Sé que a muchos chocará lo que expondré a continuación, pero no es algo nuevo, no es nada que no se haya repetido en muchas ocasiones. De hecho, desconozco si en alguna otra ocasión alguien lo ha escrito y lo que haré a continuación será un plagio con total desconocimiento.
Si echamos la vista a atrás, en los días previos a la llegada de la Semana Santa, son muchos los cofrades que ansían la llegada de sus días –y sí, digo sus días- que comienzan a preparar sus túnicas, sus capirotes, sus trajes, sus corbatas, sus costales y fajas, en general, aquellos atuendos que les permitirán sentirse en su interior “importantes”. Importantes porque uno, que ha vivido de cerca el mundo cofrade, sabe de lo que habla.
Éste, está siendo el primer año en mucho tiempo en el que no participo en ningún acto cofrade más allá del que ocupo como mero espectador en la calle. Una lesión de espalda me impide desarrollar mi labor debajo de los pasos que tanto me gusta para poder ser los pies de Mi Padre o Mi Madre, porque queridos hermanos, de eso es lo que se trata el ser en este costalero. Poder vivir desde dentro la penitencia o la gracia de ser los pies del Señor o la Virgen sin ser centro de atención pudiendo de manera anónima realizar oración tras oración a cada chicotá, es algo que a muchos se les olvida, ya no sólo el día de su estación de penitencia sino durante el resto del año en el que guardando el costal o la túnica guardan el hábito cristiano bien al fondo.
Me duele tremendamente el “falserío” que se respira y se siente cuando llega la Cuaresma. Ese tiempo en el que los abrazos y los besos entre “hermanos” aparecen como la prenda que dimos por perdida –y siento tremendamente haber sido partícipe de todo esto, ojo-. Un verdadero cristiano, conocedor de lo que estamos a punto de celebrar, no haría cosas que muchos hemos tenido que ver en alguna Semana Santa de manera más o menos habitual –comentarios hechos a matar, peleas, selfies nazarenos, borracheras, etc-, porque lamentablemente, la Semana Santa se convierte en un ir y venir de modelos, de sepulcros blanqueados que desvirtúan cada vez más en muchos aspectos lo verdaderamente importante.
No seré yo quien pida el carnet de buen o mal cristiano, de buen o mal cofrade, pero sírvame este humilde artículo para poner en la casilla de salida a la moral de todo el que lo lea.
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