El inicio oficial del curso cofrade en Sevilla estuvo marcado por la intervención del arzobispo, mons. José Ángel Saiz Meneses, quien pronunció la conferencia titulada Una audaz renovación de la mirada en la sede del Consejo General de Hermandades y Cofradías de la ciudad. En este acto, acompañado por el delegado diocesano de Hermandades, Marcelino Manzano, se dirigió tanto a los representantes de los consejos locales de la Archidiócesis como a numerosos hermanos mayores de la capital, planteando una cuestión de fondo: “Y después del II Congreso Internacional de Hermandades y Piedad Popular celebrado en Sevilla en diciembre de 2024: ¿qué?”
El prelado, lejos de una revisión autocomplaciente, subrayó que el verdadero sentido de aquella magna cita debe encontrarse en los “retos y oportunidades” que se abren para la Iglesia y para las hermandades en particular. Definió aquel encuentro como “una ocasión privilegiada para descubrir la fuerza evangelizadora de la piedad popular y una llamada urgente a renovar nuestra misión en el mundo contemporáneo”, insistiendo en que debe ser el germen de “una nueva etapa en la historia de nuestras corporaciones”.
La procesión de clausura, un signo de evangelización pública
Uno de los ejes de su discurso estuvo centrado en la procesión de clausura del congreso, que describió como “mucho más que un desfile religioso o un espectáculo cultural”. A su juicio, se trató de “un auténtico acto de evangelización, un recordatorio visible de la presencia de Dios en la vida de nuestro pueblo y una invitación a la oración”. Destacó que en aquella jornada se unieron la devoción íntima de los fieles y la proclamación colectiva de la fe, de modo que “no sólo interpeló a quienes ya participan activamente en la vida cristiana, sino también a quienes se sienten distantes de la fe y sin embargo fueron conmovidos por la belleza y la solemnidad del acontecimiento”.
En este contexto, recordó que las hermandades son “casas y escuelas de comunión”, ámbitos donde la liturgia nunca puede reducirse a un mero ritual externo, sino que debe vivirse como un testimonio profundo de amor y misericordia.
Acción social y nueva imaginación de la caridad
El arzobispo dedicó una parte sustancial de su ponencia a la dimensión caritativa de las hermandades, a las que instó a asumir “una acción renovada en favor de los más vulnerables”. Solicitó creatividad en este campo, expresada en lo que denominó “una nueva imaginación de la caridad”, que permita conjugar la ayuda material con la fraternidad y el reconocimiento de la dignidad de cada persona. Apoyándose en el magisterio de san Juan Pablo II, señaló que la caridad no debe ser percibida como limosna humillante, sino como un gesto de auténtico compartir fraterno.
En este sentido, insistió en la necesidad de una sólida formación cristiana para los miembros de las hermandades, que ha de ser “un pilar esencial”. Explicó que dichas corporaciones deben convertirse en espacios donde los cofrades puedan profundizar en su fe y adquirir la madurez necesaria para responder con sabiduría a los desafíos de la sociedad actual. En este contexto, recordó la importancia del observatorio permanente sobre la piedad popular, uno de los frutos más destacados del congreso, que servirá para mantener un diálogo constante con la realidad social y eclesial.
Encuentro, contemplación y compromiso
Monseñor Saiz Meneses afirmó que el Congreso Internacional de Hermandades se convirtió en “una experiencia de encuentro, de celebración, de contemplación, de reflexión y de compromiso”, y aprovechó la ocasión para agradecer la dedicación de todas las instituciones y personas que hicieron posible su organización.
Asimismo, quiso responder a quienes minusvaloran la piedad popular como una expresión secundaria de la fe. Frente a esta visión, defendió que “es una manifestación viva y fecunda del pueblo de Dios, un cauce legítimo para expresar el amor a Cristo y a su Madre a través de tradiciones que, lejos de ser un mero folclore, constituyen un auténtico patrimonio espiritual”.
Evangelización y actualización de los pilares cofrades
El arzobispo abordó también la necesidad de actualizar los tres ejes fundamentales que marcan la vida de las hermandades: cultos, formación y caridad. A su juicio, la piedad popular muestra que la Iglesia es “un cuerpo vivo, inquieto y dinámico” que no puede quedar anclado en fórmulas pasadas. De esta renovación emergen dos claves fundamentales: la evangelización y la identidad del cofrade y de la hermandad.
Sobre la primera, recordó que evangelizar hoy supone no sólo “humanizar la tecnología”, sino también recuperar la capacidad de admiración ante la belleza, entendida como camino privilegiado para encontrarse con Dios. En cuanto a la identidad, destacó que las hermandades deben poner en diálogo su legado histórico con la vida actual, de modo que sus expresiones de piedad resulten significativas “incluso para quienes se mantienen alejados de la religión”.
Hermandades como escuelas de santidad y agentes sociales
En la parte conclusiva de su exposición, monseñor Saiz reiteró que las hermandades están llamadas a convertirse en “escuelas de santidad” y a traducir la piedad popular en obras concretas de amor y servicio. Subrayó su papel como “agentes de transformación social”, capaces de fomentar valores tan necesarios como la solidaridad, la atención a los más débiles y la reconciliación en un tiempo marcado por el individualismo y la fragmentación.
El arzobispo quiso resaltar igualmente la riqueza simbólica de las procesiones, que constituyen “auténticas manifestaciones de comunión y fraternidad”, recordando que su fuerza radica precisamente en contraponerse a la dispersión y a la indiferencia del mundo actual.
Finalmente, exhortó a los cofrades a permanecer atentos al tiempo y al lugar en que viven, así como a las personas con las que caminan, concluyendo con un mensaje de aliento y compromiso: “El Congreso Internacional de Hermandades ha sido un verdadero don de Dios, un regalo inmenso. Pero no puede quedarse en el pasado: debe impulsarnos a vivir la fe con mayor hondura y a hacer de nuestras hermandades un signo vivo de esperanza para la Iglesia y la sociedad”.





