A pulso aliviao, Sevilla, ⭐ Portada, 💙 Opinión

Sevilla la lleva bajo palio

El origen exacto y el uso del palio en Sevilla es, a día de hoy, una incógnita. Se le encuadra en el siglo XVI, tomando como modelo a la realeza, que solía ser escoltada por un palio de oro a su llegada a la ciudad.

Poco a poco se va trasladando a los cultos eclesiásticos, siendo utilizado para cubrir y dignificar primero la imagen del Señor y del Santísimo Sacramento (lo cual hoy se mantiene en las numerosas ceremonias eucarísticas).

Pero Sevilla, con su incansable defensa, devoción y amor a las madres en general y a la madre de Dios en particular, la entroniza en ese cielo de terciopelo que la cobija en cada calle, en cada rayo del sol y en cada brisa de aire en una tarde de primavera.

Y además lo crea en todas sus formas, diseños y materiales a la medida de la Señora, para que salga a bendecir la ciudad con toda su realeza y esplendor. Pasará de la austeridad del palio de cajón bordado en oro sobre terciopelo negro de la Virgen de las Tristezas, al impresionante relicario de plata de la Virgen de la Concepción del Silencio inspirado en la Catedral de San Marcos de Venecia.

Y desgarrará el corazón con el regionalismo de Juan Manuel en la Macarena, las cautivadoras bambalinas de la Virgen de los Ángeles o los medallones de penden de los varales de la Señorita de Triana.

Esos 12 varales, las caídas y el techo que los preserva son ya casi una parte del pulmón de la capital hispalense, parte indeleble de su historia y leitmotiv de los cofrades.

Porque hablar de la Virgen es nombrar el paso de palio, y es trasladarse a esa esquina del centro, de Triana, del Cerro, la Macarena o Nervión en los que el tiempo se para y los corazones se encogen.

Ese instante, igual que el momento precioso en el que una madre ve por primera vez la cara del hijo después de parirlo, se graba en la retina de todos lo viven con profundidad y fervor el abrazo popular a la progenitora de las progenitoras, a la bendita entre las mujeres, a la madre del Salvador.

La simbiosis es absolutamente perfecta, redonda y medida. La madre consoladora visita a la ciudad para acogerla bajo su manto; y su gente la obsequia con un palacio andante cubierto para pasearla con el esplendor debido y protegerla hasta de la traicionera lluvia, tan necesaria por otra parte.

¿O quién no recuerda el vuelo sutil y delicado de una caída y sus bellotas meciéndose de izquierda a derecha al son de Campanilleros, Coronación de la Macarena o Estrella Sublime?

Sevilla no necesita flores, ni bombones ni tarjetas. Esta tierra le regala a Santa María, Madre de la Iglesia, el mayor de los honores y dignidades que puede darle: un palio para cubrir su dolor, y resaltar su gloria, su gracia y su dulzura infinita.

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