El cielo se había teñido de negro aterciopelado cuando el paso gótico del Cristo de Gracia comenzó a avanzar a través de las naves catedralicias de la casa mayor de todos los cristianos cordobeses con rumbo fijo hacia la llamada popularmente «la segunda puerta» por los cofrades de la ciudad, lugar por el que los hombres que tienen el impagable privilegio de portar sobre sus hombros al imponente y poderoso crucificado andino atravesaron la frontera que separa el bosque de columnas de la antigua Mezquita Aljama del Patio de los Naranjos, en el que se agolpaba una multitud que no quiso faltar a su cita con el Cristo de Gracia, el eterno Esparraguero, que siempre será conocido por el pueblo como tal, pero a que, curiosamente, hoy se hayan ausentado los espárragos del paso del crucificado que ha lucido una llamativa flor con tonos anaranjados y morados.
Pasadas las nueve de la noche, tal vez con una lentitud manifiestamente mejorable, el cortejo que precedía al Cristo de Gracia comenzó a progresar por la ribera de los muros del mayor templo de la Diócesis, mientras una multitud expectante, descontaba pacientemente los minuts que le separaban de encontrarse cara a cara con el Hombre que lleva derramando su gracia desde hace cuatro siglos en los corazones de la ciudad. Un cortejo que ha vuelto a dar una lección de señorío, directamente proporcional a la elegancia, la categoría y la compostura, que siempre evidencian los cofrades de esta corporación, cuando pisan las calles cordobesas. Un cortejo impecable en todos los sentidos, con una puesta en escena marcada por la sobriedad, pese a la festividad derivada de la efemérides conmemorada. Una elegancia contenida y ausente de cualquier estridencia de cara a la galería. Un buen gusto que la hermandad ha demostrado hasta en la elección del itinerario de regreso a la Casa Trinitaria, nada que ver con otros excesos.
Tras una salida al vergel del Patio de los Naranjos, a los sones de «La Misión», la «Marcha Real», el «Himno al Cristo de Gracia» , «Gloria Tibi Trinitas» y «Pangue Lingua», las campanas de la Torre de la Catedral comenzaron a atronar a gloria cuando el paso del Cristo atravesó la Puerta del Perdón para confundirse entre la marea de fieles que se agolpaban en Cardenal Herrero, mientras sonaban las notas de «Oh, Pecador». Una chicotá perfecta, de las decenas que la magnífica cuadrilla costalera que lleva al Señor y comanda Luis Miguel Carrión «Curro», con su proberbial maestría que, a estas alturas, carece de sentido descubrir o elogiar, quien en el giro con Magistral González Francés dedicó una emotiva levantá a las monjas del Convento de la Encarnación, religiosas cistercienses que están hermanadas con la Corporación del Alpargate, instantes antes de que se produjese el estreno a «La Luz del Nuevo Mundo», una pieza espectacular con la que la agrupación musical, que demostró un nivel sublime durante todo el recorrido, alcanzó una suerte de simbiosis perfecta con la cuadrilla para conseguir una revirá magistral.
Desde ahí, el cortejo continuó avanzando con paso firme camino del Alpargate. Un nutrido cortejo en el que llamaron poderosamente la atención la gran cantidad de niños que lo conformaban en sus primeros tramos, el gran número de manos arrugadas portando cirios y un considerable número de mantillas, incrustadas en el cortejo, impecablemente vestidas, al contrario de lo que estamos acostumbrados en otras ocasiones y en otras cofradías, aunque probablemente no procediese el negro monocromático de las mantillas, en lugar de vestido de color, en una procesión de esta índole. Otra señal de distinción para una jornada para atesorar en la memoria. Una jornada en la que todas las miradas buscaban los pequeños detalles que la han convertido en diferente, la presencia en solitario del Cristo de Gracia en su paso, escena prácticamente inédita para generaciones enteras, toda vez que la imagen del imponente crucificado indiano acompańado de las efigies de la Virgen. San Juan y la Magdalena es una seña de identidad perenne desde principios del siglo XX.
Miradas que también repararon en los pequeños pero significativos estrenos que presentaba el Cristo, el nuevo sudario tejido en tisú de plata con bordados en oro del siglo XIX en hojilla, realizada su restauración por José Luis Guerra Flores, y el broche prendido del sudario, regalo de la juventud de la cofradía, que simboliza la devoción incalculable y el amor incondicional que profesa por su Señor. Estrenos que se han unido a las piezas que la banda de la corporación, la Agrupación Musical Cristo de Gracia ha querido ofrendar al Hijo de Dios. Dos piezas concebidas ex profeso para esta salida extraordinaria cuyo estreno también ha concitado la atención del respetable.
En definitiva, un cúmulo de detalles que han convertido esta salida extraordinaria en única e irrepetible, tal vez como lo son todas, pero dotada, en este caso, de muchos factores que permiten concluir que procesiones como estas sí merecen la pena que cuajen el extremadamente denso calendario cofrade de la ciudad de San Rafael, en la que, por mencionar algún lunar, volvieron a sobran las decenas de jóvenes cangrejeando y acompañando el devenir del paso a lo largo del recorrido. Todos los demás elementos, precisamente los imputables a la hermandad, han sido merecedores de una calificación muy elevada. Que tomen buena nota quienes vienen detrás.





