Hoy Córdoba se ha dispuesto a presenciar, un año más, la procesión del Corpus Christi que, aun desentendida de la típica jornada del jueves, no deja de ser una hermosa costumbre nacida en un lejano año de 1518 y que, al igual que algunas otras, ha sido capaz de desafiar al paso del tiempo – y a los obstáculos que con este se van presentando – y sobrevivir a él hasta llegar a nuestros días para recorrer las cálidas calles de la ciudad califal, hoy cubiertas con romero a la espera del paso de la espléndida Custodia.
Dentro de esta bella tradición, cargada de esa espiritualidad que a veces parece disiparse, debemos destacar otra digna de mención, íntimamente ligada a la celebración del Corpus Christi en la capital cordobesa y cuyo vínculo queda perfectamente reflejado en la fotografía que ilustra este artículo.
La instantánea en cuestión, a diferencia de lo que este Rincón de la Memoria nos tiene acostumbrados, no se trata de una de esas imágenes de tiempos inmemoriales que nos obligan, en cierto modo, a imaginar la sociedad y, en definitiva, el contexto que rodeaba al momento. En esta ocasión la escena fue capturada durante la procesión del Corpus Christi en el año 2005 y, más concretamente cuando la Custodia de Arfe se encontraba detenida en la Calle Blanco Belmonte, junto al Conservatorio de Danza, donde, por aquel entonces, la Hermandad de la Sentencia instalaba su altar.
La mencionada fotografía pone de manifiesto la estrecha y longeva relación existente entre la familia de David Simón Pinto Sáez – investigador y autor del libro titulado Historia y Vida de la Semana Santa de Córdoba – y la cordobesa procesión del Corpus, pues el capataz que aparece frente a la Custodia que anualmente porta a Jesús Sacramentado no es otro que el abuelo del escritor.
Sáez reconoce recordar con inmenso cariño las vivencias que, con motivo del Corpus Christi, se fueron sucediendo en su círculo familiar, fieles a una arraigada tradición que para él cobraba una intensidad aún mayor cuando participó por primera en la procesión a la edad de 14 años. “Entonces iba por dentro. Esa época la recuerdo con mucho cariño por mi juventud, por poder unirme a mis primos mayores… antes de aquel año, recuerdo ir siempre junto a mi abuela a ver pasar la procesión”, declaraba el autor para nuestro medio. “A los 18 comencé a acompañarlo por fuera. Me ponía detrás de él a mirar, pero sin hablar ni mandar. Recuerdo con mucho cariño cómo comíamos juntos cada día antes de la procesión, nos arreglábamos a la vez, besos a la familia y andando hacia la Catedral. Por el camino, que normalmente hacíamos solos, solíamos ir hablando de otros años, de los antiguos, de algún cable que hubiéramos visto los días previos…”, continuaba narrando Sáez desprendiendo nostalgia en cada una de sus palabras.
La primera vez que David Pinto se puso al frente de la magnífica Custodia fue en el año de 1995 y a iniciativa de su propio abuelo que, en la Calle Jesús y María y una vez hubo quedado atrás el Conservatorio de Música, se dirigió a la cuadrilla para informarles de que sería su desprevenido nieto quien tomaba el relevo en ese preciso instante, a quien dejó solo y frente al que se excusó, poniendo como pretexto que había una persona a la que debía acercarse a saludar.
Sin dejar de prestarle atención ni perder detalle de cuanto ocurría, este se adelantó unos metros observando a Pinto, que afirma haber sentido “nervios y satisfacción al mismo tiempo” y añade que “en aquella época aún nos acompañaban algunos miembros de las últimas cuadrillas profesionales, los dos hermanos de mi abuelo y mis primos mayores”.
Mediante ese emotivo e inolvidable gesto, se aseguraba la perpetuación de una costumbre consolidada que, para David Pinto, se vivió con una dureza especial en el año 2012, momento en el que su abuelo debió desistir de tomar parte en la jornada que tanto había significado para él debido a las circunstancias en las que su enfermedad lo había sumido para esa fecha. “Era la primera vez que yo iría solo y además tras despedirme de él en casa”, recuerda con amargura el investigador. “A partir de entonces todo ha sido más tranquilo pues, tras fallecer ese mismo año, curiosamente lo siento presente en cada procesión”.
Actualmente, Pinto dice sentir en ocasiones como la que nos disponemos a vivir en la tarde de hoy con los mismos nervios que cuando al asumir el mando de cualquier otro paso – a veces como auxiliar de Fernando Chiachío – como el del Corazón de Jesús de San Hipólito, el Calvario o los Afligidos de Puente Genil. Esa tensión a la que hace referencia, nacida de la mezcla de la inquietud y la lógica ilusión, desaparece justo en el instante en el que se comienza a andar.
En el caso concreto del Corpus, el autor del popular libro que tanta luz arrojó sobre la Córdoba Cofrade de años y siglos pretéritos, asegura que “el momento en el que desaparecen los nervios es cuando me indican que debemos avanzar. Hago una genuflexión, me dirijo al frontal del paso y a partir de ahí, como cualquier otro capataz, nervios fuera”.
Ante una tradición familiar tan señalada y conmovedora como la que David Pinto ha querido compartir con nuestros lectores a través de Gente de Paz, quizá hoy quepa presenciar el camino a recorrer por Jesús Sacramentado con los mismos ojos y mimo que la familia del escritor y este, como actual capataz, lo han vivido a lo largo de tantos años.
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