A raíz del anuncio de la creación de un grupo de devotos en torno al Santísimo Cristo de los Desamparados y María Santísima de la Salud, las dos maravillosas imágenes que habitan en el Convento del Santo Ángel de Sevilla y que nacieron de la gubia de dos de los artistas más importantes de todos los tiempos, Juan Martínez Montañés y Juan de Astorga respectivamente, aunque en el caso de la dolorosa, se trata de una atribución, si bien es cierto que bastante fidedigna, se han multiplicado en las últimas horas las especulaciones en torno a un grupo que, de momento nace más como una pretensión de la comunidad carmelita de dar cauce al culto al imponente crucificado montañesino que a una pretensión de que termine derivando en la creación de una cofradía penitencial.
Lo cierto es que en los últimos meses la imagen del cristo perece haber despertado un interés inusitado alrededor de una imagen que «siempre ha estado ahí» y que muchos parecen haber descubierto a resultas de la salida procesional protagonizada el pasado mes de junio, que concitó el interés de buena parte del universo cofrade, con especial énfasis en la ciudad de Sevilla y los miles de visitantes que se dieron cita en la histórica jornada en que el crucificado se puso en la calle con motivo del 400 aniversario de su bendición.
De momento todo son incógnitas más allá de la creación del citado grupo. Lo que deparé el futuro, probablemente lo desconozcan en estos momentos incluso sus promotores quienes, según apuntan determinadas fuentes pretenden evaluar el caudal devocional generado en torno a la imagen para determinar diversas posibilidades con vistas al futuro. Un futuro por el que de momento, no parece pasar la salida procesional el año próximo, si bien todas las opciones pasan por ser meras especulaciones, por mucha apariencia de certeza que se quiera dar al respecto en función de la cabecera del medio de que se trate. Mientras tanto, en el regusto cofrade de la Sevilla más profunda y esencial, permanece la fragancia que dejó su paso por el centro de la capital hispalense. Un caminar elegante del paso de San Bernardo, en el que fue entronizado el Cristo de Montañés, al compás insustituible de la Oliva de Salteras, que embelesó y enamoró el paladar más exigente. Un despertar que quién sabe si podrá materializar una futura cofradía en torno a una imagen espectacular que muchos afirmaron que era un crimen que no saliera a la calle cada año camino de la Santa Iglesia Catedral. Veremos si aquel clamor, termina convirtiéndose en realidad.




