El aire más puro para la mañana más pura del año. El corazón revestido de festejo. Nunca madrugar fue tan poco pesado. Es el día de la Asunción de la Virgen, el día de la Virgen de los Reyes, aquel que está fechado en rojo en el salón de tu casa, en el recuerdo de tu infancia acompañando a la abuela a la novena. Es un día especial y se nota en las miradas de las mujeres mayores que desde primera hora de la madrugada han puesto su silla para esperar a la Virgen. O quién sabe, para charlar con ella. En los barriso de Sevilla y los pueblos, somos mucho de sentarnos en la calle para charlar con las vecinas.
Ella no hace esperar. Y de forma puntual fue al encuentro de los sevillanos. Eran las ocho de la mañana. Campanas al vuelo y un aire que apretaba fuerte el corazón. Había algo especial en el ambiente.
Bajo un cielo gris lucía el manto de raso blanco con Castillos y Leones que donó la Reina Isabel II en 1884. Acompañado del valioso pecherín de brillantes en cuyo centro aparece a medalla de hija adoptiva de la ciudad de la Infanta María Luisa, que la donó a la Virgen.
La Plaza Virgen de los Reyes estaba totalmente callada cuando empezaba a dar sus primeros pasos. Se hacía silencio a su paso. Y la coral junto al campanario catedralicio lo cortaban para dar al cortejo pinceladas de grandeza a una procesión que no entiende de siglos.
Sin recibir todavía los rayos del sol seguía por la Avenida de la Constitución acompañada de un cielo que hacía el amago de abrirse. Unas mujeres mayores, vestidas con su mejor ropa y joyas decían qué bien que haya tanta gente acompañando, pero nosotros tenemos la suerte de estar todo el año al lado de Ella.
Sonaba ‘Encarnación Coronada’ por la antigua banda de Sonario 9 y la risa del Niño se volvía más llena de ternura. Abriendo el cortejo, la Banda Sinfónica Municipal de estrenó la marcha ‘Santa María de los Reyes’ de Jesús Joaquín Espinosa de los Monteros. El repertorio lleno de clasicismo contaba con otras composiciones como Dulce Nombre de Jesús de Pedro orales, Glorias de Sevilla de Manuel Marvizón, Corpus Christi, Triunfal o Virgen del Rosario de Germán Álvarez Beigbeder para homenajear a este compositor en el 50 aniversario de su muerte.
Los primeros rayos de luz apareció justo cuando la Virgen llegó a la Puerta de Palos. Una mujer octogenaria caracterizada por una pronunciada joroba no podía ver por su altura y la gente se abría paso para que contemplara la cara de la Virgen. Igual pasaba con un hombre con muletas que sufría la falta de una pierna. Mientras las monjas de clausura de la plaza del nombre de la Virgen se acercaban a las rejas para llenarse de pureza.
Una vez dentro el paso, una ambulancia entraba en la calle Alemanes. Algo habitual en un día como hoy aunque este año no haya hecho presencia. Pero el rumo de la gente decía que iba a atender al Arzobispo. Mientras, en la Catedral se fue la luz.
Lo que acaba de pasar en Sevilla es el rito que puntualmente y de manera anual se repite. Sevilla se descubre el alma en un espejo que es la Virgen de los Reyes. Sevilla entera cabe en Ella. Y los que acudieron a su cita con la Virgen lo saben. Ellos ven en ella la ciudad de su infancia a manos de su madre o abuela, la de comprar calentitos en El Postigo, la de ir a su encuentro con amigos o la de saltearte las lágrimas porque aquella mujer que te llevó a la Virgen va en un bastón y sabe que a lo mejor la próxima vez que la vea sea cruzando la Puerta de Palos del cielo.





