Mi luz interior | Un cerco abominable a la devoción popular que esperemos que no quieran copiar en el CECOP

Las vallas de Roma: un blindaje innecesario que desvirtuó la procesión del Cachorro y la Esperanza

Roma fue escenario de un dispositivo de seguridad desproporcionado que, más que proteger, provocó una desconexión dolorosa entre los fieles y sus imágenes, dejando una estampa desangelada y triste, muy alejada del fervor genuino que caracteriza a nuestras procesiones andaluzas. Un insólito dispositivo de seguridad que cercenó la cercanía entre los fieles y sus imágenes, transformando una manifestación de fe en un espectáculo distante y desnaturalizado

Durante todo el recorrido oficial —desde su inicio hasta el Circo Massimo— el perímetro de seguridad estuvo completamente vallado, con un cerco de varios metros de ancho que ocupaba en algún tramo una avenida de dos carriles en cada sentido, manteniendo a los fieles a una distancia excesiva, tan absurda como incomprensible. provocando una sensación de vacío y desapego únicamente contrarrestada por el calor de los miles de cofrades llegados de España y los vítores que acompañaron el devenir de la Virgen de la Esperanza durante todo el recorrido. Un escenario de frialdad organizativa, ajeno a los códigos emocionales y espirituales del universo cofrade andaluz. Parecía más la contrarreloj de una vuelta ciclista que una procesión, despojando a las imágenes de la cercanía y el calor del pueblo.

Los pasos avanzaban en una soledad impuesta, mientras detrás de las vallas, miles de fieles contemplaban con estoicismo el distanciamiento físico y simbólico entre ellos y sus devociones. Fue una puesta en escena fría, estéril, desprovista del alma que late en cada rincón de Andalucía durante una estación de penitencia.

Solo al final, cuando el cortejo emprendía el regreso desde el Circo Massimo, las vallas dejaron de tener efecto. Y entonces, el pueblo, hasta entonces contenido y paciente, rompió la barrera con un clamor espontáneo. Los carabinieri intentaron detener aquella oleada de fe, pero tuvieron que claudicar ante lo inevitable: la devoción no entiende de cordones policiales. Fue en ese instante, y solo entonces, cuando Roma dejó de ser un decorado y se transformó en Triana y en El Perchel, en la fe desbordada y sin filtros que define nuestra religiosidad popular.

Es justo reconocer que carecería de sentido cualquier reproche a las autoridades italianas, que actuaron desde el desconocimiento de lo que significa una procesión en nuestra tierra. Pero eso no quita que las imágenes vividas resultaran chocantes, extravagantes incluso, y totalmente ajenas a la idiosincrasia andaluza.

Y sería ingenuo pensar que esto no nos interpela. En Sevilla —y no solo allí— ya hemos padecido episodios lamentables: calles aforadas sin alma, cruces de guía detenidas por absurdas normativas, cofradías transitando en silencio por tramos desiertos, reducidas a un desfile fantasmagórico en nombre de una seguridad mal entendida. Todo ello con la connivencia de dispositivos impuestos por el CECOP, que ha impuesto su lógica a costa de desvirtuar la esencia de lo que somos.

Ayer, alguien ironizaba en redes sociales con una advertencia que merece ser tomada en serio: “Como algún iluminado del CECOP vea las vallas de Roma, lo mismo se anima a hacer lo mismo aquí”. Y eso sería un punto de no retorno. Porque si la devoción es cercada, reglada, subordinada a protocolos ajenos a su naturaleza, pierde su alma. Y entonces, ya no estaremos hablando de la Semana Santa andaluza. Estaremos hablando de su caricatura.

Este tipo de decisiones desnaturalizan gravemente la Semana Santa, cuyo latido no está en la perfección del dispositivo, sino en la bulla, en la cercanía, en la emoción colectiva e irrepetible de ver a tu Cristo o a tu Virgen pasar a centímetros del alma. Esa bulla no es desorden: es herencia, es identidad, es la sangre viva de una tradición que no puede convertirse en una réplica teatral de sí misma. Si renunciamos a eso, si dejamos que cunda el ejemplo de lo ocurrido en Roma o de las medidas que ya hemos empezado a padecer en nuestras ciudades, corremos el riesgo de destruir nuestra Semana Santa.

El legado que hemos heredado es mucho más que una simple sucesión de pasos; es un fervor colectivo, una bulla vibrante que define nuestra identidad. Medidas como estas, si se extendieran o copiaran en dispositivos como los que nos regala el CECOP, desnaturalizarían por completo nuestra Semana Santa, transformándola en una copia barata, una postal vacía, una ficción sin alma, un teatrillo absurdo, un eco desdibujado de aquello que nos fue legado, una religiosidad popular reducida a un eco distante de sí misma.

Porque si despojamos nuestras procesiones del pueblo, si cercamos la emoción, si ahogamos la cercanía, habremos perdido el alma misma de nuestras cofradías. Y entonces, sí, ya nada tendrá sentido. Solo de imaginar esta imagen fría y lejana recorriendo las calles de Sevilla, se me pone el vello de punta.