El Cirineo, 💙 Opinión

Tropezar no es malo, encariñarse con la piedra, sí

He dedicado parte de mi escaso tiempo libre de los últimos días a revisar entrevistas realizadas a diversos protagonistas del ámbito cofrade, algunas recientes y otras menos. De casi todas ellas se extraen interesantes enseñanzas y curiosamente ,o no, muchas de las conclusiones son semejantes, prueba irrefutable de que el diagnóstico es acertado. Cuando diferentes pensamientos concurren en ideas similares parece obvio que gran parte de razón han de tener.

Decía un personaje de cierta relevancia en la Semana Santa de una ciudad andaluza que en los últimos tiempos, las hermandades se han preñado de individuos, gran parte de ellos sin formación alguna, más allá de conocer con certeza absoluta el nombre de cualquier marcha por la que se les cuestione, que rara vez muestran interés en la sustancia, dedicando toda su atención a la cáscara. A estas alturas de la película, con la que está cayendo, no sabría decir si este es el mayor problema que asola al universo cofrade, pero probablemente sea una de los de mayor transcendencia.   

En los últimos años se han producido reacciones, en ocasiones desmesuradas, al hilo de la puesta en escena de algunas de nuestras cofradías. Lejos de censurar la libertad de opinión, sólo faltaría, creo que sería conveniente, incluso reconfortante, que unos y otros fuésemos capaces de poner distancia antes de emitir juicios o de revolvernos como una haba tostá cuando se critica a “mi cofradía” utilizando este pronombre con una ligereza que demuestra “la tontería” que gastan muchos de los que pululan por nuestras casas de hermandad, ocasionalmente o desde hace tres días aunque algunos hagan creer a los que quieran escucharles que han nacido entre sus cuatro paredes.   

Sin embargo, sí me parece necesario que se realicen determinados análisis para determinar cómo estamos y sobre todo hacia dónde vamos. La grandeza de una hermandad no puede medirse ni en bordados, ni en insignias, ni en número de hermanos, ni en antigüedad, ni en costaleros, ni en el número de chicotás o de marchas… ni se defiende en las tabernas cofrades o en las redes sociales con el cuchillo entre los dientes. La grandeza consiste en saber reconocer los errores, aprender a solucionarlos y a crecer cuando se han subsanado. Para llegar a ese punto, en primer lugar es imprescindible tener la humildad necesaria para ser consciente de que las cosas se han hecho de manera manifiestamente mejorable y tener propósito de enmienda. Y esta humildad se contradice, de hecho es perfectamente incompatible, con tener a francotiradores de baja categoría, en todos los sentidos (personal y cofrade), justificando lo injustificable y disparando a todo aquél que se mueve cuando detectan que se ataca a “su hermandad”.  

En primer lugar y para empezar a poner las cosas en su sitio, sería preciso explicar a estos personajillos que la cofradía que aseguran defender no es suya. Un miserable cargo (casi siempre carguillo) no otorga la propiedad sobre nada. Muchos otros trabajaron por la hermandad en cuestión antes de que ellos ni siquiera supieran que existía, y con total seguridad cuando se marchen, o les hagan marchar, nadie recordará sus nombres y la hermandad seguirá existiendo, como nos ha pasado a todos. Por duro que pueda resultar a personas cuyo ego es mucho mayor que su inteligencia, carecen de cualquier cualidad que les otorgue la condición de especial y por lo tanto no son nada más que el resto de hermanos que sufren avergonzados sus salidas de pata de banco en Facebook, Twitter o cualquier otra red social. Vergüenza de que individuos que responden con improperios e insultos cuando alguna reflexión les disgusta, pertenezcan a una junta de gobierno, sean elementos conocidos de una cuadrilla, miembros de una banda que lleva el nombre del Titular de una hermandad o cabezas visibles de un grupo joven.  

Quien deba tomar decisiones debería ser consciente de que la imagen es deleznable. Alguien, en el ejercicio de su libertad, muestra una fotografía u opina de algo que ha sucedido (por si algunos no lo entienden quiero decir que no se lo ha inventado) y automáticamente hay sujetos que como perros de presa se lanzan sobre él con la rabia entre los dientes, una actitud que podría ser catalogada de bochornosa (y totalitaria) si lo hiciesen a título particular, pero que al concurrir la desagradable coincidencia de que algunos de los que gritan forman parte de órganos de dirección de la cofradía presuntamente ultrajada y que por tanto cuando hablan en un medio público no sólo se representan a sí mismos, sino a la hermandad a la que dejan a la altura del barro, adquiere la categoría de inaceptable. Esto es lo que verdaderamente le hace daño a la imagen de una hermandad y no poner de manifiesto lo que se ha de mejorar o lo que no se debe volver a repetir. Incluso hay quien se permite el lujo de responder atacando a la hermandad a la que presuntamente pertenece la persona que ha mostrado la fotografía o emitido la opinión, en fin, lamentable…

Ojalá llegase el día en que todos se enterasen, de una puñetera vez, que sacar a la palestra un comportamiento inadecuado no es pecado, aunque francamente voy perdiendo la esperanza de que ese día llegue. El pecado lo comete el que realiza el acto y no el que cuenta que se ha cometido, esto creo haberlo repetido muchas veces. Hay quienes a estas alturas han demostrado ser incapaces de entender esta sencilla premisa, obviamente no se les pueden pedir peras al olmo. Sencillamente hay quienes no dan para más. Pero los que están, o deben estar por encima de ellos para tomar decisiones, deberían tomar medidas de manera urgente, prescindiendo de estos elementos dañinos para la hermandad de inmediato. Es intolerable que se persista en esta actitud. Ya la permitieron gobernantes felizmente pasados a la historia, esperemos que definitivamente. Bien harían los actuales en cortar por lo sano ahora que están a tiempo, porque la animadversión derivada que se alimenta en cofrades de otras hermandades es manifiesta.  

La prepotencia con la que algunos individuos se desenvuelven en las redes sociales es inaudita y debe ser cortada de raíz en la medida en que representan, se quiera o no, a un ente cofrade. Como advertirles parece no servir de nada, porque quiero creer que se ha hecho (lo contrario implicaría una dejación por parte de los que mandan en la que francamente prefiero no pensar), que se les invite a abandonar sus cargos y después que sigan gritando, insultando, menospreciando o lo que sea que suelan hacer cada vez que cogen el móvil o el pc, pero sin causar más daño que el que se hagan a si mismos, cosa que como comprenderán no me quita el sueño. Exactamente lo mismo que se debería hacer con los que desarrollan actitudes chulescas y soberbias y pululan en la cercanía del poder, de la vara dorada o del martillo.

Los grandes hombres saben rodearse de gente que ayuden, que aporten al proyecto común. Si un dirigente se rodea de incompetentes o de individuos que causan más problemas de los que solucionan, el proyecto estará abocado al fracaso. No será que no lo venimos diciendo algunos desde hace tiempo. Y si alguien teme quedarse sólo o debilitado si toma decisiones como estas, que no dude nunca que la desaparición de ciertos elementos provocaría sin ningún género de duda la vuelta a casa de muchos que ahora observan desde la lejanía.  

Un máximo responsable no debería nunca olvidar que la acción de estos sujetos, empaña, eclipsa e invalida las cosas bien hechas. De nada sirven los aciertos si por cada uno de ellos se producen varias salidas de tono de personas del entorno de los máximos órganos de dirección. El regusto que al final prevalece es la prepotencia, que nadie lo dude, perjudicando irremisiblemente la imagen de una corporación.   

En los últimos años algunas Hermandades han dado un ejemplo con mayúsculas emitiendo comunicados tras la Semana Santa reconociendo errores e indicando que desde el primer día se están sentando las bases para que no vuelvan a suceder, incluso afeando a miembros de su cortejo ciertas actitudes. Otras han sido incapaces de asumir los suyos creyendo que eso les debilita, sin comprender que precisamente detectar los fallos y coger el toro por los cuernos es lo único que puede lograr que no se vuelvan a repetir.

En lugar de aceptarlos, se han enrocado en sus posiciones incapaces de entender que hay que escuchar para aprender, a sabiendas y dando por hecho que las opiniones constructivas, que nadie dude que muchas lo son, se entremezclarán siempre con las de los miserables que están esperando esos errores para atizar siempre a los mismos, por rencores y envidias que harían las delicias de más de un psicólogo. Si uno es el primero en poner de manifiesto sus errores, se desarma a estos últimos. Parece mentira que algunos sigan sin comprender esto. Alguna Hermandad ha sido alabada por reprender a algunos de sus nazarenos de cuyas actitudes nadie habla. Sus dirigentes han demostrado una gran inteligencia.  

Detectar, asumir, solucionar… respetando la opinión contraria, escuchando las críticas y eliminando las piedras del camino. Esta es la manera de ser grandes, no repetir que se es a diestra y siniestra. Esta es la auténtica forma de ser humildes, no plasmarlo en un muro con la boca pequeña, mientras algunos enarbolan la bandera de la soberbia, esa que es necesario erradicar para siempre y que tanto daño hace. Tropezar no es malo, encariñarse con la piedra sí.

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