Córdoba, 💚 El Rincón de la Memoria

Ricardo Anaya, el «pregonero gráfico» de la Semana Santa de Córdoba

Si repasásemos la historia de la Semana Santa de Córdoba de la segunda mitad del siglo XX, probablemente muchos coincidiríamos a la hora de seleccionar nombres cuya influencia decisiva determinó en gran medida el origen de la fisionomía actual de nuestras hermandades y cofradías. Imagineros, orfebres, hermanos mayores, diseñadores, priostes, capataces… Figuras esenciales que forman parte de la memoria colectiva de la Córdoba cofrade y sin cuya existencia nada sería hoy como es, en la medida en que influyeron decisivamente en la concreción de una manera de entender la Semana Santa, en una estética que triunfó entre el pueblo de Córdoba y logró potenciar una manifestación que a partir de su presencia comenzó a convertirse en masiva.

Una de estas figuras insustituibles, uno de estos personajes irremediablemente ligados a la historia de nuestras cofradías, es Ricardo Anaya, a quien la añorada revista Patio Cordobés catalogaba, en su número de 1974 como el «pregonero gráfico» de nuestra Semana Santa. En aquel número, José Luis Sánchez Garrido realizaba una entrevista al mítico pintor que ilustrase, en virtud de la magia de su trazo, prácticamente en exclusiva, la Semana Santa de Córdoba de los años 50, 60 y primera mitad de los 70, hasta que la fotografía ganó terreno definitivamente para guardar en el cajón de la memoria aquellos legendarios carteles de Ricardo Anaya que anunciaban con ese estilo que ahora algunos pretenden haber descubierto, de una manera muy particular la Semana Santa de la ciudad de San Rafael. 

En el recuerdo permanecen inolvidables carteles como el del año 1953 protagonizado por los impecables nazarenos del sobrio y elegante cortejo negro de las Angustias, y al fondo, el conjunto escultórico único que tallase el inmortal Juan de Mesa bajo palio, o el cartel de 1959 con la torre de la Santa Iglesia Catedral en el skyline de una ciudad que estaba floreciendo y modernizándose entre las manos de sus cordobeses, o el de 1960, rememorando al famoso Cristo de San Juan de la Cruz de Salvador Dalí -pintado solo nueve años antes-, o el mítico cartel de 1971 del Nazareno de la paz con un cirio en cada mano con los brazos en cruz que acompañó el devenir de la Paloma de Capuchinos durante todo el recorrido, el año anterior, en cumplimiento de una promesa, causando una auténtica conmoción en la ciudad.

Pintor de personalismo estilo, «dentro de las líneas clásicas», como el mismo afirmaba en aquella entrevista, Ricardo Anaya consideraba que «de los pintores clásicos siempre se aprende algo bueno y que la pintura abstracta es muy cómoda, pero carente, en ocasiones, de un arte verdadero, sí bien aseguraba que no quería con ello «menospreciar a nadie, pues todos los que luchan por el arte profesionalmente merecen mi máximo respeto». Aficionado a la pintura desde su niñez. estudiante seis años en la Escuela de Artes y Oficios de Córdoba y, más tarde, en la Escuela Superior de Bellas Artes en Madrid, Anaya siempre consideró el color algo esencial en sus carteles, obras dotadas siempre de una expresividad fuera de duda y con los que profundizó en un estilo extendido por toda la geografía nacional en aquella época.

Su primer cartel fue el de 1949. Por aquel entonces era presidente de la Agrupación de Cofradías Fernando Fernández de Córdova y Martel. Aquel cartel tenía como fondo una panorámica de Córdoba, el Puente Romano, la Calahorra y La Catedral y sobre una gran cruz, el rostro de Cristo. Un cartel que algunos defensores de determinado estilo de cartelería denominaría rompedor e innovador y que Ricardo Anaya regaló al pueblo de Córdoba nada menos que en 1949, evidenciando que todo está inventado en el mundo de la cartelería, por más que se empeñen los que se creen con el derecho de repartir carnets de artista, menospreciando el arte de quienes no les bailan el agua y endiosando hasta el infinito a sus amigos y adoradores.

1963 fue el año en el que Ricardo Anaya realizó el cartel del que, en sus propias palabras, se sentía más orgulloso. Un cartel protagonizado por el Cristo de los Faroles, presente en otros muchos de sus carteles, de una manera u otra. Un cartel que representaba al Crucificado de la Plaza de Capuchinos emblema de la ciudad de Córdoba, por más que algunos se lo hayan querido apropiar en los últimos tiempos, a cuyas plantas aparecía una negra mantilla, un rosario y unos claveles rojos. Anaya afirmaba en aquella entrevista preferir «sin duda alguna el cartel pintado frente a la fotografía». «Y no opino así por particular egoísmo» subrayaba el artista, «es que creo firmemente que la misión de un cartel es causar el mayor impacto posible, cosa que se logra con un buen dibujo y un color radiante». «El cartel pintado encierra, además, mucha más fuerza publicitaria», concluía el genial artista. Nada más que añadir.

Pese a su indiscutible identificación con la Semana Santa cordobesa, su arte no se circunscribió en exclusiva a la ciudad de Córdoba, sino que se repartió por ciudades como Montoro, Puente Genil, Lucena, Priego de Córdoba, Ávila, Lorca, Murcia, Cádiz, Sevilla, Arenas de San Pedro, Algeciras, Almería y Toledo. Sin embargo el nombre de Ricardo Anaya se haya ligado indisolublemente a la Semana Santa de Córdoba. Tal y como decía José Luis Sánchez Garrido, para culminar aquella entrevista: «ahí están sus carteles, los rincones más típicos, las imágenes más veneradas de nuestra ciudad han sido acertadamente captados. No en balde, algunos ilustres pregoneros de la Semana Santa le llamaron «pregonero gráfico de nuestras cofradías» y concretamente Montero Galvache dijo que Córdoba ha procesionado sus devociones bajo la policromía de los carteles de Anaya». Llevaba razón en 1974 y la sigue llevando hoy.

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