1224. Las intensas nevadas caídas durante aquel invierno hacía imposible que los monjes del convento de Folloni, en las proximidades de Montella, en Italia, pudieran salir en busca de abastecimiento. Los víveres escaseaban y apenas podían ya encontrar algo que llevarse a la boca. El frío había consumido las plantaciones y las nieves se habían llevado las cosechas que humildemente servían de para alimentar a la comunidad. Fuera del cenobio la imagen no distaba mucho de la que observaban desde sus celdas. Los campos estaban cubiertos por una gruesa nieve y los lobos también esperaban encontrarse con alguna presa para paliar su voraz apetito.
Según la leyenda, en el umbral del convento apareció un saco en cuyo interior había pan. Gracias a este, los monjes pudieron subsistir hasta que el temporal amainó y pudieron salir al exterior. Se cuenta que el pan fue llevado al convento por un ángel, y que este había sido enviado por San Francisco de Asís, quien por aquel entonces se encontraba en Francia. Desde entonces, el saco ha sido custodiado por la comunidad, aunque solo quedan unos fragmentos. La leyenda ha permanecido inalterable en el tiempo, pasando de generación en generación y siendo recordada en cantidad de libros que hablan sobre la vida de uno de los santos con más arraigo en el orbe católico.
Desde que llamaran a la puerta y, los monjes, al abrir, se encontraran con un saco que contenía pan, la tela del mismo fue utilizada como lienzo de altar durante los 300 años siguientes. Poco a poco fueron despedazando este trozo con la intención de enviar diversas partes a instituciones religiosas situadas en el resto del país italiano. Aun cuando el convento sufrió el terremoto de 1732, construyéndose otro, los trozos continuaron conservándose en su interior, hasta que en 1807 los trozos fueron trasladados a la iglesia de Santa María del piano. Tan solo diez años después, la mitad del saco fue devuelto al convento, mientras que habría que esperar hasta 1999 para que la otra mitad volviera al lugar desde el que salió. Aunque la tela fue cortada y repartida para entregarla a diversos conventos, iglesias e instituciones, la mayor parte del saco se encuentra contenidos en un relicario que posee el convento.
Más de 700 años después, un grupo de investigadores comandados por Kaare Lund Rasmussen, una universidad situada al sur de Dinamarca, han estudiado los restos que todavía se conservan realizando para ello la prueba del Carbono-14. Pero todavía hay más. Además de revelar esta prueba que los restos textiles oscilan entre el año 1220 y 1295, los investigadores decidieron centrarse en buscar ergosterol, una sustancia que suele estar presente en la elaboración de la cerveza o el pan. De este modo, podría afirmarse que el saco contenía pan en su interior.
Por lo tanto, los científicos creen que, efectivamente, durante aquellos años, alguien dejó un saco con pan a las puertas del convento. Sin embargo, no pueden señalar cómo llegó aquel saco a ser depositado en las inmediaciones del cenobio. Rasmussen afirma que este cometido sería más una cosa de creencia que de ciencia. En conclusión, los últimos informes, detallados en la revista Radiocarbon, de la Universidad de Cambridge, puede arrojar solamente que la fecha de la leyenda está en línea con lo que los resultados han mostrado.





