Serruchazos, pasos atrás y costeros sin control

Estuve tentado a comenzar el artículo de hoy diciendo que me la jugaba al desarrollarlo, pero mi condición de creyente y amante de la solemne celebración de la Semana Santa me hizo darme cuenta que en realidad el riesgo radicaba en hacer oídos sordos a lo que resuena en ellos cada año.

La persona que haya podido leer alguno de los artículos que preceden a éste, habrá podido comprobar la crítica constante que hago -y haré- de todo aquello que trata de convertir la Semana Santa en algo pueril o que sencillamente busca medir quien la tiene más larga a la hora de demostrar por las calles el esperpento cofrade que muchas hermandades desencadenan con sus actitudes.

Hoy, denuncio una vez más el andar de algunos pasos, y en concreto misterios que confunden de lleno lo que debe hacerles salir a la calle -porque lo que les hace salir a la calle a ellos lo tengo muy claro- que no es ni más ni menos que mostrar al pueblo -en este caso de Córdoba- alguna de las escenas narradas en los Evangelios y que muestran nada más y nada menos que los tormentos por los que pasó Jesús para salvar al mundo. Habrá personas de las que planchan sus americanas, cepillan su pelo y estrenan calzoncillos o bragas en Semana Santa, que puedan interpretar como demasiado «capillita» mi argumento, pero siento decirles que ésto señoras y señores es así le pese a quien le pese.

En esta Semana de Pasión que dejamos atrás, vuelvo a escuchar las mismas frases vacías de sentido cristiano, las mismas perogrulladas que lo único que buscan es fomentar el enrojecimiento de las palmas de las manos al ritmo de serruchazos, costeros sin control, pasos hacia atrás y demás aderezos que son resultado de olvidarse de lo que portan. 

No soy amante de armar bulla a costa de una semana que conmemora hechos que ningún ser humano llegaría a soportar y que soportó Jesús, pero sirvan como ejemplos de lo coherente, el andar del Gitano o de la Estrella. Porque los cambios, amigos, pueden ser solemnes y con gusto, y no han de buscarse con el único fin de llenar las calles por donde una cofradía pasa, bien para mantenerse en boca de los católicos semanales que sólo conocen a una cofradía por los jaleos que monta.