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Córdoba, El Rincón de la Memoria

Miguel Arjona y la restauración de Jesús Caído

Todos tenemos reciente en nuestras retinas el renovado aspecto con el que Jesús Caído se ha vuelto a mostrar ante unos fieles que lo añoraban a diario, buscando su figura en la capilla que preside junto a Nuestra Señora del Mayor Dolor en su Soledad y en la que sin embargo, solo quedaba una inmensa sensación de vacío que no desapareció hasta y su ansiado regreso a San Cayetano.

No obstante, la larga historia detrás del postrado nazareno que han logrado convertirlo en una de las grandes devociones de Nuestra Córdoba Cofrade, se ha traducido en una infinidad de sucesos con los que la restauración a la que el titular de la corporación establecida en el Convento de San José no sería un hecho aislado.

Corría el año de 1980 y en las hojas interiores de la desaparecida publicación denominada Alto Guadalquivir se escribía un artículo bajo el título “Jesús Caído, en restauración”. En la página siguiente, las llamativas declaraciones de un solicitado Miguel Arjona – de cuyo fallecimiento se cumplen 6 años este 11 de agosto – incentivaban al lector a sumergirse de lleno en la entrevista tras referirse a la querida imagen afirmando que “su estado era lamentable” y que se encontraba “totalmente desarticulado y carcomido por el abandono de hace muchos años”.

El influyente imaginero era presentado en las líneas de Alto Guadalquivir como “un artista consumado” en el que “se amalgama el todo […]: la estética, la estética gráfica, la plástica y la habilidad de aplicar la técnica”. El escenario no era otro que el de la imponente casa de Arjona ubicada en la Calle Rey Heredia, donde en el mes de febrero aún se encontraba un Jesús Caído “totalmente deshuesado, por estar sometido a esa fase de restauración, para que en la noche del Jueves Santo, luzca esa humildad escultural, sopesando el peso de la cruz que clava a muchos pecadores, ya que en la última caída, nos arrepintamos de no haber ayudado como un buen Cirineo […]. A pesar de encontrarse descuartizado, la fe en el artista y en sus devotos es perenne por los que amamos estar en esta tierra”.

El taller del escultor bien podría considerarse como poco un templo de la imaginería que en ese momento acogía ni más ni menos que al Caído y en que todo parecía estar en consonancia, como si en él se gestara el fruto tanto de nuevas llegadas como de resurgimientos profundamente deseados en la ciudad califal.

Allí, Miguel Arjona insistía en el problema que presentaba la desarticulación y la carcoma en la imagen del Señor de los toreros, pues “las piezas de sujeción las tenía totalmente idas. Aparte del deterioro general”. El imaginero accedía entonces a contar a Córdoba a través de Alto Guadalquivir los pormenores y secretos que encerraba la entrañable talla del Caído, que como la inmensa mayoría de las imágenes realizadas entre los siglos XVII y XVIII, había sido ejecutada en madera de pino de Flandes “puesto que son más consistentes y les ataca menos la polilla, dando mucha seguridad para la policromía”.

El estudio realizado por Arjona para poder afrontar el mencionado proceso de restauración tampoco le permitió precisar una autoría “aunque estemos tratando de buscarle padre. Hasta ahora no se lo hemos encontrado, aunque en realidad, por la firma y facciones, parece que le hemos encontrado uno […].” Así pues, la talla “fue donada al Convento de San Cayetano en el año 1670, como la donación se hace, generalmente, en el mismo año que se esculpió, creo que será del año señalado. Esto nos hace sospechar que, siendo la época de Pedro de Mena, que trabajaba en Málaga y, dado los rasgos, puede que sea de ese autor”.

La pregunta entonces, era obligada: “los escultores, cuando terminan su obra, suelen meter un pergamino en la oquedad que hay en el cuerpo. ¿No tena éste ninguno?”. El misterio no parecía querer dejar de serlo cuando Arjona respondía sin titubear: “No, parece que ya ha sufrido varias restauraciones, entre ellas dos bastante fuertes y, puede que haya desaparecido”. La rehabilitación confiada al artista, como en cualquier otra, requería “trabajar con quien lo hizo” y ajustarse a sus patrones y líneas. ¿Le resultaba por ende a Miguel Arjona “salirse” de Miguel Arjona para colaborar, presumiblemente con Pedro de Mena? La lógica se imponía en su contestación cuando afirmaba que “a los grandes se les tiene siempre mucho respeto. Da respecto hasta tocarlo”.

Por su parte, el imaginero a título individual se declaraba a sí mismo más escultor que cualquier otra cosa a pesar de que se le relacionase en gran medida con la ebanistería, que no era otra cosa que una parte más de los quehaceres que tenían cabida en su taller. Hasta esa fecha, había gubiado unos diez o doce crucificados, aunque ninguno procesional, ya que su destino había sido el de ocupar un altar mayor. No obstante, sumaba un gran número de restauraciones, las cuales – por difícil que sea de creer – no le resultaban especialmente costosas en comparación con lo que conlleva una mano de obra.

Ya en aquel momento, Arjona podía presumir de sentirse especialmente orgulloso de la Virgen del Patrocinio de Ronda o el Cristo que tallase para Hornachuelos y, en lo que a sus famosas restauraciones respecta, no podía dejar de mencionar a la célebre Virgen de la Sierra de Cabra, a la que tantas oraciones se han elevado a lo largo de la historia.

Abogaba con gran seguridad el escultor por el futuro de la Semana Santa y, en particular por la de Córdoba en la que reivindicaba el papel de aquellos que la hacen posible, entre los que evidentemente se encontraban los imagineros que debían “ir al aliento de las Cofradías de Semana Santa”.

El histórico artículo que hoy recreamos para nuestros lectores incluía una significativa fotografía en la que Miguel Arjona mostraba a Rafael Jaén, entonces hermano mayor de la cofradía de Jesús Caído, el brazo y la mano del titular que trataba de ser devuelto a un estado óptimo. Sobre aquella junta directiva el artífice de la restauración, solo tenía palabras de admiración, pues habían puesto una enorme ilusión en aquel trámite además de “grandes deseos de ver a su Jesús en la capilla. Darle los cultos cuaresmales y, posteriormente, hacer estación en la Semana Santa”.

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