La creación de un órgano asesor estable, integrado por cardenales y expertos laicos —incluidas mujeres—, emerge como una de las iniciativas más audaces debatidas en las congregaciones generales previas al cónclave
A las puertas del cónclave que elegirá al sucesor de Francisco, se perfilan propuestas que podrían marcar un punto de inflexión en la estructura de gobierno de la Iglesia. Entre ellas, comienza a cobrar forma una iniciativa de gran calado simbólico y práctico: la posible constitución de un “Consejo de Ministros” vaticano, presidido por el nuevo Pontífice y compuesto por expertos de diversas disciplinas, incluidos laicos y mujeres, según una información adelantada por Religión Digital. Una innovación que apunta a consolidar el modelo sinodal y participativo que Francisco impulsó durante más de una década.
La propuesta, discutida en el seno de las congregaciones generales que han precedido el cónclave, sugiere la formación de un órgano colegiado permanente que supere el actual C9, ampliando su carácter consultivo e incluyendo especialistas no vinculados al colegio cardenalicio. Este consejo se convertiría en una estructura estable de acompañamiento en la toma de decisiones papales, albergando figuras procedentes de los cinco continentes y del ámbito de la teología, la economía, la cultura, la ecología, la comunicación y el diálogo interreligioso.
El horizonte de esta idea encuentra precedentes inmediatos en el propio pontificado de Francisco, quien abrió las puertas del gobierno curial a los no ordenados. Durante su ministerio, nombró prefectos laicos y mujeres, como Paolo Ruffini o la religiosa Simona Brambilla, e incorporó por primera vez a tres mujeres al C9, además de prever la incorporación de figuras como Raffaella Petrini, la actual secretaria general del Governatorato del Estado Vaticano.
“El legado de Francisco debe ser una plataforma, no una meta”, afirmó el cardenal Juan José Omella, presidente de la Conferencia Episcopal Española, en declaraciones previas al cónclave. “La Iglesia necesita un gobierno que escuche, que camine con el Pueblo de Dios, que no se refugie en torres de marfil”. En ese mismo tono, el cardenal Matteo Zuppi, uno de los nombres más repetidos en las quinielas de papables, subrayaba: “No debemos ceder a la polarización; es momento de custodiar la unidad”, mientras bromeaba con los periodistas desde una peluquería romana. “Por si el cónclave se alarga, al menos me arreglo un poco”.
Aunque Zuppi se resta importancia, su perfil —dialogante, pastoral y cercano al estilo bergogliano— lo coloca entre los posibles candidatos de consenso, sobre todo si tras las primeras votaciones los nombres de Parolin y Tagle, favoritos en las primeras rondas, pierden tracción. Junto a él, surgen otros como Prevost, Aveline o el salesiano Artime, candidatos que encarnan la diversidad geográfica y pastoral que exige el nuevo tiempo.
Sea quien sea el elegido, el nuevo Pontífice deberá enfrentarse a un desafío ineludible: consolidar una Iglesia corresponsable, abierta al mundo contemporáneo, y capaz de integrar voces diversas en sus órganos de gobierno. La creación de un consejo permanente de expertos, mixto y universal, no sería solo un gesto simbólico, sino un paso tangible hacia una Iglesia más colegiada, más plural y más fiel al mandato evangélico de servir en comunión.
A partir de este miércoles, con el encierro de los cardenales en la Domus Sanctae Marthae, el discernimiento será la única brújula. Solo entonces, y tras la ansiada fumata blanca, sabremos si la Iglesia da ese salto definitivo hacia la madurez sinodal.





