A pulso aliviao, Opinión

Paz y bien, Fray Carlos

«Muy humano, muy cercano, muy misericordioso». Así definía el arzobispo de Sevilla, José Ángel Saiz Meneses, a Fray Carlos Amigo Vallejo, nuestro cardenal. Por siempre y para siempre, nuestro cardenal.

Lo digo dos veces porque Don Carlos era nuestro, del pueblo, de la gente, de Sevilla. Lejos de la distancia y frialdad de otros prelados, él adoraba rodearse de multitudes, hablarles de Cristo y de la Virgen, y conocer sus inquietudes y su historia personal.

Recuerdo cómo le preguntaron en una entrevista qué es lo que más echaba de menos de Sevilla, y Don Carlos respondió por tres veces lo mismo, exclamando: La gente, la gente, la gente.

Y es que si apasionante era la vida de este fraile franciscano con piel, alma y madera de arzobispo, llegó a su Cenit con su episcopado en la capital del Guadalquivir: Sevilla.

Fray Carlos conectó sobremanera con esta tierra, y consiguió modernizar su Iglesia a paso racheao como el de la zancada del Señor de San Lorenzo, logrando para sus cofradías desde la incorporación de mujeres nazarenas hasta la creación de nuevas hermandades y el fortalecimiento de otras, como el Cerro del Águila, la Resurrección, El Carmen o el Polígono de San Pablo.

Amigo fue testigo y en muchos casos protagonista de acontecimientos fundamentales durante las últimas décadas en la ciudad: las dos visitas de San Juan Pablo II; la Expo del 92; la boda de la Infanta Doña Elena, celebrada en la Catedral en el año 1995; o la rotulación de su calle en la lateral del Palacio Arzobispal hace pocos años.

Y quién no recuerda su cariño hacia la religiosidad popular, potenciando las salidas extraordinarias y las coronaciones canónicas de las Vírgenes de la capital y la provincia, convirtiéndose posiblemente en el prelado que más imágenes de la Madre del Señor ha coronado en la historia de la cristiandad. Dolorosas tan señeras como la Esperanza de Triana, la O, la Virgen del Valle, la Esperanza Trinidad, la Encarnación de San Benito, Rosario de Montesión, Dolores del Cerro o su Virgen de la Palma recibieron esta distinción bajo su ministerio.

Pero su mejor legado será siempre el de su presencia, la sonrisa intacta que iluminaba su rostro con cada visita, su impresionante capacidad oradora y las homilías que, mezclaban la mística con las anécdotas personales y el sentir de los fieles, de los cofrades, de cada lugar donde predicaba.

Ayer nos dejaba nuestro guía, nuestro referente espiritual, nuestro viejo amigo, y Sevilla queda huérfana ante el vacío tan grande que deja en los corazones del rebaño.

Y, casi aferrándonos a cada recuerdo de tantísimos que afortunadamente compartimos junto a él, es hora de despedirle con todos los honores, que ganó a pulso por su nobleza y humanidad.

Descansa en ese cielo azul de tu Bendita Sevilla, cardenal Amigo, junto a tu Cristo del Buen Fin, la Virgen de la Palma y San Francisco, al que tanto honraste en vida. Gracias por todo y hasta siempre. ¡Paz y bien, Fray Carlos!