Sendero de Sueños | Un pregón de ensueño

Es domingo. Corriendo fui hacia la ventana, abriendo los brazos a un nuevo día. De repente, me di cuenta de que no era un día cualquiera. Era Domingo de Pasión. Domingo de Pregón en mi bendita ciudad. El sol, tímidamente entraba entre las cortinas de mi habitación, invitándome a dar ese salto de la cama y empezar a acicalarme para dirigir mis pasos hacia el Gran Teatro.

Muchos rostros conocidos, amigos. Nuestras miradas de ilusión. ¡Tan sólo queda una semana! Siete días restan tras este mes de marzo atípico que se nos ha hecho «más largo que un día sin pan». Pero ya no queda nada. Sólo ultimar los más pequeños detalles y… ¡a disfrutar!

Cada uno colocado en su sitio y tras el mini concierto impuesto, apareció alguien tras el atril. Y comenzó a decir lo hermosa y mariana que es Córdoba en esta época. Comentó lo guapa y sultana que se ve vestida de primavera, cuando la luz de la más grande estrella le da en su cara. Y del agradable sonido del cantar de los pájaros en cualquier parque.

Y habló de la algarabía de los niños, con ropa y zapatos nuevos, a las puertas de San Lorenzo esperando impacientes (bendita impaciencia) a que saliera Jesús montado en la Borriquita. Y siguió con la estampa del Sol en la calle Agustín Moreno a salida «del Moreno de Santiago», con el roneo más flamenco de la más bella gitana cordobesa y que habita en San Andrés. Y la elegancia de la Hermandad del Huerto, Rescatado o de la Vera Cruz cruzando el Guadalquivir, ese bendito río que une Andalucía. Ese puente que cruza también la Madre de todas las madres. El primer sagrario. La morena de ojos verdes que llevó en su vientre a Jesús. Silencio para un amor desmedido.

Y relató el esfuerzo de hermandades como Estrella y Merced, de como dos barrios se quedan solos para acompañar a sus titulares. Y del silencio al paso del Señor de la larga melena que habita en San Lorenzo. Ese Señor que de niños nos asusta y de mayores buscamos para rezarle. O el recogimiento al paso del Señor del Vía Crucis, momento de reflexión y de rezo.

Por no hablar del mar salesiano, que cada año se consolida como una hermandad que da gloria ver. Dónde generaciones enteras visten de azul inmaculado. Donde abuelos llevan a sus nietos de la mano y miran orgullosos como la semilla sigue creciendo en sus hogares. O del falserío de Pilatos al lavarse las manos en Capuchinos, a pesar de las palabras de su mujer. Y recordó a Fray Ricardo, ¡cuánto te echamos de menos! ¡Cuántas cosas se quedaron en tu tintero! Y habló de la Agonía, de cómo llegan al barrio los niños al lado de su Señor y su Virgen. Y como se le espera tras más de dos semanas sin Ellos. Y habló de los abuelos en la puerta de la residencia de la Trinidad esperando al señor de la Santa Faz, cuya mano extendida parece que les acaricia su sien blanca de experiencia y los consuela. O de la admiración al paso de la imagen del Santísimo Cristo de la hermandad universitaria y de la belleza de la Virgen de la Presentación, la que tantos años escuchó sevillanas a sus pies en San Pedro de Alcántara.

Y para sorpresa de todos nos llevó de la mano desde el corazón más profundo de Córdoba, su Judería, y la plaza de Capuchinos, hasta las marismas de Huelva. Con olor a romero y lentisco nos susurró los nombres de Rocío y Lágrimas y Paz y Esperanza. Y es que la noche del Miércoles Santo tiene aire de campanitas y alegría, cuando despacio se aleja la Virgen María y se mecen las bambalinas. Y se fue a San Pedro. Y nos hizo vivir la impresionante salida y el transcurrir de la Hermandad de La Misericordia, señera donde las hayas y es que es un gusto verla en cualquier calle, sobre todo de regreso, cuando la noche abraza a la ciudad de San Rafael. Y de nuevo atravesó Córdoba y se fue a un barrio castizo. Allí, hasta las gitanillas se vuelven para contemplar a la más hermosa flor del barrio. Esa que lleva el nombre más bonito, Amor. Ese amor que se transmite de madres a hijos. Y más, ¡las cofrades!, qué jartibles somos un rato. Pero no me digan que no es bonito que tu madre te siga planchando la túnica y te vista ese día que parece el Día de Reyes. Díganme que no es bonito que te bese y te diga: ¡buena estación de penitencia, hijo mío! Y a tu regreso te haya dejado una buena tortilla y torrijas, ¡qué ya es Jueves Santo y es vigilía! Y tú sonríes, pensado en todo lo bueno que te ha dejado, tu fe. Y se fue de nuevo a San Lorenzo, a ver salir a Señor del Calvario. El contrapunto perfecto para este Miércoles Santo. Y habló de su cara amoratada, ¡Señor mío!, y de su historia en la ciudad. Y para finalizar habló de como uno de los barrios más pobres y con mayor tasa de abandono escolar es capaz de llegar a la Santa Iglesia Catedral. Sí, llegó la Hermandad de Palmeras. Y lo hicieron por derecho, ganándose el cariño de toda una ciudad que la esperaba impaciente.

Y llegó al Jueves Santo. Y habló de como el Sol en este día salió por Poniente. Jesús instituyendo la Eucaristía. Y como su Madre, Esperanza del Valle, hace que veamos a las nuestras en su bella mirada. Y de cómo nos gustaría ayudar a Jesús en su caída o al Nazareno a llevar su cruz, o de como arrodillarnos ante el Señor de la Caridad o el Cristo de Gracia. O Y volvió a hablar de la ternura y el amor de las madres, al recordar a la Virgen de las Angustias, ¿qué madre no acunaría a su hijo? ¿Qué madre no se ve reflejada en su dolor? Una madre cuyo hijo se haya desviado del buen camino, cayendo en el mundo de las drogas o el juego. 

Y el día del negro luto llegó a la ciudad en las que unos pocos días antes todo era luz. Y lo hizo en San Pablo donde expira el Hijo de Dios mirando al cielo, al igual que su Madre, quién con el corazón atravesado sale en su busca desde la encalada plaza de Capuchinos. Y se detiene en el Campo de la Verdad, donde con el mayor de los mimos lo descienden de la cruz que han hallado en el barrio de Electromecánicas. Y ante la Soledad franciscana de María a los pies de ese madero, ha encontrado la máxima expresión de Estación de Penitencia acompañando al Santo Sepulcro.

Y todo vuelve a cobrar sentido cuando narra la vuelta a la alegría reinante en Santa Marina. Pues donde todo acaba, todo vuelve a empezar. Y nadie está triste, pues todo se cumplió otro año más. 

Y sonó el despertador… Era otro domingo más de pregón, donde el que ocupó el atril no supo transmitir lo que para un cofrade significa esta semana, la más maravillosa del año.