La vara del pertiguero, Opinión

Solo es cuestión de magia

«Baltasar, dale paso a la trasera», nos dice uno de los memes más manidos del día 5 de enero. Ya el Día de Reyes retornamos a lo navideño para, recalando en el día 7, prepararnos mentalmente para la Cuaresma que se avecina. Entre medias, el Carnaval calienta en el banquillo ante su inminente entrada en el terreno de juego, pero el cofrade ya tiene puesta su equipación y no le va en zaga.

            Algunos se quejan todos los años, con media sonrisa en el rostro, de que los cofrades queremos «matar» al niño apenas al nacer. En otras palabras, nos achacan una impaciencia desmesurada, tal vez bien criticada por aquellos que consideran excesiva la proliferación de procesiones durante todo el año. Al menos cuando las había, claro está. Esa impaciencia es exactamente la misma que padece el carnavalero durante el año y que se exacerba al pasar el Día de Reyes. Tiene idénticos visos de magia y sentimentalidad, una fuerza que no es explicable, sino razonable, como otras tantas cosas de nuestra realidad.

            Por supuesto, también poseen ambas una trascendencia inmanente por causa de su finalidad. La celebración de estas fiestas, que ahora se concatenan entre sí, aportan al hombre una energía especial y significativa que no se puede soslayar ni alcanzar fácilmente en el día a día. De ahí que se espere con ilusión su celebración, pese a la amarga realidad que nos cohíbe. Seguro que este deseo ha inundado las cartas que sus Majestades de Oriente han recibido este año, ya que ellos entienden a la perfección lo necesario que es tener algo de magia en la vida.

            Sin ella, obviamente respiramos, pero de forma entrecortada y poco precisa, como si una losa nos apretase el pecho. Evidentemente hay mucho de metáfora en la expresión, aunque en la práctica esa losa se siente con demasiada realidad. Y sino, mirad cuánta gente tiene, tras tanto tiempo de confinamiento y de sacrificio, problemas de ansiedad, de estrés, de depresión y de otras tantas afecciones poco visibles. Falta de magia en el día a día, carencia de ilusión por una vida que se repite tanto como el día de la marmota.

            La Navidad ha dado su respiro, aunque se nos ha antojado bastante rara. Ahora le toca el turno al Carnaval, quien pretende desfogar tensiones y poner en clave de humor ciertas cuestiones poco humorísticas a priori. Después, la Cuaresma y su Semana Mayor nos trasladarán, o eso al menos pretende, a esa dimensión sobrenatural a la que está llamado el hombre, de modo que nos recuerde que nada dura en sí mismo y que todo está llamado a alcanzar su máxima potencia.

            En definitiva, celebramos para vivir y vivimos para celebrar. Incluso en tiempos de confinamiento o de mascarillas por doquier, en los cuales hacemos de nuestro hogar casi nuestro mundo y cedemos la vía pública a controladas ocasiones de interacción social (al menos en teoría), necesitamos celebrar la vida. Y no vale hacerlo de manera privada o simplemente familiar, pues la celebración se tornaría insulsa; antes exigimos en nuestro fuero interno que concelebren con nosotros estas efemérides otros amigos y conocidos, o gente que en síntesis comparten nuestro afán por lo trascendental y lo mágico. Esa exigencia intra muros rebasa sus propios límites y se convierte en reivindicación legítimamente válida. Eso sí, topa con la cuestión social del bien común y las prioridades sociales, entre las cuales sobrevivir va antes que vivir. Pero cabe preguntarse: ¿realmente esto es así o estamos haciendo oídos sordos a otros problemas que ya se están perfilando y que, acabado el problema del covid, se alzarán como crueles titanes que nos hostiguen durante años?

            En fin, estos y otros asuntos son los que hoy consideramos en la soledad de nuestras mentes. Una soledad que resuenan aun cuando estamos en compañía. El problema de nuestra generación, pues, aumenta si alzamos la vista del problema vírico y consideramos el anímico. Y para ese solo cabe una cosa: la trascendencia; es decir, llenar la vida de algo más que datos, trabajo, problemas y demás parafernalias materialistas de este mundo encorsetado. En otras palabras, sembrar nuestro presente de ilusión, magia y de la posibilidad de lo imposible.