Detrás del boato de los centenarios, de las procesiones, de los grandes acontecimientos litúrgicos se haya sin lugar a dudas un sentimiento de agradecimiento por haber ligado parte de tu vida a un significado poderoso y trascendental.
Al lado de la vieja muralla frente a lo que siendo niño conocí como el cuartel de Lepanto se planta la visión de un convento e iglesia únicos e irrepetibles; no sólo porque en ella están los restos de uno de los santos reformadores más importantes de la España del siglo de oro, así como notable escritor, y vástago ilustre de la Mancha en flor; sino que entre su hermoso interior podemos vislumbrar dos capillas, una en el extremo derecho del crucero, la otra al lado de la epístola, que han formado no parte de la historia de Córdoba sino que son Córdoba misma, porque no son un bien material, con el que solazarse por su belleza y magnificencia, son el testigo cosificado de las esperanzas, sueños, anhelos, oraciones, peticiones, arrepentimientos y cientos de sensaciones, motivos, y sentimientos de generaciones de la ciudad del Guadalquivir. Es esta suma de vivencias únicas, personales y familiares, las que de verdad de celebran en el IV centenario de la llegada del Cristo de Gracia. Pequeños sumandos de una cuenta casi infinita de gentes de toda clase y posición que caminan entre los muros de la Iglesia de los Padres de Gracia, la Iglesia del Rescatado, la iglesia del Esparraguero para estar con quien son parte indubidatibamente parte de su existencia.
No me acuerdo cuando vi por primera vez aquella iglesia de fachada inmensa, sería muy crío, pero desde ese momento y hasta ahora ha estado cercana a mi y a los míos; recuerdo eso si como íbamos unos niños, entonces sólo varones, desde el colegio para rezar y oír misa , subíamos a los pies del Rescatado y nos arrodillamos frente al Cristo de Gracia; eran visitas que seguro que para algunos significaban más que para otros, pero que con el tiempo he descubierto que dejaron una impronta sustancial en todos aquellos infantes. Aquellos momentos en los que honrábamos y venerábamos a las Imágenes tuvieron lugar también para mis hermanos, cuatro varones más que se educaron como personas de bien entre los frailes, como olvidar al padre Manuel.
El tiempo pasó fuera ya del colegio pude celebrar uno de los sacramentos para mi forma de ver más importantes en la vida del católico, la Sagrada confirmación , una Iglesia abarrotada, rodeado de familiares, y allí estaba el crucificado que llegó de Puebla para quedarse en su casa. Estudios, trabajo, y me enamoré de una mujer especial y bella, una persona incomparable, nos casamos en los Trinitarios y fuimos bendecidos el día más feliz de mi vida, el Cristo de Gracia había abandonado transitoriamente su lugar para estar junto al Altar, junto al matrimonio que en ese momento empezaba. Mis hermanos elegían como un mantra la iglesia de aquellos frailes descalzos para contraer nupcias, habíamos estado allí en comuniones, en bautizos cuando vino nuestra hermana, en más confirmaciones y nuestro Cristo y nuestro Nazareno estaban con nosotros.
Como cofrades unos eligieron el Jueves Santo, otros el Domingo de Ramos; costaleros y penitentes con hábito y sin él. Murió unos de los seres que más amado en este mundo, mi padre, otra vez una iglesia abarrotada pero ahora eso no importaba ante un dolor inmenso, y que en parte fue mitigado ante la visión de la imagen del Crucificado, él llevaría a mi sangre, al hombre bueno que fue mi padre a los cielos. Nacieron mis hijas y les pude contar lo que aquel lugar del Marrubial significaba, cómo y de qué manera se había pegado a mi alma, cómo ese Cristo mejicano y cordobés nos había bendecido, y ellas decidieron no faltar a su cita cada año en Semana Santa para ver los cabellos del Cristo de Gracia al aire de la noche cordobesa.
Me quedo muchas cosas que se escapan a un articulo; las veces que he ido a orarle al Cristo de brazos infinitos y al Nazareno impertérrito, las veces que me han ayudado y consolado ante momentos duros que toda persona ha de enfrentar, los momentos que he buscado su compañía en silencio y casi en penumbra. Pero lo más importante es que sé que están ahí , siempre.
Y esa es mi linea entre todos aquellos sumandos que siguen alargando la cuenta; estarán bien estudios, conciertos, y esa salida extraordinaria que mi Cristo merece entre las calles de su ciudad; pero que nadie tenga dudas lo que celebramos en el IV centenario es la historia de un Fe.
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