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Opinión, Pentagrama, Sevilla, Verde Esperanza

No es una moda, es sentido común

Los últimos tiempos han sido especialmente convulsos en la ciudad de la Giralda en lo que respecta a Cofradías y acompañamientos musicales. No cabe la menor duda: algo ha cambiado en la Sevilla cofrade durante los últimos años. En la Semana Santa de 2016, todos los acompañamientos musicales de los pasos de Cristo corrían a cargo de formaciones musicales de la capital o de la provincia. En la Semana Santa de 2019, habrá al menos tres formaciones musicales foráneas que acompañen a titulares cristíferos sevillanos: doblete de Rosario de Cádiz en las Aguas y la Sed, y el estreno tanto de Paso y Esperanza tras el misterio de la Exaltación como de Pasión tras el Cautivo de Santa Genoveva.

Por lo tanto, tratar de negar que algo ha cambiado, es totalmente absurdo. El punto clave de la cuestión es el análisis que se le da a este cambio de orden. Ya comenté en un anterior artículo lo dificultoso que resulta encontrar entre los medios de comunicación capitalinos elogios hacia lo que venga de fuera de sus fronteras. Es algo que estamos pudiendo comprobar en los últimos tiempos a raíz del cambio de tendencia comentado anteriormente. No voy a volver a entrar en ello ni en lo que pueden causar entre su público, aunque es desternillante echar el vistazo a algunos comentarios de redes sociales sobre lo que piensan los sevillanos con orejeras de que bandas foráneas lleven su música tras sus magníficos misterios.

Hoy quiero dirigir la mirada hacia el pilar básico de la cuestión. ¿Por qué algunas Hermandades han decidido contratar bandas no sevillanas? Hay quien dice que se trata de una moda, incluso se escuda en ello para tratar de disimular la principal carencia que, en mi opinión, ha caído como un jarro de agua fría en el panorama musical hispalense: la autocomplacencia. Lo cierto es que durante muchísimos años las bandas de Sevilla han tenido el monopolio de los pasos de la ciudad en Semana Santa a raíz de que en su banderín ponía el nombre de una ciudad con siete letras ordenadas de la siguiente manera: «Sevilla», amén de la gran calidad que atesoraban y atesoran -algunas de ellas-. Algo que, dicho sea de paso, también ha servido para coger algún que otro contrato allende sus fronteras, pero esa cuestión la abordaremos más tarde.

La realidad es que no todo lo que lleva grabado el nombre de la vieja Hispalis posee un nivel sobresaliente por el mero hecho de su denominación de origen local. Esto, que resultaba una obviedad para todo aquel que conociera la Semana Santa de distintos lugares de nuestra tierra, es lo que ha sobrevenido a ese grupito de sevillanos rancios que se encuentran tan dolidos en estos difíciles momentos para ellos. Es posible que durante años distintas formaciones de la capital hayan terminado durmiéndose en su propia autocomplacencia en lo que respecta a su calidad y aspectos innovadores. Incluso es algo lógico que así sucediera, si pensamos que tenían garantizadas el monopolio en su propia Semana Santa. Lo que ha sucedido es que formaciones musicales de muchos puntos de Andalucía, y de fuera de ella, han alcanzado niveles interpretativos que las han situado en primera línea, siendo consideradas por muchos cofrades de toda nuestra geografía de mejor forma que incluso las más populares de Sevilla. Ojo, no quiero decir con ello que Sevilla haya dejado de ser una referencia, que lo sigue siendo en muchos ámbitos relacionado con las Cofradías. Pero ya no es la única, como podía suceder hacer años.

Hay un momento muy concreto en el que cambia la tendencia, y es cuando la Hermandad de la Sed decide depositar su confianza en la Banda de Cornetas y Tambores del Rosario de Cádiz. Así, por parte de la corporación de Nervión, se toma la valiente y arriesgada decisión de apostar por una formación musical de primerísimo nivel que no era sevillana, ni de su provincia. El resultado, sin duda, corroboró que la decisión adoptada fue todo un acierto, tanto por el nivel exhibido y la conjunción formada con la cuadrilla del imponente crucificado, como por la aceptación del público sevillano. Su valiente decisión parece haber propiciado que las Cofradías hispalenses se sientan libres de elegir el acompañamiento musical que mejor cumpla sus necesidades y expectativas, sin tener que salvaguardar ese erróneo statu quo en el que estaba establecida la Sevilla cofrade de priorizar a las bandas locales por encima de todo lo demás. Esta apuesta de la Sed quizá pudiera parecer atractiva por lo exótica para algunos, pero parece que en el momento en el que, de un plumazo, tres formaciones sevillanas han perdido su contrato con Cofradías de la capital en beneficio de tres formaciones foráneas, se han encendido todas las luces rojas posibles. Hay quien, merced a este acertado cambio de actitud por parte de las Hermandades sevillanas, por fin se ha dado cuenta de que no basta con llevar bordado el nombre de Sevilla en el banderín, tener una calidad aceptable y cobrar cachés ínfimos a las Hermandades de la propia ciudad. Parece que, a tenor de los hechos y por desgracia, hay formaciones que se han dado cuenta demasiado tarde de ello. 

Con respecto a esa herramienta tan moderna que es utilizar el lenguaje de forma sibilina para deslizar segundas intenciones de forma implícita, hay que decir que cuando se tilda de «moda» el hecho de que Cofradías sevillanas apuesten por bandas de fuera, de una forma soslayada se trata de hacer ver que es algo sin fundamento, pasajero y, por lo tanto, de poca importancia. Quizá tengan razón y al cabo de unos años la Semana Santa de Sevilla ha vuelto a cerrar sus puertas a lo foráneo, pero lo cierto es que hoy en día, la tendencia apunta a todo lo contrario. Hablar de «moda» es tratar de hacer de menos el hecho de que tres bandas no sevillanas de primerísimo nivel planten sus acordes en la ciudad de la Giralda.

Para quien tilde de moda esta situación, quizá convendría hacerle ver que la que era distinta al resto era la Semana Santa de Sevilla. Dirijan la mirada a la Semana Santa de casi cualquier lugar: Málaga, Córdoba, Jaén, Granada, Jerez, Cádiz… todas ellas acogen a formaciones musicales de fuera de sus fronteras, también a las sevillanas, por cierto. Es algo habitual y lógico que formaciones de distintos lugares se desplacen a otras Semanas Santas sea el lugar que sea, incluso es algo enriquecedor que así suceda, por el intercambio cultural que ello supone. No entiendo por qué Sevilla ha permanecido tan encerrada en sí misma durante tanto tiempo. Lo que está sucediendo ahora, con la contratación de bandas de otros lugares, es la normalidad. Lo raro era lo de antes. Ni que decir tiene que las bandas sevillanas se han favorecido, y mucho, de llevar su música más allá de sus fronteras, en algunos casos cobrando cachés desproporcionados en gran medida por el lugar de procedencia.

Y en este último punto me quiero detener para concluir este artículo. A tenor de determinadas corrientes de opinión, parece que el objetivo fundacional de cualquier banda, especialmente si es sevillana, deba ser el de tocar en Sevilla. Y con las circunstancias actuales, en las que por fin parece primar más lo musical que la denominación de origen, eso parece más difícil que nunca. Antes, si se daban las circunstancias propicias y las demás formaciones sevillanas estaban ocupadas, aún podía haber opciones de participar en la Semana Santa sevillana, pasando a un segundo plano cuestiones de calidad musical. Hoy eso ya parece ser menos viable. La solución a este nuevo orden que parece estar estableciéndose no ha de ser en ningún caso patalear y montar berrinches más o menos públicos, sino ponerse a trabajar con humildad, reconociendo que otras formaciones son capaces de alcanzar tu nivel o incluso superarlo. Más ensayar -y mejor- y menos Twitter, en definitiva.

La banda que se obsesiona con tocar en la propia Sevilla, en cierta manera desmerece acompañar musicalmente a pasos de nuestra geografía, y no le quepa duda de que se pierde el crecimiento de encontrar grandes joyas con las que se disfruta igual o más que en cualquier capital, incluyéndose por supuesto la capital andaluza. Hay quien se ha escandalizado cuando he expresado afirmaciones similares en otras ocasiones. Me da absolutamente igual, puesto que es lo pienso sin ninguna fisura. Muchos nos afanamos en dar a conocer esas joyas que esconde cada Semana Santa: imaginería de primer nivel, imponentes pasos de misterio y majestuosos de palio, cuadrillas que llevan a las imágenes con un amor insuperable, bandas que a base de trabajo son capaces de defender los más exigentes repertorios, desfiles procesionales que agolpan gran cantidad de público… en definitiva, elementos que hacen que la Semana Santa del pueblo más recóndito de nuestra tierra merezca ser respetada y valorada en su justa medida. Durante muchos años, las bandas de distintos lugares han tenido que realizar desplazamientos fuera de su ciudad de muchas horas de autobús, terminando a las tantas y llegando aún más tarde a casa. Todo por disfrutar tocando tras un paso. No hay nada malo ni deshonroso en ello, sino más bien todo lo contrario.

Me entristece comprobar cómo para alguno que otro la Semana Santa sevillana sigue siendo la Champions League, y todo lo demás Regional Preferente -créanme, muchos utilizan exactamente estos términos futbolísticos-. En la época en la que vivimos, con la globalización que ha permitido la existencia de Internet y las redes sociales y que ha propiciado un gran enriquecimiento general, hay una gran calidad en la Semana Santa -bandas incluidas- de cualquier rincón. El objetivo fundacional de una banda, sevillana o no, en mi humilde opinión, nunca ha de ser el de poner su música tras un paso de misterio de Sevilla. No hay Semana Santa mejor o peor, aunque a mucho le estalle la cabeza al leer esto. Son todas distintas, dignas de reconocer y poner en valor. Es triste que haya formaciones musicales que no lo valoren. La música, amén de ser un tipo de lenguaje, no entiende de fronteras, es algo universal, le pese a quien le pese. Que vayan bandas de fuera a tocar a Sevilla no es una moda, es aplicar el sentido común.

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