En multitud de ocasiones, cuando tenemos la oportunidad de poder entrar a un templo católico, una de las singularidades que nos encontramos con respecto a otras religiones es que es un lugar repleto de diferentes tallas y pinturas. Principalmente imágenes de Nuestro Señor Jesucristo durante su vida, la Santísima Madre de Dios en sus diferentes advocaciones, nuestros modelos de vida y ejemplos de vida cristiana, los Santos, diferentes escenas bíblicas y así, hasta un largo etcétera
Esto es promulgado por un dogma de fe, que como dice el credo “Y se encarno de María la Virgen y se hizo hombre”, que, según la norma litúrgica señala, al decir estas palabras, se debe de realizar una inclinación de cabeza. No es, ni más ni menos, que recalcar este misterio de fe. Lo divino se hace humano, y lo humano se diviniza. Es decir, el hombre es capaz de relacionarse con Dios, de una manera personal y nunca antes imaginada y, ni mucho menos, pensada. Se accede a Dios por ser, también, Nuestro Señor Jesucristo hecho hombre, siendo este la misma esencia humana y a la vez la divina. Al ser humano, Nuestro Señor, como cualquiera de nosotros, le gustan las cosas del hombre. Un Dios que se hace cercano, como lo son las personas con las que a diario compartimos nuestras vidas. ¿Por qué no se pueden esculpir o representar a Dios hecho carne, a la Bendita Madre o a los Santos?
Con ello, es posible, entendiendose a la perfección, que las obras artísticas realizadas por personas estén en un lugar de culto. Esto nos ayuda a relacionarnos con la divinidad. Nos conmueven el corazón por lo que representan, nos estimulan a creer y valorar el tesoro más preciado que poseemos, como es nuestra Fe. Más aun, nuestra Madre y Maestra, la Santa Iglesia Católica abordó este asunto en un concilio conocido por todos, el denominado Concilio de Trento.
Después de todo lo expuesto podemos entender como muchas personas se acercan a Dios a través de estas imágenes sacras. Habrá algunos que sea una vez al año o simplemente por admirar una obra de arte, otros durante un culto específico a estas imágenes, unos cada vez que pasen por el templo u otros, que se acercarán durante toda su vida. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar o enjuiciar este medio por el que puede servirse Dios para llamar a su hijos? O, acaso ¿Dios no puede mostrar su cara a través de la belleza del arte? Por consiguiente, las imágenes son necesarias dentro de un templo católico y constituyen una de las esencias del catolicismo.
Aprovecho la oportunidad para llamar la atención a aquellos hermanos en la fe que son más reacios hacia el movimiento cofrade, que no lo comprenden y, no pretenden conocerlo. ¡No pongáis impedimentos o trabas hacia él! Afirmo que todos nos podemos enriquecer como cristianos a través de este movimiento artístico, hay que dejar caminar a los cofrades, teniendo caridad y misericordia con ellos, porque no están solos en este mundo. Están ubicados dentro de la misma Santa Iglesia de Dios, en la que nosotros nos encontramos. Aunque existen deficiencias, y todo es mejorable y posible de llevar a la perfección, todos estamos en la misma casa, que no es otra que la Iglesia de Jesucristo.
Del mismo modo, existen peligros que pueden darse hacia el culto que se le presta a las imágenes. Es un grave error reducir a Dios a unas imágenes, a un arte, a unas vestiduras, a un folclore, a actos piadosos porque donde verdadera, real y sustancialmente esta presente, con toda su alma es en la Inmaculada y Santísima Hostia. Todo lo demás, no es más que meros reflejos.





