La vara del pertiguero, 💙 Opinión

Semillas de conversión

En pocas semanas hemos sido testigos de un reguero de procesiones extraordinarias, cultos internos y demás actos devocionales sin precedentes. La «primavera cofrade» está en plena germinación, no cabe duda. Sin embargo, persiste el problema interno de la gran mayoría de las cofradías: la inactividad cotidiana de los hermanos. Las calles se llenan, las iglesias parecen estar más concurridas, los ánimos festivos aumentan entre marchas y chicotás…, pero las casas de hermandad siguen siendo frecuentadas por los mismos de siempre.

Algunos pensarán, fuera del mundillo cofradiero, que las hermandades están vacías, pero evidentemente no es así. Número arriba, número abajo, el total de la nómina de hermanos es bueno en la mayoría de los casos. Por tanto, no estamos ante un problema de cantidades. Tampoco sería justo hablar de un problema de calidad, pues entraríamos en el pantanoso terreno del enjuiciamiento y contravendríamos las propias palabras de Jesús: «No juzguéis, y no seréis juzgados» (Lc 6,37a). Más bien nos enfrentamos a un asunto de ocupación.

En efecto, la sociedad actual vive inmersa en una vorágine de deberes y obligaciones que le impide ocuparse de nuevos menesteres. El ser humano apenas puede dedicarse tiempo a sí mismo, y el poco tiempo del que dispone lo invierte en otros ámbitos de su vida que le brindan menos estrés. Estos son los problemas típicos de la turbotemporalidad, muy bien analizada por el filósofo cordobés José Carlos Ruiz (2019). La antigua coletilla de que «hay tiempo para todo» parece no casar con la realidad que nos rodea.

No obstante, hay personas dentro de las cofradías que lo tienen para idear, montar y desmontar altares, preparar los cultos externos e internos, atender las labores administrativas y a los hermanos… ¿Esas personas no sufren de ese mal turbotemporal? ¿Acaso su situación es distinta a la del común de los mortales? Todo lo contrario. Estos hermanos se sacrifican literalmente por mantener la cofradía en pie. Son aquellos que sobrellevan entre bambalinas el peso de todas esas cosas que se hacen durante el año y que solo se aprecian fugazmente en un altar, en un paso o en un cortejo de nazarenos. Son en verdad los héroes que nos permiten disfrutar de lo nuestro cada año, sin mayor reconocimiento que aquel que da el Padre que ve en lo oculto (Mt 6,6).

Si retornamos al título del artículo, diréis acertadamente que poco tiene que ver hasta ahora con lo que he escrito. En verdad, el tema late en el interior de cada línea. Cuando hablamos de conversión pensamos en cambiar hábitos concernientes al terreno moral. Sin embargo, dicha transformación debería extenderse a toda nuestra realidad y a toda nuestra existencia. Como dice el teólogo González-Carvajal (1996), para el cristiano «todo es profano, y a la vez, todo es sagrado» (p. 187), de modo que la conversión se entiende como un renacimiento personal (quizás incluso como una mini-revelación) que te lleva a tomar una nueva postura vital.

En cuanto a lo cofrade, esa conversión tendría que conducirnos a un cambio de actitud con respecto a nuestras cofradías. Muchas veces se nos olvida que, al solicitar nuestro ingreso como hermanos, también aceptamos las responsabilidades establecidas en sus reglas. En resumidas cuentas, todas pueden sintetizarse en el siguiente principio: ayudar a la hermandad en lo que necesite. Y he aquí la cuestión central: ¿Realmente cumplimos con esto? ¿No somos acaso incoherentes con nosotros mismos y caemos en una hipocresía consensuada?

Hablaba antes de las múltiples ocupaciones que tenemos, y tal vez eso justifique un poco la situación actual. Sin embargo, teniendo en cuenta que el número de hermanos se contabiliza por cientos y que, en la práctica real, solo unos cinco o diez acuden habitualmente a ayudar, cabe pensar que existe algo más que un problema de tiempo. En cualquier caso, es una asignatura pendiente y muy grave que deberíamos meditar convenientemente.

Seamos sinceros, sin manos, las hermandades no irán a ningún lado. Es más, el pronóstico ante tal panorama se perfila como nefasto. Utilizando un símil muy manido, las cofradías son como pequeñas fogatas cuidadas por sus hermanos. Si son muchos, el fuego se mantendrá estable. Si son pocos, al final unos se cansarán de cuidarlo, otros no podrán estar lo suficientemente pendientes y la llama acabará vacilando hasta apagarse. Solo entonces, cuando no haya nadie que se preocupe y solo queden las cenizas, echaremos de menos esto que ahora disfrutamos.

Y ¿dónde están las semillas de conversión?, os preguntaréis al llegar a este punto. Bien, realmente todo acto cofrade-religioso es en sí mismo una semilla que espera germinar. No obstante, el fin principal de este artículo no es proponer ni aquellas ni otras nuevas, sino invitar a la reflexión individual y preguntar lo siguiente ¿Qué hacemos para revitalizar fraternalmente nuestras hermandades?

Cada respuesta es bienvenida y, si además es llevada a la práctica, bendita sea. Al hilo de esto, quiero terminar con una última sugerencia para el lector. Ve a tu casa de hermandad, aunque solo sea un rato, y aprovecha ese momento para conocer a tus hermanos. Si no, ponte en contacto con ellos, ya sea por whatsapp o por correo electrónico, e interésate un poco más por lo tuyo. Ese paso, aunque pequeño, constituye un avance para solventar este problema tan preocupante. Asimismo, abramos, en el caso de que estén cerradas, las puertas de nuestras casas de hermandad para que todos puedan entrar y formen parte de nuestra comunidad. Es una obligación inexcusable y necesaria. En definitiva, busquemos ser hermandad, como la de los primeros cristianos, como la que pregona el Evangelio. Así, de ese esfuerzo surgirán otras semillas que producirán nuevas conversiones y traerán horizontes prometedores para nuestra Semana Santa y nuestra sociedad.


González-Carvajal Santabárbara, L. (1996). Esta es nuestra fe: Teología para universitarios (13.a). Santander: Sal Terrae.

Ruiz, J. C. (2019). El arte de pensar: Cómo los grandes filósofos pueden estimular nuestro pensamiento crítico (6.a). Córdoba: Berenice.

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