En junio el aire brota distinto. La melancolía de la última brisa de la primavera es un beso para los sentidos. Una de las calles donde el sevillano le gusta pasear es Rioja, la razón está dentro de cada uno, mientras el motivo es el incienso de la esquina de Tetuán.
Esta tarde de junio los sevillanos volvieron a pasear por Rioja, no para pasar, sino para quedarse. Para reencontrarse con el incienso y la Sevilla antigua de Rafael Montesinos viendo salir al Valle del Santo Ángel. Eran las seis de la tarde y empezó a salir el cortejo de la procesión extraordinaria del Cristo de los Desamparados. Hermanos del Carmen con luces y pendones de distintas hermandades; Macarena, Estrella, Gitanos, Lanzada, San Bernardo. Todas estaban allí por un motivo.
Cuando el cortejo no lograba ocupar toda la calle Rioja se hizo el silencio. Altos faroles de guardabrisas con aires toreros salían por el dintel y tras ellos la imagen del Cristo de los Desamparados que talló el maestro Martínez Montañés hace cuatrocientos años. La Banda de la Oliva interpretó el Himno Nacional y a continuación Ione. Una marcha que fue el preludio de las grandes interpretaciones que prestó la formación de Salteras.
El paso siguió su recorrido. Elegantísimo, brillante, hermosísimo. Muchos cofrades coincidían que era una cierto ver a la talla de Montañés sobre el paso del Cristo de la Salud de San Bernardo. El público lo acompañó desde las primeras horas del recorrido. En Campana el sol brilló con todo su fulgor. Un momento que quedó retratado por las instantáneas de los numerosos fotógrafos que se arremolinaron delante del paso.
El andar mimoso y elegante de los costaleros de San Bernardo sirvieron para crecer la gallardía del Crucificado. La imagen entraba en Sierpes a sones de Jesús de las Penas. En la sombra de estas calles estaba la nostalgia de la ciudad que siempre buscamos y en días como ayer la encontramos. Sonaba Marcha Fúnebre a Nuestro Padre Jesús de la Pasión en la revirá de Cerrajería a Cuna. Cada palmo que ganaba el paso era un regalo para los sentidos.
A medida que iban pasando las horas y bajando las temperaturas había más público en torno al paso. En la Plaza Nueva empezaba a anochecer y un azul intenso y mágico inundaba un escenario cuyo marco era la arboleda. Los vencejos cortaban el aire y su aleteo era el de los corazones de muchos cofrades que veían acercarse al Cristo con la marcha Virgen del Valle.
Con las estrellas en el cielo de Sevilla el cortejo ocupaba Méndez Núñez y antes de las once el Cristo de los Desamparados se encontraba en la Plaza de la Magdalena. La entrada se realizó a las 23.18h., más de diez minutos antes de la hora programada. La reja que protege el porche del Santo Ángel se cerraron y desde allí numerosas personas contemplaron al Crucificado que ya descansaba en el presbiterio.
Sevilla volvió a regalar una tarde extraordinaria, como la procesión. Una de aquellas en las que la ciudad te conquista en un instante. Aparte de belleza, la procesión dejó abierto un debate. La inclusión de una banda de música tras un paso de Cristo. Las opiniones son varias. Sin duda, el paso del Cristo de los Desamparados dejó claro que su acompañamiento fue el ideal.





