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Miradas bajo el cubrerrostro, 💙 Opinión

Te miro y no te veo

Esta vez no hace falta que me detenga en el caminar de la procesión. Los nazarenos continúan con el cirio al cuadril y formamos un cortejo que alumbra la llegada de nuestro Sagrado Titular. No somos nazarenos de volvernos a ver cómo viene de bonita la Virgen o cómo se levanta el paso de Nuestro Señor. Nuestro caminar siempre es con la mirada al frente, sin distracciones ni tentaciones a satisfacer con el rabillo del ojo, a través del hueco que la tela del cubrerrostro nos sirve como ventana a la realidad que sigue fluyendo a nuestro alrededor.

Los nazarenos no necesitamos ver cómo viene el paso. No necesitamos ver cómo avanza por las calles, o cómo salva una estrechez. La disciplina del nazareno le da confianza en saber que cada cual conoce perfectamente su cometido en esta procesión y cómo llevarlo a buen término; desde el hermano que me antecede hasta el último que cierra el desfile procesional, pasando por cada uno de los costaleros que son los pies de Nuestro Señor y de su Madre en esta noche por las calles.

Y no necesitamos volvernos a mirar porque el rostro de nuestro Cristo o de nuestra Madre es una imagen que tenemos grabada para siempre en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestra alma que es de Ellos.

Al igual que no nos hace falta mirar una fotografía de nuestros padres para tener vívida la imagen de sus rostros en nuestros pensamientos y recuerdos, no necesitamos recuperar la Imagen de nuestros Titulares a través de una mirada, pues a Ellos se les mira con el alma, más que con los ojos.

Como ya reflexioné en una ocasión, lo realmente bonito y la esencia del concepto de Hermandad es que todos los hermanos -o así debiera ser- cuando nos quedamos en la soledad de la noche, en nuestras camas; o cuando nos encontramos en una situación complicada; o cuando vemos que las fuerzas nos abandonan… en ese momento de intimidad en el que elevamos nuestras oraciones, nuestras plegarias, nuestras peticiones y anhelos, y también nuestros agradecimientos, todos le ponemos el mismo rostro al Hijo de Dios y a su Bendita Madre. El rostro de los Titulares de nuestra Hermandad.

Pero… ¿qué debe ocurrir en el interior más íntimo de un hermano de una cofradía cuando, un día, cuando menos lo puede esperar, llega a rezar a la Imagen de su devoción y se encuentra en la capilla, en la hornacina, en el altar, una imagen que no es la que espera encontrar?

Planteado de esta manera, igual no estoy siendo capaz de llegar al punto que quiero mostrar hoy. Podría parece que se trata de situaciones inesperadas, totalmente trágicas, y que podrían conformar uno de los capítulos del libro Pesadillas de Cofrade, libro que publicara Fernando García Haldón a finales de 2007.

Vamos a ver si centro el disparo.

Uno de los peores momentos en la vida de un cofrade debe ser (estoy convencido de que así es) el trágico instante en que una desgracia de dimensiones inconmensurables conlleva la pérdida de la Imagen de su veneración para siempre. Es una situación por la que espero que jamás nadie deba pasar o volver a pasar.

¿Cómo llenar el vacío que te puede producir en el alma el encontrar esa capilla o ese altar vacío para siempre? ¿Cómo secar las lágrimas cuando pienses en una Imagen ante la que no podrás volver a rezar más?

Pero no me estoy refiriendo a estas situaciones en las que la voluntad del hombre no tiene el más mínimo peso. Más bien al contrario, me quiero referir a la siguiente circunstancia:

¿Qué pasa por la mente de un cristiano, pues no puede ser algo que pase por el corazón, cuando decide plantear cambiar la Imagen Titular de su Hermandad por un motivo que no sea la trágica desaparición de la misma?

¿Cómo puede un cofrade, que aparece como una mota en la Historia de su Hermandad, poder plantear modificar la devoción y la tradición de toda una cofradía?

Son varios los casos que hemos vivido en los últimos años del siglo pasado en los que, por distintos motivos, hermandades han decidido cambiar sus Titulares por otros de hechura más acorde con los cánones estéticos del momento. Y eso, desde mi humilde opinión, desvirtúa por completo el concepto de Hermandad como grupo de católicos que se reúnen para rendir culto a Jesús y a su Madre mediante la veneración de una talla. A mi modesto entender, la devoción es algo que nace ante la admiración cristiana de una Imagen, y no puede ser algo impuesto al alma del cofrade, por mucha mayoría que se obtenga en un cabildo, pues estamos hablando de sentimientos, emociones, vivencias, y no sólo de dar gusto a los sentidos externos.

O ¿seríamos capaces de pensar en nuestros padres, dirigirnos a ellos, poniéndoles otro rostro?

Por eso he dado título a esta Mirada bajo el cubrerrostro de esta forma: Te miro, Padre, y no te veo… Qué triste.

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