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Respeto para el músico

No cabe duda de que uno de los elementos más populares de la puesta en escena de una Cofradía en la calle es la música. A pesar de que es necesario tener especialmente claro que lo más importante de una Hermandad cuando realiza estación de penitencia no es ni lo que va debajo de los pasos -los costaleros-, ni lo que va tras ellos -los músicos-, sino la imagen sagrada que estos portan, y la tarea evangelizadora que, por ende, posee la Semana Santa, no es menos cierto que en la parte más folclórica de esta celebración religiosa la música ocupa un papel digno de reseñar. Sería de necios negar que en la actualidad tanto la parte espiritual como la del folclore conviven, y que aunque alguno se empeñe en negar la primera para dirigir la mirada exclusivamente hacia la segunda vertiente -bandas, bordados, costaleros o cargadores…-, ambas son las dos caras de una de las fiestas populares más arraigadas de la cultura de nuestra tierra.

He de reconocer que, tal y como he afirmado en varias ocasiones, soy un enamorado de la música cofrade. Eso sí, sin perder la perspectiva de la esencia de la Semana Santa, en la que el papel de la música es absolutamente secundario subordinado al católico propósito de llevar el mensaje de Jesús al pueblo. Durante varios años llevo tratando con muchos amigos de aquí y de allá que pertenecen a distintas formaciones, además de estar al tanto de diversas noticias vinculadas al microclima de las bandas de Semana Santa. Todo ello, a pesar de que he de decir abiertamente que jamás he pertenecido a ninguna banda además de no poseer una formación musical que pudiera calificarse ni siquiera como básica, me permite tener una idea meridianamente bien formada de cómo funciona este mundillo.

La figura del músico, que tal y como he dicho debe permanecer en un plano de importancia secundario, en demasiadas ocasiones cobra excesiva relevancia. Nos es habitual comprobar cómo cuando alguna banda de postín acompaña a cualquier imagen sagrada, la legión de cámaras se sitúa en la trasera del paso no para capturar su caminar, sino para darle la espalda al Titular de turno y enfocar a unos señores soplando unos instrumentos. El mundo al reves: es de locos. Por otra parte, está uno habituado a escuchar o leer aquello de «respeto para el músico», una sentencia que puede tomar varios caminos, todos ellos plagados de razón. Se utiliza esa expresión para cuando, por ejemplo, la formación está en la calle exigirle al público asistente que no cruce por en medio de las filas de músicos, cosa totalmente lógica, puesto que puede causar incluso lesiones que impidan al componente tocar más durante esa Semana Santa, por cualquier choque. Esto sucede en demasiadas ocasiones, y es consecuencia de la grave degeneración de un público más centrado en buscar espectáculo que en respetar todo lo que tiene alrededor. También es utilizada por parte de las directivas de turno de las bandas para exigirle un caché determinado a alguna Hermandad interesada en contratarles. Cuestión más discutible, puesto que entran en juego demasiados factores como para emitir una única opinión.

Hoy, después de todo este preámbulo que quizá se ha excedido en tamaño. me gustaría realizar una lectura más global de aquello de «respeto para el músico», dirigiéndolo en tres vertientes bien diferenciadas, relacionadas con los agentes que han de mostrar ese respeto. En primer lugar, y directamente relacionado con lo anterior, me gustaría subrayar la importancia de que una Hermandad valore en la justa medida la labor de una banda durante todo un año, en la que se preparan para ofrecer el mejor nivel musical posible. Sin entrar en el tema de los cachés -que daría para otro artículo y está sujeto a demasiados factores, principalmente el de la ley de la oferta y la demanda-, creo que conviene resaltar lo positivo que es que una Cofradía posibilite todas las condiciones que estén en su poder para que el músico se sienta cómodo y también pueda disfrutar de la salida procesional correspondiente. El buen trato personal es indispensable para estas situaciones, ojo, siempre que se establezca en ambas direcciones, que hay de todo en la viña del Señor… Cuando dos corporaciones -una banda y una Hermandad- conectan entre sí a través de una contratación, resulta indudable que se establecen relaciones interpersonales entre ambas partes, las cuales, en caso de resultar positivas, pueden permitir que esta vinculación se prolongue en el tiempo. La Hermandad disfruta de la banda en la calle, incluso en conciertos, y los músicos de la formación disfruta haciendo música tras el paso de turno. Para conseguir esta simbiosis, es necesario mucho esfuerzo y flexibilidad por ambas partes, no cabe duda. En otro orden de cosas, con respecto al cuidado del músico, no hay que esquivar el tema del número de marchas a interpretar. La Cofradía ha de ser responsable con el número de horas que está en la calle. Al igual que existe, cuando las circunstancias lo permiten, más de una cuadrilla de costaleros -aparte queda la callada y encomiable labor del nazareno, tan poco reconocida hoy en día-, los músicos también necesitan descansar. Ni ha de ser obligatorio, ni en realidad es necesario ni efectivo tocar marcha todas las chicotás. Primero porque, salvo contadas excepciones, casi todas las Cofradías poseen puntos del recorrido en las que caminan prácticamente solas por la calle -especialmente aquellas con recorridos de larga duración-, y después porque el músico se desgasta conforme pasan las horas en una estación de penitencia. Si el complicado objetivo es que la banda suene igual de bien en la salida que en la recogida, se me antoja necesario gestionar a los músicos de forma lógica y consecuente. No hay que olvidar que cuando una Hermandad se convierte en Cofradía procesionando por las calles, ha de cuidar al máximo todo su patrimonio tanto cultural como humano, y dentro de este segundo, también hay que contar con los músicos que acompañan a la imagen Titular.

Sin embargo, una vez expuesto el que en mi opinión debería ser el respeto de una Hermandad hacia una banda, las propias formaciones musicales no deben ser ajenas a este respeto que ellas, con razón, exigen. He aquí, quizá, el punto más crítico de todo este artículo de opinión. Las directivas de las bandas, al igual que las Juntas de Gobierno de una Hermandad, también han de respetar y cuidar al músico de su propia formación. Todos los componentes de cualquier banda ensayan la mayoría de meses del año, incluso hay algunas que no cesan sus ensayos preparatorios en ningún momento. Esa labor del músico de forma individual, casi nunca remunerada en su justa medida, exige al directivo de banda una responabilidad para con él. Lo digo sin paños calientes: ¿un músico ensaya haga frío, calor, llueva o ventee los 365 días del año, para que luego en Semana Santa su directiva priorice los contratos en función de factores como la cercanía, el mínimo de horas, o el presupuesto? Evidentemente, todo dentro de unos límites, lo más importante es que el músico se sienta feliz y disfrute la Semana Santa de la mejor forma posible. Sin entrar en el tema del presupuesto, ya que cada banda es libre de valorar su trabajo en su justa medida, sigo sin entender por qué se le da prioridad a una variable como la cercanía o el mínimo de horas a la hora de escoger un contrato u otro. Quien se mete a una banda de Semana Santa, de cualquiera de los estilos, en su mayoría -no siempre- es porque disfruta de las Hermandades. Cada uno tiene sus gustos con respecto a Cofradías, y seguro que los músicos también, y considero que su opinión, en general, se debería tener muy en cuenta a la hora de llevar la banda a un sitio u otro. Lo que sí tengo más que seguro, es que el músico de a pie prefiere acompañar a una Hermandad con la que disfrute en la calle, sin importar el número de horas o la distancia. Es más, me atrevería a decir que un músico prefiere tocar siete horas a tres, aunque el caché de ambos contratos sea similar o incluso ligeramente inferior en el caso del de más horas. Resulta demasiado habitual encontrarse con respuestas como «es que está muy lejos y son muchas horas», o «es que en tal sitio nos pagan igual por menos horas». Es una situación que, además de no comprender ni desde mi punto de vista, ni desde el músico de a pie, me apena. Es triste que las Hermandades que han de realizar más recorrido por motivos de logística se vean tan sumamente perjudicadas en favor de aquellas otras que, por cercanía, tienen un itinerario más limitado. No cabe duda de que quizá los presupuestos deban cambiar ligeramente en función de las horas. Ahora, de ahí a sacar la rígida calculadora y ofrecer presupuestos inamovibles a razón de las horas en la calle, me parece un error. Ojo, lo respeto como no podría ser de otra manera, puesto que cada uno es libre de pedir lo que quiera y por el motivo que quiera, pero no puedo compartirlo. Y creo que los músicos de a pie preferirían darle prioridad a aspectos más relacionados con la Hermandad en cuestión que a la vertiente logística -horario, distancia- de la correspondiente procesión. No hay que olvidar que Semana Santa es, solamente, siete días al año, y estoy convencido de que a los componentes poco les importa ir aquí o allá, dos o tres horas más o menos respecto a otro lugar. La cuestión es disfrutar de la pasión por la Semana Santa de mano de la música. No es coherente, en mi opinión, que un directivo se afane en exigir unas condiciones determinadas -pulcritud en los horarios o número máximo de marchas a interpretar, por ejemplo- en las que prima la flexibilidad extrema para con la banda buscando, lógicamente, la comodidad de sus músicos en una procesión, si luego no se preocupa por sus componentes en el sentido de priorizar la búsqueda de Cofradías en las que lo más importante sea si disfrute y no el mínimo de horas lo más cercano posible a la ciudad de origen de la banda. El músico quiere disfrutar al máximo de la Semana Santa en la forma en la que lo ha elegido: tocando un instrumento tras un paso el mayor tiempo posible -dentro de unos límites, claro está-.

Por otra parte, y sin dejar de poner el foco sobre las propias bandas, es necesario aclarar o matizar algunas cuestiones. Decía Groucho Marx aquella mítica frase de «estos son mis principios… si no le gustan, tengo otros», y algo así sucede en este mundillo tan hipócrita como lo es el de la Semana Santa, y también, como no podía ser de otra manera, en el de las propias bandas. Es un asunto que alguna vez anterior ya he mencionado. Las reglas del juego, explicadas anteriormente a grandes rasgos, cambian dependiendo del lugar de procedencia. Es decir, si cuando se trata de Hermandades de pueblo se busca tocar las menos horas posibles lo más cerca de casa, cuando estamos ante una Cofradía de capital parece que factores como la lejanía o el número de horas pasan a un segundo o tercer plano. Lo que en unos casos es un obstáculo que dificulta y encarece el posible acuerdo, en otros son factores que suponen un reto que añade más interés al compromiso-desafío de la banda. Sucede en la mayoría de casos, en los que se piden cantidades irrisorias para Cofradías de lugares importantes pero en cambio los presupuestos se encarecen de sobremanera en puntos de la geografía más discretos. Aunque hay que decir que aún existen algunas bandas -pocas- que mantienen un mínimo de decencia y coherencia a la hora de ofrecer presupuestos sin mirar la denominación de origen. Sin adentrarme de lleno en la cuestión, sí que quiero reseñar que termina pagando más la Hermandad que puede pagar menos -las de pueblo-, y pagando menos la Hermandad capacitada para pagar más -las de capitales-, puesto que las formaciones musicales rebajan sus cachés con tal de exhibirse en capitales de provincia tras cualquier paso. Especialmente, en las más populares. Otra cuestión necesaria de ser subrayada está, de nuevo, relacionada con la hipocresía. Me consta que, afortunadamente, algunas bandas sí que tienen en cuenta la opinión de sus músicos a la hora de elegir uno u otro contrato. Suelen ser las bandas más humildes, o menos mediáticas, por utilizar una expresión más adecuada a la realidad. Resulta triste que, en ocasiones, esta cercanía en el trato de algunos directivos se tome de forma equivocada, llegando a producirse situaciones en las que los componentes incluso amenazan con abandonar la banda en caso de no atenderse sus «demandas». Cosa que no sucede en otras formaciones musicales de más relumbrón, en las que o bien el músico acata lo que la directiva dispone, o se le enseña la puerta de salida, a sabiendas de que incluso llega a haber lista de espera para ingresar en las filas de la banda.

Finalmente, la tercera de las vertientes que quiero abordar es la que concierne a los órganos municipales. Los respectivos ayuntamientos también han de saber valorar en su justa medida la magnífica labor cultural que realizan las bandas de música de su ciudad. Se ofrece una formación a la juventud que no solo se centra en aprender lenguaje musical, sino que también se aprenden valores como el valor del esfuerzo y la constancia, la solidaridad o el trabajo cooperativo. En líneas generales, las corporaciones municipales no son justas con esta labor. Pocas son las que ofrecen un local en condiciones para poder ensayar con unos mínimos de seguridad y comodidad o las que ante la denuncia de un vecino se ponen del lado de la cultura. Menos, las que ofrecen algún tipo de subvención a estas bandas para poder desarrollar su labor con garantías, incluso son habituales los casos en que las bandas municipales han de desvincularse del ayuntamiento por no recibir ningún tipo de apoyo. Todo muy triste, teniendo en cuenta el enriquecimiento cultural que la existencia de una banda en condiciones supone para cualquier pueblo o ciudad de nuestra tierra, tanto a nivel de eventos durante el año, como en el caso concreto de Semana Santa, convirtiendo la celebración religiosa en un deleite para los sentidos, también para el oído.

En resumidas cuentas, y una vez realizado este enfoque global de la cuestión del respeto hacia el músico en las tres dimensiones que he propuesto -Hermandades, instituciones municipales y directivas de las propias bandas-, quiero destacar que el músico, antes que músico es persona, y ha de ser tratado como tal. No como un ejecutor, ni por parte de los dirigentes de la propia banda en el sentido de tocar en el lugar más cómodo posible buscando la máxima rentabilidad económica -mayor dinero a menos horas-, ni por parte de las Cofradías en cuanto a tocar el máximo de marchas sin tener en cuenta aspectos como el cansancio o la propia calidad musical durante toda la procesión, derivado del anterior. Así como tampoco por parte de los gobiernos municipales sin ofrecerles las condiciones mínimas necesarias para llevar a cabo su labor. Nada de eso, el componente de banda es una persona, con sus sentimientos y circunstancias personales que, en ocasiones, se vencen para darle importancia a la banda por encima de ellas. Todos estos valores humanos deberían ser tenidos en cuenta por todos los agentes anteriormente mencionados, y no me cabe duda de que los proyectos saldrán adelante con garantías. Todos los participantes de una salida procesional de cualquier Cofradía, incluidos los músicos, son importantes en la labor evangelizadora con la que surgieron las Hermandades en sus inicios. El cuidado de cada uno de los elementos, por parte de quien corresponda, es una labor tan complicada como necesaria de gestionar eficazamente. Los músicos no son una excepción. Respeto para ellos.