Ortega Bru, el republicano que revolucionó la imaginería

Muchos son los nombres que se hallan diseminados por la historia de la Semana Santa, pero sólo el de unos pocos privilegiados, han logrado trascender de la mera lista de personajes, más o menos importantes, para adquirir la categoría de genio, de único e irrepetible. Personajes sin cuya existencia la Semana Santa sería sensiblemente diferente, cuando no diametralmente opuesta. Uno de estos nombres indiscutibles es Luis Ortega Bru, una de las figuras esenciales de la imaginería de todos los tiempos, un visionario y un revolucionario que con su gubia marcó un antes y un después en la manera de entender la talla de las imágenes procesionales. Nació el 16 de septiembre de 1916 en la localidad gaditana de San Roque, recibiendo el sacramento de la primera comunión en 1928. En 1931, en La Línea de la Concepción, comenzó sus estudios de escultura en la escuela de Artes y Oficios y a partir de 1934 recibió clases de dibujo con el maestro y poeta de San Roque, José Domingo de Mena.

En 1936, recién estallada la Guerra Civil, Ortega Bru estuvo en diversos frentes, siendo en el de Madrid donde, a causa de la metralla se le reventó el oído, pasando pos este motivo, y al tener conocimiento de lectura y escritura, al acuartelamiento del Prado, donde esta dos años en la sección de Cartografía. Este mismo año, el 5 de agosto, su madre fue fusilada, por un presunto delito de rebelión militar, un hecho que le marcó para el resto de sus días. 1939 también resultó un año trágico para la familia del escultor, puesto que su padre, Ángel Ortega Bru, fue fusilado por los mismos motivos que su madre, tras lo cual, se perdió la hacienda de la familia. Ese mismo año el escultor fue encarcelado por ayudar al bando republicano.

En 1940 fue puesto a disposición del consejo de guerra de Algeciras y condenado a tres años de prisión por un delito de auxilio a la rebelión. Según fuentes familiares fue condenado a muerte, pero recibió un indulto y se redujo la condena a un año de prisión y cinco años de trabajos forzados. A salida del presidió, Ortega Bru retomó su vocación jamás olvidada. Fruto de ello, en 1943 consiguió el primer premio del certamen de escultura de Cádiz con su obra “Los Titanes”. En 1944 el imaginero llegó por primera vez a Sevilla. Al año siguiente comenzó a cursar estudios en la escuela de Artes Aplicadas de Sevilla, siendo su maestro Juan L. Vasallo. En 1949 expuso por primera vez en Sevilla en la sala Hernal. Dos años después, en 1951 con el importante apoyo prestado por el general de aviación José Rodríguez y Díaz de Lecea, comenzó a tallar imágenes procesionales. Un año después contrajo matrimonio con Carmen León Ortega en la capilla del Baratillo. En apenas ocho años, la vida de Ortega Bru había experimentado un giro decisivo.

El mismo mismo año de 1952 recibió el primer Premio Nacional de Escultura por su obra “La Piedad” e ingresó como hermano de Santa Marta, el 2 de febrero. En 1953 nació su primer hijo, Ángel Luis y culminó el misterio de Santa Marta por cuya realización recibió la Encomienda de Alfonso X El Sabio, declarándose la obra de interés nacional. En 1954 nació su segundo hijo José Onésimo y expuso por segunda vez en Sevilla, en la galería Cubiles. 1955 es el año de su marcha a Madrid por diversas razones, siendo la principal haber sido contratado como maestro de escultura en los talleres de Arte Granda. También parte de la causa fue la sustitución de la imagen dolorosa del paso de misterio de Santa Marta por otra que realizara el escultor Sebastián Santos y la ultima, por la incomprensible polémica que suscitó entre el resto de escultores el haberle concedido la Encomienda de Alfonso X el Sabio. El escultor también estuvo trabajando para los Estudios Cinematográficos Bronson, tallando esculturas de canon clásico y diseñando decorados para sus películas.

En diciembre de este año nació su hija María del Carmen. En 1958 abandonó definitivamente Sevilla para establecerse en la barriada de Ciudad Jardín de Madrid, exponiendo en la Biblioteca Nacional de Madrid. En 1961 nació su hija Débora y abrió su primer estudio-taller en la madrileña calle de Gustavo Fernández Balbuena. Este mismo año consigió el Premio de Escultura al aire libre organizado por el Club Urbis de Madrid. En 1964 expuso en la sala Álvarez y Carbajo de Madrid. En 1965 concursó en el Primer certamen Internacional de Escultura de Bruselas, donde recibió una mención. También este año recibió la Primera Medalla de la Exposición de Otoño en Madrid con su obra “La Piedad”. En 1966 regresó a Sevilla, para exponer en la Sala Florencia. En 1967 comienzó a trabajar para la Semana Santa jerezana.

En 1969 expuso en la Sala Cultural de la Caja de Ahorros de Jerez y en la sala Zeros de Madrid. En 1971 el pleno del Ayuntamiento de San Roque acordó otorgarle el nombre del escultor a uno de las calles de la localidad. Tras su estancia en Jerez de la Frontera, en 1972 regresó a Madrid, donde cambió de domicilio a la calle O´Donnell, 1 y estableció su nuevo taller en la calle Prat, 42. En 1978 regresó definitivamente a Sevilla, donde fue acogido en los talleres de Guzmán Bejarano residiendo en principio en la calle Santa Ana y posteriormente en la calle Teodosio. En diciembre de este año ingresó en la cofradía de Ntro. Padre Jesús de la Pasión y María Santísima del Amor Doloroso de Málaga.

En 1979 trasladó su residencia a la sevillana Plaza del Pumarejo y abrió un nuevo taller en la calle Castellar, 52. El 21 de noviembre de 1982 falleció en su casa de la plaza del Pumarejo. Como honores póstumos, en 1983 una Plaza de la Barriada de San Carlos, en el Distrito IX de Sevilla recibe el nombre del escultor, es nombrado socio de honor del Casino de Recreo de San Roque donde, localidad de la que es Hijo Predilecto.

Sería imposible abarcar toda la obra multidisciplinar de este genio diverso que nos dejó el siglo XX. En Sevilla realizó las andas del misterio del Dulce Nombre, el Cristo de la Misericordia, de la Hermandad del Baratillo y el Simpecado de la hermandad. Para San Gonzalo talló a Jesús del Soberano Poder, Caifas y Nuestra Señora de la Salud Coronada, realizó el diseño de los llamadores de ambos pasos y de las imágenes de la Virgen, arcángeles y ángeles de los varales del palio de la Virgen, realizados en madera en 1978.

Misterio de Santa Marta

El misterio de Santa Marta, que culminó en 1953, es considerado por mucho su máximo exponente, del cual dijo el propio autor: “Yo no tengo obras cumbres, Cuando se hable de tal envergadura yo ya estaré muerto. El misterio de Santa Marta es distinto; ni yo mismo lo puedo explicar. El barro corría sólo y fue Dios quien lo hizo a través de mi”. Además del Cristo y del misterio que le acompaña, realizó los Ángeles mancebos ceriferarios y los relieves del misterio de Santa Marta.

Cristo de la Caridad

Para Monte-Sión realizó el Cristo de la Salud y acometió la restauración del Ángel, al cual incorporó las alas y la nube. Para La Cena hizo el apostolado, para La Lanzada las numerosas cartelas con pasajes de la pasión que son sostenidas por figuras angélicas, para Los Servitas las tallas de los profetas Isaías, Daniel, Jeremías y Ezequiel junto con cuatro ángeles mancebos de paso de la Piedad, para la Macarena las esculturas del Retablo Mayor de la Basílica (San Gonzalo, Santa Genoveva y el Crucificado de la Salvación, las esculturas de Pedro y San Pablo así como los Evangelistas del Sagrario.

Para el Buen Fin realizó la restauración del Cristo del Buen Fin y de Madre de Dios de la Palma, para las Siete Palabras la restauración de Nuestro Padre Jesús de la Misericordia, para la Estrella las figuras de los ángeles mancebos, de los Evangelistas y las escenas de la Expulsión de los mercaderes, el Nacimiento de Jesús, Calvario, Exaltación, el Descendimiento, la Piedad, y la Resurrección, en la canastilla y respiraderos del misterio, así como la restauración del Cristo de las Penas. Para el Gran Poder, la restauración de la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso, para Maria Auxiliadora de la Trinidad, los ángeles del paso procesional.

Nuestro Padre Jesús del Silencio

En Córdoba se encuentra Nuestro Padre Jesús del Silencio, una de sus últimas obras, que culminó en 1982, el año de su fallecimiento, para una agrupación gaditana, que por las cosas del destino terminó siendo titular de la cordobesa hermandad del Amor del Cerro, merced a la intervención de Fray Ricardo de Córdoba. Además, en Rute realizó el retablo de la iglesia del Carmen.

En Cádiz es autor de los Medallones del paso de misterio del Cristo de Las Aguas, para la hermandad del Cristo del Perdón hizo la imagen del Cristo, la Virgen y San Juan, y las figuras que adornan el canasto. Además es autor de las imágenes de las capillas del paso de Nuestro Padre Jesús Nazareno del Amor y los ángeles mancebos, así como de los ángeles mancebos de las esquinas del misterio de la Expiración.

En Jerez también dejó parte de su obra. Para la Cena realizó parte del misterio, el Señor de la Cena, San Mateo, San Bartolomé, Santiago el Menor, Santiago el Mayor, San Pedro, San Juan y Judas Iscariote (cuatro de 1969 y tres de 1975). Para la hermandad de la Soledad, realizó el Descendimiento, considerado por muchos la obra cumbre de Ortega Bru. También es autor de los ángeles del misterio del Prendimiento.

Esperanza de La Linea

En La Línea de la Concepción dejó su impronta con el conjunto escultórico hermandad del Santísimo Cristo de las Almas y Nuestra Señora de las Angustias, y María Santísima de la Esperanza, una verdadera joya. En Huelva es autor del Señor y de las imágenes del misterio de la Oración en el Huerto, San Juan, Santiago, San Pedro.

En Málaga gubió a Nuestro Padre Jesús de la Pasión y restauró a María Santísima del Amor Doloroso, realizando además la imagen del Cristo del Descendimiento. Su obra imaginera también traspasó las fronteras de Andalucía. Así, en Manzanares (Ciudad Real) se encuentra el Cristo en la Columna, María Consoladora de Afligidos, el Cristo de la Vera Cruz, San Juan y la Virgen de la Esperanza y en Burgos ejecutó la Inmaculada y el Crucificado del Monasterio de las Bernardas.

La figura de Ortega Bru forma parte ineludible de la élite de los imagineros esenciales, con un estilo perfectamente reconocible que ha traspasado las fronteras de la legítima subjetividad para asentarse en el Olimpo reservado a los más grandes de todos los tiempos.