la Iglesia a modificar su propio criterio. El gesto del patriarca Bartolomé en Finlandia, permitiendo que la minoría ortodoxa celebrase la Pascua junto a los luteranos, reflejaba la urgencia pastoral del asunto. La coincidencia de fechas prevista para 2025, unida al aniversario del primer Concilio, representaba una oportunidad histórica que finalmente no se materializó.
Andalucía: un posible choque con la realidad práctica
Adoptar sin reservas el calendario ortodoxo podría retrasar la Semana Santa andaluza a fechas inusuales, con impactos profundos en la región. Eventos tradicionales como la Feria de Abril de Sevilla, la Feria de Jerez, las Cruces de Granada y Córdoba o celebraciones como el Corpus Christi verían alterada su planificación. Incluso el Rocío, estrechamente ligado al calendario pascual, sufriría modificaciones importantes.
Un inicio tardío de la Semana Santa, incluso el 25 de abril o después, desajustaría el entramado festivo y económico, generando un impacto difícil de absorber por las localidades afectadas.
El clima: un factor crítico
Otro elemento decisivo es el clima andaluz. A finales de abril y comienzos de mayo, las altas temperaturas dificultan la celebración de los cortejos, afectando nazarenos, músicos y costaleros, quienes realizan esfuerzos físicos considerables que podrían derivar en riesgos sanitarios serios. Organizar procesiones en mayo plantearía un reto casi insostenible desde el punto de vista logístico y humano.
Variabilidad del calendario y desafíos futuros
El calendario de Pascua de los próximos años evidencia la magnitud del desafío: en 2026 será el 12 de abril; en 2027, el 2 de mayo; en 2028, el 16 de abril; en 2029, el 8 de abril; y en 2030, el 28 de abril. Esta variabilidad subraya que la estabilidad de las fechas no es un problema académico, sino una cuestión que afecta al tejido social y cultural.
Equilibrio entre tradición y ecumenismo
La discusión no se limita a unificar la Pascua, sino a determinar si una Semana Santa que pueda concluir en mayo es compatible con el modelo cultural y económico de Andalucía. Muchos consideran que lo más razonable sería fijar la celebración en la primera o segunda semana de abril, asegurando la continuidad del calendario andaluz sin renunciar al espíritu ecuménico que inspira el debate.
La Iglesia ha mostrado disposición al cambio, pero ahora corresponde evaluar si la sociedad, y especialmente Andalucía, está preparada para asumir las implicaciones reales de una posible modificación del calendario.





