Reflexiones heterodoxas | ¿Por qué hablan de reconciliación, cuando lo que quieren decir es humillación?

En los últimos tiempos, venimos escuchando con muchísima frecuencia la palabra ‘reconciliación’, en boca de quienes se consideran superiores moralmente al resto de los mortales, esto es, a la progresía de telediario, tertulia y algarada callejera, normalmente somos los españoles con nuestro Rey a la cabeza, los que tenemos que reconciliarnos con… los países hispanoamericanos, por las presuntas fechorías realizadas contra la población indígena, que nada tiene que ver con los gobiernos criollos surgidos de los procesos independentistas del siglo XIX, de los que son herederos los mandatarios actuales que gobiernan aquellos territorios. Con los musulmanes expulsados de la península Ibérica, por las vilezas, expoliaciones, destierros y asesinatos cometidos, presuntamente, por los Reyes Católicos contra la dinastía nazarí, cuando fueron los musulmanes los que invadieron a sangre y fuego la península Ibérica a partir del 26 de julio de 711. De ahí los circos y performances que todos los años montan cuando llega el 12 de octubre, fiesta de la Hispanidad, cuando ‘no hay nada que celebrar’ o el 2 de enero conmemoración de la toma de Granada por las tropas castellanas de Isabel y Fernando. En tales circunstancias se habla de genocidio, de imposición de la cultura vencedora sobre la de los vencidos y no sé cuántos infundios, sandeces y tonterías buenistas, siempre ajenas a la realidad histórica, todo lo cual debería superarse, según ellos, pidiendo perdón a los vencidos o colonizados en nombre de la reconciliación. Curiosamente, estos vocingleros de megáfono, kufiya, enseña palestina y pasamontañas para no ser reconocidos, nunca se acuerdan de la expulsión de los judíos, grupo étnico que, a diferencia de los moriscos, expulsados por Felipe III entre 1609 y 1613, han conservado sus tradiciones hispánicas, guardando entre sus mayores tesoros el ladino, la lengua que mantiene su cordón umbilical con la tierra de la que fueron desterrados en 1492. Se ve que, ahí, ‘pinchamos en hueso’ como dirían los taurinos.

Boabdil entrega las llaves de Granada a los Reyes Católicos, obra de Francisco Pradilla y Ortiz, obra de 1882 que se encuentra en el Salón de los pasos perdidos del Senado.

Si acudimos al Diccionario de la R.A.E., en su primera acepción, la palabra ‘reconciliación’, significa «volver a las amistades, o atraer y acordar los ánimos desunidos», mientras que en la quinta señala que, dentro del catolicismo, tiene el sentido de «confesarse de manera breve o de culpas ligeras», subrayo la expresión ‘culpas ligeras’, esto es, insignificantes, leves. Como podemos comprobar, ninguna de las dos significaciones encaja dentro de lo que se exige a nuestro Jefe del Estado: “que pida perdón”, poco menos que se arrodille, que se humille y reconozca que nuestros antepasados fueron malos malísimos con aquellas gentes que eran buenas, pacíficas y angelicales que no habían roto un plato en su vida. En el fondo, se trata de destruir con falacias, ignorancia y una buena carga de odio todo aquello que huela a cultura y tradición judeocristiana. Se trata de, en nombre de una humanidad deificada, aunque sin contar con los seres humanos, en un neo despotismo desilustrado, arrasar los valores que nos han conformado como pueblo, como cultura, como tradición, como Nación: el sentimiento de pertenencia a algo que nos supera en el espacio y el tiempo, que no es otra cosa que nuestra Historia. Una lengua que nos une más allá de nuestras fronteras. Una religión, la católica, en gran medida responsable de la extraordinaria riqueza patrimonial que jalona toda la geografía hispanoamericana y que, en el orden moral, da sentido y finalidad a nuestras vidas, en la que no caben experimentos sociales, caprichos u ocurrencias de mentes calenturientas. 

“La nación más fuerte del mundo es sin duda España…” Canciller Otto Von Bismarck.

Decía el canciller Bismarck que «la nación más fuerte del mundo es sin duda España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día que dejen de intentarlo, volverán a ser la vanguardia del mundo». Qué razón tenía. En este punto recomiendo la lectura de la saga del Capitán Alatriste de Arturo Pérez Reverte, en la que se presenta de forma descarnada una España en constante contradicción, donde, a pesar de la corrupción endémica que padece, a pesar de la decadencia política, moral y económica, y por más que la Iglesia traicione permanentemente el mensaje evangélico, los sufridos españoles de a pie, siempre se mantienen fieles a dos principios irrenunciables: Dios –la religión-, su rey y la tradición, siendo capaces de morir impávidos, sin mover un músculo salvo para repeler las acometidas del enemigo, por defender la ‘verdadera religión’ frente a luteranos, calvinistas, mahometanos o el mismísimo papado. Españoles que, a la vez, blasfeman y se encomiendan al Altísimo, gentes que sueltan un cagüental o cual y, acto seguido, cuentan el tiempo en avemarías o credos, dichos en latín, naturalmente. Y es contra ese mundo de valores judeocristianos actualizados, contra la que luchan hogaño esos adalides de la democracia, del respeto, de la igualdad, la justicia, la paz o la verdad, cuando son autoritarios, intolerantes, elitistas, no creen en la justicia, son violentos contra los que no van de su cuerda, mienten cada vez que hablan y oprimen a los oprimidos hasta la extenuación en el momento que pisan moqueta. Es lo que hay. Como consecuencia de todo esto, vuelvo a insistir en lo que decía la semana pasada desde esta misma tribuna. España, los españoles, no tenemos por qué pedir perdón a nadie, por algo que hicieron nuestros antepasados, porque es un absurdo en sí mismo, porque tendríamos que llegar al momento en el que el homo sapiens se bajó del árbol. Porque la Historia no puede contemplarse y menos analizarse desde el presente, pues caemos en errores que, cuanto menos, tenemos que considerar pueriles, incultos o muy mal intencionados. Y porque, por más que se empeñen, el mensaje de Amor que nos ofrece el Evangelio supera con creces el de cualquier otra religión y mucho menos las soflamas buenistas de la izquierda caviar.


Foto de portada: Antigua puerta de entrada a la población campogibraltareña de Tarifa, cuyo nombre recuerda a Tarik, comandante de las primeras tropas expedicionarias que asaltaron la península ibérica en 1711. Foto: PacoRomán