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Sevilla es Inmaculista

«La aventura de la santidad comienza con un sí a Dios», decía San Juan Pablo II.

Cuánta sabiduría pronunciaron los labios de uno de los papas más importantes de la historia. Él, como tantos santos, sacerdotes, religiosos y cristianos del mundo supieron levantar la vista hacia la columna vertebral que mantiene firme nuestra fe en el Señor después de 2000 años.

Ésa columna vertebral no es otra que nuestra Madre del Cielo, la Virgen María, a la que hoy hemos conmemorado un año más en su Pura y Limpia Concepción.

Ella fue la propulsora del sí, de la voluntad del Señor sin concesiones. Tuvo clarísimo desde el primer minuto lo que le destinaba la providencia. Lo aceptó, entregándose sin medida.

También fue la elegida de Dios, gracias precisamente a esa pureza sin mancha, como modelo perfecto para el sendero de la Iglesia.

Y Sevilla, tan Mariana en su esencia y en sus tradiciones más señeras, no podía dejar pasar la oportunidad de honrar a la Virgen una vez más en tan importante festividad.

La capital del Guadalquivir cuida hasta el más mínimo detalle, desde la Vigilia y los cantos de la tuna en la Plaza del Triunfo a la veneración Dolorosas e Imágenes de Gloria para dar culto a la Madre de Dios durante la festividad.

Y, como no, dentro de una majestuosa novena en la Santa iglesia Catedral, hasta los seises bailan para celebrar que María ha sido y es un ejemplo para la cristiandad por su pureza única.

Pero faltaba algo en este portentoso amalgama de fastos a la Purísima, y es sin lugar a dudas el prodigio de las hermandades sevillanas, que decoran celosamente sus altares para ubicar, en el mismo presbiterio, a la Madre de Dios vestida de Reina y Señora en cada una de sus advocaciones: Dolores, Salud, Penas, Soledad, Pastora, Pura y Limpia …

Nombres distintos pero la misma devoción en dar culto al misterio virginal de la Señora. Porque Sevilla, cada 8 de diciembre, demuestra no solo su marianismo incandescente, sino su carácter Inmaculista por los cuatro costados.

Y así lo ha hecho nuevamente. Pasa otra festividad de la Purísima brillante, con las iglesias llenas de cultos a la mujer sin macha, las procesiones en la calle y el espíritu del dogma siempre vivo, desde la Plaza del Triunfo hasta el Arco del Postigo pasando por el Cerro, Triana, San Jerónimo, la Macarena, los Remedios o Pino Montano.

Y de lejos, como el eco de los siglos, sonará la tuna envolviendo de ofrenda hecha canción una serenata a la Inmaculada, recordando que ya falta menos de un año para volver a vivir esta jornada irrepetible.