Con la venia, Opinión

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Que las hermandades y cofradías hayan resistido el paso del tiempo, el cambio de costumbres, y la animadversión de personas y doctrinas, si no se cree en lo trascendente, es en sí mismo una heroicidad. Unas instituciones nacidas en épocas donde los santos andariegos fundaban conventos y ordenes en Castilla y Andalucía; y donde las maravillas de aquellos santos, hombres y mujeres, eran vividos y vistos por personas de toda índole y condición. Eran siglos en los que se construían catedrales, que en si mismas eran una alabanza a Dios, compendio de verdad y belleza; eras de milagros en el cielo y la tierra, también en momentos en los que la enfermedad, la pobreza o la guerra, estrangulaban la vida haciéndola insoportable, y el hombre, sabedor de sus pecados, vestía una túnica de penitente para expiarlos ante los ojos de su Creador.

Sí, tiempos de otros hombres, seres más religiosos y confiados en Dios; seríamos hipócritas, y lo políticamente correcto nos importa un bledo, si no admitiéramos que en el pasado siglo la recuperación de antiguas cofradías, o la fundación de nuevas hermandades no tiene lugar sino es por un clima de exaltación religiosa a nivel popular, quizás también por la sangre derramada de los mártires. Décadas después, y en un siglo distinto se nos quiere hacer creer por muchos, que el destino de las cofradías, y su logro en las calles, es ser entretenimiento de turistas, y pasacalles del gremio de la hostelería, ¡Oh tiempos, oh costumbres!

Esa heroicidad de las cofradías no podría haberse dado sino fuera por una identificación con una Fe, y una lealtad a la Tradición, una lealtad secular que ha resistido todos los vicios y “nuevas maneras de hacer” contemporáneas. Las hermandades y cofradías han permanecido en gran parte fieles a si mismas; no podemos olvidar todas las herramientas de subversión que la sociedad actual, o si se quiere el ambiente existente, que no es una cuestión política, sino que va a más allá, ejerce en torno a nuestras corporaciones. A nuestro alrededor figuras e instituciones que en otros tiempos hemos sentido como propias, o muy cercanas, hoy se aprecian como extrañas.

En efecto, la máxima riqueza y fuerza de las cofradías de Penitencia, o de Gloria, están en su interior, la componen las personas que las constituyen y se identifican con la Hermandad del Gran Poder, o la de las Angustias, la del “Abuelo”, del Cristo de Mena, o de las “Viñas”, y rezan a sus titulares, ¡Qué palabra tan seria es rezar, y cómo nos transporta a las cosas que verdaderamente importan! Cuando un cofrade las denomina así, y así es como las nombra también el pueblo cristiano, olvida, o incluso desconoce, que son oficialmente reales o pontificias; que importa hoy ser real, como una sociedad filarmónica, un equipo de fútbol, o un club de automóviles , cuando la institución real se presta a presidir ceremonias anticristianas y masónicas, o cómo el papado actual hurta su significado al término pontificio cuando en su anuario los títulos de Vicario de Cristo, y Pontífice Máximo se destierran a un pie de página, desvirtuándolos como meros accidentes históricos; ¡ojo, que estos títulos tienen su razón de ser e importancia en nuestro imaginario colectivo! Aunque hoy estén vacíos. No es fútil pensar que esos títulos que la modernidad relativiza están bien guardados en el seno de las cofradías, hasta para eso es necesario hoy en día la existencia de las hermandades. ¡El legado a las generaciones futuras!