Córdoba, Internacional, Sin ánimo de ofender, 💙 Opinión

Nadie sabe para qué sirven pero nadie quiere perderlos

Hace ya algunos días que el capataz Carlos Lara concedía una extensa y sin duda jugosa entrevista a nuestro medio en la que, entre otras muchas cosas, trataba de describir la realidad de las cuadrillas de costaleros con unas declaraciones que volvían a traer al presente el tema de si los costaleros deben o no ser hermanos de las cofradías en las que participan argumentando que “hoy se habla mucho del boom, se habla mucho de números, de que hay muchos costaleros, pero no lo hay. Llevo años diciendo que no hay tal boom, que son las mismas personas que repiten en diferentes cofradías, son cuadrillas dobladas […]”.

Con ello, la atención volvía a centrarse en el mismo sector que tantos titulares ha ocupado en los últimos tiempos aunque en esta ocasión como una verdad aplastante y especial simpleza, rematada con un concluyente “no se puede obligar a una persona a hacerse hermano de cinco cofradías”.

Esto, al parecer hacía inevitable la llegada de la odiosa comparativa que tan a menudo se establece entre el costalero y el nazareno: la cara visible frente al anonimato, el caminar de un paso frente al cortejo que lo precede que, a fin de cuentas forman parte de un todo cuyas situaciones son incluso semejantes.

Posiblemente a Carlos Lara no le falte razón y no se puede exigir a un costalero que sea hermano de la corporación con la que trabaja, no es demasiado complicado llegar a esa conclusión si tenemos en cuenta la densidad de la población cordobesa – que es la que es aunque nos empeñemos en ignorarlo – y más aún cuando en esa población hay que comenzar a hacer cribas para ser realistas y conscientes de que no solo consiste en contar personas sino en contar cofrades… y cofrades casi exclusivamente varones en el mundo del costal. Es evidente que la cifra se reduce notablemente.

Por triste que sea y mucho que nos queramos autoconvencer de lo contrario, no solo no es razonable imponer cuadrillas de hermanos costaleros cuando ni siquiera se puede garantizar actualmente que el costalero sea creyente en detrimento del costalero deportista o el que presta sus hombros solo porque otro amigo suyo los prestó antes. Y nos guste o no, las circunstancias del nazareno – a pesar de que el anonimato de este esté infinitamente más asegurado que el del primero por motivos obvios – no son muy diferentes.

De un tiempo a esta parte, la formación que tan frecuentemente se ha traducido en la asignatura pendiente de las hermandades, ha pasado a ser un objetivo prioritario en el proyecto de los nuevos equipos de gobierno que últimamente han pasado a dirigir la vida de las cofradías. Pero aunque la intención sea buena y la iniciativa totalmente necesaria, no se puede pasar por alto que, a pesar de que a muchos nos resulte incomprensible, dependemos de cortejos integrados por personas que se mantienen al margen del espíritu cofrade y creyente los restantes 364 días del año y que, una vez completada su estación de penitencia, tal vez decidan coger sus maletas para ponerse rumbo a otras ciudades presumiblemente costeras.

Fiel a la prueba irrefutable que siempre resulta ser la experiencia, con la que nunca deja de ponerse de manifiesto que la teoría tiene más bien poco que ver con la práctica, quizá no vaya quedando más remedio que asumir de una vez que mal que nos pese – y aunque lo ideal sería ir corrigiéndolo paulatinamente – la mejor definición de la función entre esos determinados individuos en el seno de sus cofradías quede resumida en la frase de cierto monólogo: “son como los dedos meñiques de los pies: nadie sabe para qué sirven pero nadie quiere perderlos”.

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