Acabamos de disfrutar, este que suscribe también, de uno de los acontecimientos más especiales que podemos contemplar los cofrades, me refiero, como es evidente, a la procesión Magna celebrada en Sevilla para clausurar el II Congreso Internacional de Hermandades y Piedad Popular, celebrado en Sevilla del 4 al 8 del presente mes de diciembre. El encuentro ha contado con las más altas representaciones del mundo eclesiástico, habiendo estado encabezado por el enviado especial del Papa, el arzobispo Edgar Peña Parra, quien en su mensaje subrayó el papel que juegan nuestras corporaciones como transmisoras de fe en un mundo cada vez más secularizado. Al decir de la crítica, todo ha salido a la perfección, tanto desde los puntos de vista eclesial y cultural, como organizativo. Los horarios de los traslados de ida a la Santa Iglesia Catedral se cumplieron con precisión, a pesar de la masa que acompañó a cada uno de los pasos y, en fin, todo han sido felicitaciones, parabienes y todo el mundo ha quedado contento y satisfecho. Sin embargo, a mí me queda una duda que estimo de interés: ¿Qué habría pasado si el congreso se hubiera celebrado en otro lugar? ¿Habría alcanzado la resonancia y el éxito que, a todas luces ha logrado el encuentro hispalense? Y es aquí donde me asaltan todas las dudas. En principio porque jugar en Sevilla y poner en la calle a las dos Esperanzas, el Cachorro y el Gran Poder, acompañados por la Virgen de los Reyes y las tres devociones más arraigadas de la provincia: Setefilla, Valme y Consolación, es apostar a caballo ganador. Por otra parte, organizar el congreso en Sevilla, donde todo el mundo sabe del arraigo popular que arrastra la Semana Santa, especialmente en la calle, pues más de lo mismo, eso es jugar con las cartas marcadas, máxime, cuando lo que se organiza es una madrugá al son de campanilleros y villancicos. Lo dicho, el éxito estaba asegurado.

La cuestión es la siguiente: ¿Qué habría pasado si el congreso se hubiera organizado, por ejemplo, en nuestra ciudad? ¿Se habrían llevado los legados pontificios la gran impresión a la que alude todo el mundo? ¿Habría tenido el éxito de público alcanzado en Sevilla, donde no ha importado ni las bajas temperaturas nocturnas, ni los horarios de salida de los templos y, mucho menos, los de regreso a las respectivas sedes canónicas? ¿Se habría agotado el papel para contemplar el paso de las distintas imágenes, sentados en las sillas del recorrido oficial? ¿Cuántas plataformas ciudadanas, habrían surgido en defensa del patrimonio histórico, de la mezquita catedral de todos y todas, del derecho a descansar, en contra de la “privatización de la vía públicos” o hasta de los apartamentos turísticos? ¿Habríamos contemplado esos cortejos en los que las canas y las calvas predominaban sobre los peinados cuasi nazis tan en boga? Confieso que me produjo auténtica delectación y entusiasmo ver a esas personas mayores en la Magna hispalense. Me temo que la impresión ofrecida a esos príncipes de la Iglesia habría sido bien distinta, no digo que negativa, simplemente que no habría sido tan triunfal o triunfalista, aunque tal vez sería más aproximada a la realidad que vivimos, no ya en Córdoba, sino en el resto de Andalucía y no digamos de España. Porque la realidad es que la Semana Santa es, cada vez más, un negocio para políticos pretendiendo vender imagen de buena gestión; caja para el sector de la hostelería, sin contrapartidas para las hermandades que ponen el circo; postureo para sacapasos impenitentes y frikis de las marchas procesionales, pero absolutamente ausentes en los cultos anuales que organizan todas las hermandades, ajenos a la participación en cuantas iniciativas de carácter caritativo, negados para vender lotería en fechas navideñas o para acopiar fondos destinados a proyectos de mejora o engrandecimiento del patrimonio. Ni que decir tiene que, en el resto de esto que antes se llamaba España, salvo en tierras castellanoleonesas, la religiosidad popular es pura entelequia, lo cual se ve correspondido con la escasa o nula presencia de nuevas vocaciones en los seminarios conciliares.

En fin, los tiempos cambian, hemos pasado de aquello de “si quieres tener problemas, mete una hermandad en tu parroquia” que decían los curas antiguos, a ser considerados un elemento importante para la evangelización en el mundo actual. Ni tanto ni tan calvo. Ahora solo falta que el gigante transforme sus pies de barro en sólidos basamentos para que el futuro sea tan halagüeño como nos lo quieren pintar.
Foto portada: El Cachorro de Triana frente a la capilla del Carmen, camino de la Santa Iglesia Catedral hispalense el pasado sábado día 7. Jesús Salmoral Núñez





