Córdoba, El Rocío, Huelva

Por los rincones del sueño

Diferente. Por varias razones, muchos rocieros coincidían a la hora de catalogar la procesión de una Virgen del Rocío que ha de marcar un antes y un después. Atrás han quedado los años en los que las caídas del paso se multiplicaban hasta la desesperación, propiciando que la Hermandad Matriz tomase cartas en el asunto, modificando la estructura del paso de la Virgen que sido sometido a una remodelación para mejorar el momento de la procesión, que llevaba siendo objeto de diatribas durante los últimos años a razón de las múltiples caídas. La modificación ha consistido en el ensanchamiento de la base en 30 cms. por cada lado, incrementándose el número de bancos (pasan de 4 a 5) y el equilibrio y bajando el centro de gravedad. Además, los varales han quedado más adentro, impidiendo que las personas se cuelguen de ellos y lleguen a ellos sólo los que vayan a ayudar a los hombres de la Virgen, impulsando el paso hacia arriba. El resultado se ha podido contrastar con claridad meridiana. Una procesión mucho más limpia y con a Virgen caminando como debe. Es verdad que se han producido algunas caídas inevitables, que también son parte de la particular idiosincrasia de esta singular procesión, pero desde luego, nada que ver lo que venía ocurriendo en el pasado cercano.

No obstante, el preludio del momento cumbre de la romería, cuando la Madre de Dos devuelve visita a las 121 hermandades filiales, dio comienzo horas antes, cuando la cercanía del Lunes de Pentecostés volvía a reproducir el movimiento de cortejos caminando por los cuatro puntos cardinales de la “única Aldea del mundo que se escribe con mayúscula, y no requiere de apellido para ser perfectamente identificada” para celebrar el Rosario amenizado este año por el Coro de la Hermandad del Rocío de Sanlúcar de Barrameda que logró hacer vibrar con cada ración musicada a los miles de peregrinos que participaron en el rezo. A las doce, desde la Plaza de Doñana, entre la devoción y la emoción contenida por lo que está a punto de acontecer, comenzaron a desgranarse las cuentas del rosario en que cada año se convierten las hermandades que parten desde este punto neurálgico dirigiéndose hacia un Santuario en el que comienza a hacerse imposible contener la inevitable marea. Lentamente, por riguroso orden inverso de antigüedad, si bien este año por un recorrido diferente, consecuencia del mal estado en el que se hallaban algunas calles de la Aldea tras las lluvias acaecidas en las últimas horas, los cortejos de cada una de las hermandades, encabezados por sus Gloriosos Simpecados, fueron aproximándose hasta las mismas puertas del Cielo mientras en el interior del hogar de la Blanca Paloma se ultimaban los detalles y se amarraban las ansias.

Anhelos que no pudieron encadenarse del todo a eso de las 2:34, cuando un grupo de impacientes saltó la reja mucho antes de que el Simpecado de la Matriz llegase al interior del Santuario. Un salto que, no obstante, logró ser atemperado para que la Blanca Paloma esperase sin moverse hasta que veinte minutos más tarde todo se desencadenase definitivamente. Cuando el Simpecado de la Hermandad Matriz divisó el presbiterio, se convirtió en una entelequia pretender que el oleaje no se convirtiese en maravillosa tempestad imposible de dominar. Y entonces ocurrió, como ocurre cada año de manera única, diferente e insustituible. El momento había llegado y la tensión se convirtió en explosión, la explosión en júbilo y el júbilo en fe y devoción verdaderas, imposibles de explicar e imposibles de no comprender.

María Santísima del Rocío, ataviada con el traje y el manto conocido como de los Apóstoles, o de las Hermandades, confeccionado por Joaquín Castilla, y con el Pastorcito vestido a juego, que ha sido adornado con hibuscus rosa sinensis, en color blanco y amarillo, los colores del Vaticano, con motivo del XXV Aniversario de la visita de San Juan Pablo II al Rocío, salió a la explanada de su antigua ermita a hombros de sus hijos, de los hombres de la Virgen, los que la saben llevar, aquellos de los que es Dueña y Señora, para rociar al universo entero con sus maravillas, para endulzar las carencias de este miserable mundo que por unas horas parece diferente porque la Madre de Dios baja del Cielo para acariciar el alma de quien busca su mirada.

A partir de ese momento, la Blanca Paloma, que lo es por lo que simboliza la fiesta litúrgica que da sentido a lo que somos, pregoneros perennes del mensaje del Divino Salvador, peregrinó por la Aldea para devolver la visita a las 121 hermandades que le rinden pleitesía, como una Madre que acude a casa de sus hijos para escuchar sus cosas y aliviar sus penas, y para ofrecer su maternal abrazo y convertirse en consuelo de este mundo que tanto la necesita. Y lo hizo a una velocidad inusitada, probablemente a causa de los pronósticos que aventuraban precipitaciones a primeras horas de mañana.

Huévar, Villamanrique, Pilas, Coria, La Puebla… la Virgen fue recorriendo “los rincones de los sueños” de miles de rocieros a medida que avanzaba la madrugada hasta llegar a las puertas de la casa de Umbrete donde tuvo lugar un instante especialmente emotivo, cuando una hermosa petalada cayó sobre la Señora, ofrenda maravillosa para apaciguar la tensión acumulada de tantas lunas de espera. La Reina de las Marismas continuó su caminar, con bastante adelanto respecto al horario habitual en medio del desorden perfectamente organizado en que muta la Aldea cada Lunes de Pentecostés, visitando Carrión y La Palma hasta llegar a Triana mientras el cielo aun estaba lejos de clarear anunciando la llegada de un maravilloso día de primavera. Mucho antes de la noche se difuminase con la “amanecía”, la Plaza de Doñana y el Real eran rociadas con el maná eterno de la Pastora almonteña.

Rondando las seis de la mañana, dos horas antes de lo que suele ser costumbre en los últimos años, el Simpecado de Córdoba hacía acto de presencia en el lugar donde cada año espera impaciente la llegada de la Madre del Universo. Una llegada que se produjo minutos antes de las siete cuando, tras visitar la casa de las camaristas, quiso la Virgen acercarse al Simpecado de la Hermandad de Córdoba para detener el tiempo por unos minutos tras una espera que se antojó eterna entre la ansiedad y el deseo de tenerla al alcance de la mano. Fue como un suspiro que duró lo que una Salve y una emotiva petalada… la inmensidad más plena y de repente, la ausencia absoluta, la satisfacción de sentirse alimentados por el mayor de los dones del Cielo y al mismo tiempo la amargura de ser consciente de que Ella ya se había marchado buscando otros corazones que rociar.

Luego la Blanca Paloma se acercó a Huelva para, inmediatamente después de recibir otra petalada impresionante, continuar su peregrinar por el resto de rincones de la Aldea convertida más que nunca en la Gloria misma, entre sevillanas, salves, palmas y vítores, recibiendo el cariño verdadero de sus hijos y derramando su Rocío por corazones y almas. En unas pocas horas, “callada se irá quedando la Aldea y marcharán las carretas camino de la nostalgia”… todo habrá terminado y será el momento de cerrar los ojos para rememorar el rosario de recuerdos que quedarán atesorados para siempre y de echar una mirada furtiva al calendario para confirmar en qué fecha cae el próximo Rocío. Pero antes, llegará septiembre y con el ocaso del estío, la salida extraordinaria de la Reina de Doñana. Una salida especial que conmemorará el centenario de su coronación canónica… pero esa será otra historia, una nueva y maravillosa historia…