Manuel Quintana acude al camarín de la Virgen de los Dolores antes de abrir la Puerta de los Califas

La ancestral vinculación entre las cofradías y el mundo del toro volvió a hacerse visible este fin de semana en Córdoba, donde la devoción popular y el arte del toreo mantienen un histórico diálogo que atraviesa generaciones. Desde los cuatro puntos cardinales de Andalucía, los toreros han buscado siempre el amparo de las imágenes sagradas antes de enfrentarse a la incertidumbre de una faena. No solo como expresión de fe, sino también como un rito íntimo y arraigado en lo más hondo de la identidad andaluza.

En ese contexto, el novillero cordobés Manuel Quintana protagonizó en la mañana del domingo un emotivo acto de recogimiento y fe, visitando el camarín de Nuestra Señora de los Dolores en la iglesia hospital de San Jacinto que hoy, como santuario, lleva el nombre de la madre del Cristo de la Clemencia. Acompañado por un miembro de la junta de gobierno y por el sacerdote don Adolfo Ariza, capellán del coso taurino, el joven diestro encomendó su tarde a la Dolorosa cordobesa, en un gesto cargado de simbolismo que remite a las más puras esencias de la tradición local. Durante el encuentro, el traje de luces fue bendecido por el sacerdote, y tanto este como el capote del torero fueron pasados bajo el manto de la Virgen, pidiendo su protección en la arena.

Y no tardó en cumplirse esa petición, pues pocas horas más tarde Manuel Quintana firmó una actuación sobresaliente en el Coso de los Califas, donde cortó tres orejas y salió en hombros por la Puerta de los Califas, colofón reservado a las grandes tardes.

El joven novillero —que ya despierta elogios entre los entendidos— dejó una impresión inmejorable. Posee un concepto muy personal y una cabeza privilegiada, de las que solo se ven en los llamados a escribir páginas mayores. En su primero, dibujó con el capote un auténtico monumento a la verónica, manejando el percal con una templanza impropia de su edad. Supo entender al novillo, moldeando poco a poco sus embestidas hasta cuajar una faena de creciente interés.

Pero fue en su segundo donde verdaderamente alcanzó cotas mayores. Todavía está en los comienzos, sí, pero sus intenciones son claras: poder y buen gusto. Ejecutó muletazos largos, hondos, rematados por detrás de la cadera y tirando de la tela con suavidad bajo la pala del pitón, evocando el toreo clásico, el de siempre. Hay que seguirlo muy de cerca, porque en Manuel Quintana hay madera de torero grande.

Desde la Hermandad de los Dolores, no tardaron en expresar su alegría: “Damos la enhorabuena a Manuel por su triunfo y que la Virgen lo guarde y proteja siempre bajo su manto”, señala el comunicado difundido al término de la jornada.

En Manuel Quintana coinciden la promesa de un futuro brillante en los ruedos y el testimonio de una tradición que une arte, valor y devoción. La ciudad, que conoce bien el peso de esos símbolos, supo reconocerlo a hombros por la puerta grande.