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Sevilla, 💚 El Rincón de la Memoria

Un cuadro en el Consejo de Hermandades de Sevilla: El Nazareno de Valdés Leal, propiedad de la Hermandad de San Bernardo

En la sede del Consejo General de Hermandades y Cofradías de la ciudad de Sevilla, se expone hasta el 3 de diciembre de 2020 una pintura de un nazareno atribuido a Juan de Valdés Leal(1622-1690) y propiedad de la Hermandad Sacramental de San Bernardo de la misma ciudad, posiblemente realizado hacia mediados del S. XVII. En la Córdoba del S. XVII el historiador Antonio Palomino conoció al pintor sevillano en 1672, al que califica de “escultor excelente(…) en el modelar de barro”. Más cabe mencionar y bien conocido es por sus pinturas tenebristas y no solo su trabajo realizado en el Hospital de la Santa Caridad de Sevilla, hay que recordar la parte menos conocida de Valdés, que se hablará a continuación. Juan de Valdés Leal nació en la ciudad Hispalense, siendo bautizado en la Parroquia de San Esteban de la misma, el 4 de mayo de 1622. En cuanto a su formación, no sabemos a qué maestro estuvo vinculado formalmente, pero parecer ser que, cuando niño, se pasó a vivir a Córdoba, llegando a ser discípulo de Antonio del Castillo, la figura central de la escuela cordobesa del S. XVII.

Por lo tanto, su vida estuvo entre Córdoba y Sevilla, llegando a tener encargos en la ciudad califal, viéndose el ejemplo de un San Andrés para el Convento del Carmen Calzado. Incluso realizó un corto viaje al Escorial, con el fin de estudiar las colecciones reales y dejarse influir por los grandes maestros de Corte como Claudio Coello, y más sobre todo con Rubens y Van Dyck. Si bien demostró ser artífice de otras artes como el ser maestro estofador, destacó por ser partícipe del monumento efímero de la canonización de San Fernando Rey en 1671, donde demostró sus grandes dotes de ornamentación, historias y jeroglíficos, tal y como se refleja en este grabado realizado por Matías de Arteaga. Si bien, el punto álgido de su carrera se encuentra en el Hospital de la Santa Caridad. La historia se remonta cuando Miguel de Mañara funda el edificio barroco de Sevilla y en cuya iglesia decide que los mejores artistas del momento (Juan de Valdés Leal, Murillo y Pedro Roldán) sepan darle forma al camino de la penitencia que debe llevar el pecador. Lo primero que se encuentra el caminante son estos dos cuadros de medio punto, de aspecto horripilante y tenebroso, fechándose el contrato en 1672. Por ello, Valdés Leal es conocido como el pintor de la muerte y en ellos se plasma lo que quiso Mañara, la inculcación del sentimiento piadoso, además de los famosos jeroglíficos que inserta en estas dos piezas.

El cuadro de la izquierda corresponde a la muerte apagando una vela del que sale una expresión: In ictu oculi (en un abrir y cerrar de ojos), que le da nombre al cuadro. Representa la fugacidad de la vida, no se salva nadie, esto es, el carácter igualatorio de la muerte. A su lado se encuentra una vánitas, acentuando aún más que no importa los efectos personales, solo importa que la muerte nos iguala a todos. El cuadro de la derecha, Finis Gloriae Mundi, representa los vicios y las virtudes que penden en una balanza sostenida por Cristo con la mano llagada, en la que en cada plato reza ni más, ni menos. Un búho, símbolo de la sabiduría, contempla como espectador la escena, apareciendo dos personas, un cadáver putrefacto vestido con ropas de obispo y atributos propios y un caballero, que puede ser el propio Mañara. En conclusión, se puede exponer que los dos cuadros son un canto al dramatismo más intenso, poniendo de manifiesto los pensamientos de Miguel de Mañara. Finalmente, el fallecimiento del pintor sevillano se produce en 1690, siendo sepultado en la Parroquia de San Andrés en Sevilla.

De esta manera, damos paso a una breve introducción sobre la iconografía de Jesús Camino del Calvario. La representación iconográfica de Jesús Nazareno hunde sus raíces en la época paleocristiana, si bien a lo largo del tiempo ha tenido dos variantes: Jesús cogiendo la cruz o bien por el travesaño horizontal (patibulum) o bien por el vertical(stipes). Sin embargo, durante la Edad Media la devoción a Jesús Nazareno quedó dormida si bien durante el Gótico resurge esta representación, destacándose el altorrelieve central del Retablo de la Santa Cruz de la Iglesia de San Lesmes de Burgos. También cabe destacar la representación de Jesús abrazado a la cruz como fuente de vida, destacando en la Catedral del Burgo de Osma.

En el Renacimiento la iconografía nazarena experimenta una fuerte expansión y se hace cada vez más latente en el pueblo, siendo la versión más extendida la de Cristo abrazando la cruz por el stipes y más si cabe gracias al Concilio de Trento, que animaba a realizar manifestaciones de fe pública. En Sevilla encontramos la primera representación de este tema en la Catedral, en su Altar Mayor, cuya realización corresponde al quehacer de Jorge Fernández Alemán(1520), donde vemos una composición revuelta pero ordenada. Otras tallas en Sevilla pueden ser el Cristo de la Corona (med. S. XVI) o el Cristo de las Fatigas (Gaspar del Águila, 1587).


La pintura, protagonista de este artículo, es con una representación de Jesús de Nazareth abrazando a la cruz por el travesaño vertical camino del calvario, realizada por el círculo de Juan de Valdés Leal y fechado hacia la segunda mitad del S. XVII. En el aspecto morfológico de la imagen se denota cierta influencia de las representaciones de la Sevilla del S. XVI, como es el caso más conocido como el Señor de los Ajusticiados, de Luis de Vargas(1563). Destacado es el gran contrapposto de la imagen, flexionando de una forma exagerada la espalda, haciendo que arquee la espalda. Se acentúa la pierna izquierda, haciendo que se flexione y dejando caer todo el peso del cuerpo y de la cruz en la misma, mientras que la derecha se encuentra atrasada, quedando libre de carga pero haciendo de sostén. Jesús acoge la cruz con gran amor a pesar de su cruel destino, tocándola con sus dedos. Su rostro cansado acoge una aureola de luz que recorre toda la

cabeza, símbolo de la santidad del Hijo de Dios. Si bien es cierto que la imagen ocupa todo el espacio del cuadro, no es menos apreciable la observación de un paisaje rocoso. Cabe resaltar, aún más si cabe, el realismo que presenta y el fuerte dramatismo que le otorga a todo el cuadro, no sólo la propia representación o el modo en el que está representado Cristo, sino el juego de luces y sombras, cuya paleta cromática apuesta por los colores oscuros, distinguiéndose por un haz de luz el rostro, las manos y el pie derecho, acentuándose una expresión más teatralizada.

Ponemos por conclusión que Juan de Valdés Leal fue el pintor de la muerte y uno de los maestros del tenebrismo en Sevilla, poniendo de manifiesto el dramatismo que conlleva a realizar tal magnificencia. También destacar, por último, que el pintor fue de los últimos en representar al Nazareno, al dramático de San Bernardo, con la cruz al revés, puesto que en la posteridad sólo se ha conservado el que nosotros hemos asimilado, Cristo acogiendo la cruz por el patibulum.

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