Opinión, Portada, Verde Esperanza

Una Semana Santa sin Dios

Hace siete años escribí un artículo titulado «Navidad sin Dios«, en el que hablaba sobre cómo venía desnaturalizándose esta festividad tan importante para la Iglesia, hasta el punto de irla despojando, de modo más o menos disimulado, de todo componente que se relacione con el cristianismo. Algo que huelga decir que ha seguido agudizándose.

Sin embargo, vengo observando que con todo lo que rodea al orbe cofrade viene sucediendo algo similar desde diversos frentes. La Biblia narra en el Antiguo Testamento la existencia de los becerros de oro, ídolos a los que adorar que el pueblo se fabricó mientras Moisés recibía de Dios los Diez Mandamientos. En nuestro tiempo, son muchos los becerros de oro que la gente, y cuando digo la gente me refiero a algunos que se hacen llamar cofrades, se fabrica de manera artificial. Unos ídolos absolutamente inocuos que deberían quedar restringidos al ámbito de lo complementario, lo secundario, y, en cualquier caso, lo subordinado con respecto a lo verdaderamente importante: Dios.

Hay quien pretende una Semana Santa sin Dios. La finalidad es convertir esta festividad innegablemente religiosa en una fiesta laica más, al igual que ha sucedido con la Navidad, o siempre ha sucedido con otros eventos como la Feria o el Carnaval. Una celebración lúdica sin religión, en la que todo está permitido en la ansiada búsqueda del cachondeo y el disfrute, y en la que los límites, las tan necesarias líneas rojas, se difuminan hasta no saber qué está bien y qué está mal, y en la que se desautoriza por sistema a quienes, sobre el papel, deberían ser los que establezcan esas fronteras y límites. Unos individuos con sotana que, por fas o por nefas, tiraron la toalla y se acomodaron en la decadente situación actual de lo eclesial, consintiendo prácticamente cualquier cosa en el seno de las cofradías.

Por comenzar a citar ejemplos, el fenómeno fan de las bandas es cada vez más terrorífico y preocupante. La legión de groupies y palmeros que lleva detrás alguna que otra banda da auténtico pavor. Gente a la que les importa tres cominos las imágenes sagradas, que se pasan por el arco del triunfo la presencia de las mismas en la calle y se dedican a cangrejear delante de un banderín, grabando cada segundo de la actuación de unas personas que, más allá de la encomiable e innegable labor social y cultural que hacen, a fin de cuentas, lo que hacen es soplar un instrumento, cosa que no entiendo qué tiene de atractivo desde el punto de vista de la grabación de vídeos. Jalearlos y aplaudirles como si tuvieran sentido por sí solos, y no subordinados al engrandecimiento de la imagen sagrada a la que acompañan, es adorar a un becerro de oro. Y pasa lo que pasa siempre que un ejército de hooligans aplaude como focas cualquier cosa que hace alguien o alguna entidad, como es el caso. Hay bandas que se endiosan, que han sido endiosadas, o un poco de ambas, y terminan por perder el norte. Alguna vez he dicho en petit comité, con cierta carga de ironía, que alguna banda va a solicitar a las hermandades a las que acompaña -¿o quizá es al revés?-, colocar su banderín encima del paso de turno, o, por qué no, también a su solista estrella. Las hay que no aceptan la crítica porque nunca la han tenido, y se han acostumbrado a felaciones verbales día sí día también, y cuando la reciben su única defensa es mandar, cual ejército zombie, a una turba aborregada que no entiende de respeto ni educación cuando se toca a su idolatrado becerro de oro. En ocasiones, lo digo de corazón, veo bandas cuyo único propósito parece ser lanzar sus carreras al estrellato sin tener en cuenta al mundo al que, por naturaleza, pertenecen.

Tenemos que contemplar espectáculos de dudoso gusto de imágenes sagradas en la calle caminando al son de piezas musicales que se alejan de nada que tenga que ver con religión. Pasodobles, desde aquel nefasto «Suspiros de España» a la Macarena con el absurdo pretexto del paso por la Plaza de España, que vienen a desvirtuar y devaluar el sentido de una Virgen en la calle. Por no hablar de la tendencia de las salidas extraordinarias o determinadas procesiones letíficas, que parecen pugnar por ser las más originales de mundo en lo que respecta a interpretación de piezas musicales de muy diversos orígenes y calañas tras imágenes sagradas. En los últimos días hemos tenido ejemplos de cánticos de villancicos, que al menos tienen el pase de tener un trasfondo cristiano y cánticos flamencos en Jerez o Cádiz, o la por desgracia tradicional «La Malagueña» en Málaga, sin olvidar el batiburrillo sonoro que pudo escucharse al paso del Gran Poder de Sevilla, por no hablar de los excesivos fuegos artificiales. No estamos tan lejos de escuchar determinadas piezas de ordinario tras un paso de Semana Santa, aunque alguno quiera escurrir el bulto. Como decía, bajo el paraguas de la filosofía del «todo vale», cabe, efectivamente, cualquier cosa.

Sigue en aumento el fenómeno de los capataces y costaleros que funcionan como auténticos lobbies para derrocar a juntas de gobierno, consiguiéndolo en ocasiones, y teniendo funcionamientos que rozan, cuando no alcanzan, lo mafioso. Hemos visto a individuos ponerse a hacer el ganso costaleril, valga el palabro, delante del banderín de una banda que abría cortejo a una procesión extraordinaria. Y el problema no son los chavales haciendo el picaito, que eligieron mal el lugar y momento para ello, sino la surrealista ovación que consiguieron, algo que lo único que promueve, siguiendo la teoría del perro de Pavlov, es que actitudes tan pueriles y carentes de toda lógica se reproduzcan para satisfacer ese superfluo anhelo de afán de notoriedad. Un afán de notoriedad que se ha agudizado a través de los ansiados clicks en redes sociales. Buen ejemplo de lo anterior es el ridículo uso de los altares de culto o las imágenes devocionales como el típico photocall existente en los garitos. Y hablando de photocalls, a los políticos de un lado, del otro y del de en medio se les debería prohibir inmortalizarse junto a una imagen sagrada con fines de dudosa nobleza. Algunos momentos de la Santa Misión del Gran Poder rozaron lo dantesco y lo ridículo. Y si dirigimos la mirada precisamente hacia lo político en las hermandades, resulta desalentador y nauseabundo comprobar en lo que se han convertido los procesos electorales de determinadas hermandades, con unas ansias sin fin por conseguir el poder a costa de quien sea y de lo que sea. Aparentemente, todo vale, y todo hay que perdonarlo y justificarlo, cuando no aplaudirlo, por una u otra razón. Símbolo inequívoco de la sociedad mediocre que está generándose.

A fin de cuentas, cada vez vamos encaminados a que la religiosidad popular, vía Semana Santa o Rocío sea únicamente una ocasión más de sacar rédito personal, pasárselo bien, emborracharse, apuntarse al primer cachondeo que surja, posturear, reír y también vociferar sandeces, algo que no solo hemos visto cuando ciertas imágenes marianas han estado en la calle, sino que a los autores de tan espuria exaltación, además se les ha dado altavoz, cumpliendo, así, con el afán de notoriedad de quienes solo pretenden sobresalir por encima de los demás a costa de quien sea y de lo que sea. Y el problema no es de quienes lanzan estas sobreactuadas verbalizaciones de un supuesto fervor popular, sino de quienes, como decía en el caso anterior, aplauden algo tan artificial. Todo vale para levantar un aplauso a cualquier precio.

Cofradías en silencio, especialmente en pueblos o ciudades pequeñas y con poca tradición cofrade, que optan por incluir música a sus desfiles procesionales por falta de costaleros, o la inclusión en repertorios de un excesivo número de marchas que no encajan con la idiosincrasia de ciertas corporaciones de corte serio. Todo ello en un absurdo intento de evitar la decadencia que vienen experimentado este tipo de hermandades, que no ofrecen algo «atractivo» a la juventud que se acerca al seno de una hermandad, y que tienen que buscar en estos elementos que habrían de ser un mero complemento el único aliciente que les queda, a costa de perder idiosincrasias y lo poco que resta de identidades.

Lo primordial no puede estar al servicio de lo secundario. Y está pasando, aunque no se quiera ver y duela reconocerlo. Se presta más atención a la coreografía de un misterio al son de una marcha que a lo que va sobre los pasos. O a los músicos haciendo sonar sus instrumentos y captando más miradas que la propia imagen sagrada. Solo hay que ver, por utilizar algún dato estadístico, las visualizaciones de vídeos que consigue alguna banda que va abriendo cortejo con respecto a la imagen sagrada que viene a cerrarlo. Cuando lo primero no tendría sentido sin lo segundo. Llama la atención el extravagante uso de las redes sociales, buscando, a cualquier costa, el lucimiento, el retweet, sobre todo lo demás. Y todo ello bajo el amparo de la dictadura del relativismo moral, del «todo vale», en el que se confunde la lógica libertad de pensamiento con la permisividad hacia el pisoteo más o menos velado de la propia esencia del amplio universo que supone la Semana Santa, que pese a su inmensidad, tiene unos pilares que no pueden ser negociables ni flexibles, porque precisamente dejarían de pilares.

Quizá con ciertas actitudes, o justificando determinados comportamientos, se intenta buscar a un público más amplio, que no sea creyente. Y ese fin no tiene por qué ser perjudicial. Es loable evangelizar al no creyente, o al menos atraerlo a la Iglesia. De hecho es una de las metas con las que nació la Semana Santa tal y conocemos, acercar a Dios a los que no iban a la iglesia. Pero desde luego, el camino, o lo que se hace una vez que se ha conseguido atraer a ese público, no es adecuado, porque termina por desvirtuar el sentido de las cofradías. La mencionada dictadura del relativismo moral y de lo políticamente correcto no puede apoderarse de esa manera de las hermandades y de la Semana Santa. Porque no, no todo vale. Y cuando algo no es de recibo, hay que decirlo sin temor a que te venga una turba de exaltados a tratar de amedrentarte y coartar tu libertad de expresión. Una libertad de expresión que, aparentemente, solo ampara el derecho a justificar lo injustificable y a emitir opiniones políticamente correctas. Vaya usted a saber bajo qué pretexto se amparan o justifican ciertas actitudes o comentarios. Intuyo que se pretende utilizar y manipular el orbe cofrade al servicio de fines, por decirlo suavemente, poco encomiables. El fin nunca justifica los medios, porque si así fuera, como considero que está pasando, los medios pueden alejar cada vez más del fin. Las hermandades de los cuatro puntos cardinales de nuestra tierra ganan cada vez más en riqueza patrimonial, con verdaderas joyas procesionando por las calles. Pero temo que el engrandecimiento artístico-cultural de las cofradías está trayendo consigo un empobrecimiento espiritual y religioso.

Pero… como decía antes, no todo vale. Escribía hace ya un tiempo que los malos están ganando la batalla en las hermandades. Y la están ganando porque, entre otras cosas, estos individuos radicalmente tóxicos cada vez hacen más ruido, y los que verdaderamente sienten y, sobre todo, entienden la Semana Santa desde su más pura esencia, cada vez callan más por temor a ser tachados de intolerantes y señalados con el dedo. Y con los malos, para que no haya duda, me refiero a todos aquellos cuyo único fin cuando se acercan a una cofradía es elevarse en unos prefabricados altares a sí mismos, pasando lo que verdaderamente importa, la pública protestación de fe y la veneración a las imágenes sagradas, a un segundo plano. Y también a los que se arriman a este mundillo quizá porque es el único que abre sus puertas con tanta facilidad, y lo único que pretenden es despojarlo de todo atisbo de religiosidad para convertirlo en un carnaval más. Para que no haya dudas, aunque sospecho que las habrá: las puertas de una hermandad tienen que estar abiertas para todo el mundo. Yo sí creo que en las hermandades hay cabida para todo tipo de ideologías. Pero en la misma medida, quien entre por esas puertas tiene que aceptar y acatar una serie de normas y principios fundamentales que son la columna vertebral de nuestra fe. Y si no, directamente sobra en la estructura interna cofradía. Entre el público de una procesión siempre habrá sitio para ellos.

Tenemos auténticos caballos de Troya dentro de nuestra estructura más básica, a los que no hemos sabido ponerles límites en nuestra casa, que aunque abierta, debería ser sagrada. Y nos han fabricado becerros de oro que no solo distraen de lo importante, sino que pretenden derrocar los pilares inamovibles de la religiosidad popular que sostienen nuestra fe. La culpa la tenemos todos, en primer lugar los que, como es el caso de quien escribe, salimos corriendo de este mundillo ante los sinsabores que ofrece. Tenemos a personas que rozan o traspasan la negligencia decidiendo los designios de muchas hermandades, tipos que son incapaces de tomar decisiones con tino, basándose en análisis sosegados y pormenorizados. Individuos a los que no les incomodaría en absoluto una nueva suspensión del culto externo, bajo el absurdo amparo de aquello de la «Semana Santa íntima» -como si no pudiera ser íntima en la calle- toda vez que se reduce la carga de trabajo pero se mantienen las medallas doradas. Mención aparte requieren actitudes de ciertos directores espirituales, que, en líneas generales y con contadísimas excepciones, siempre han visto en los cofrades un agente extraño que molesta e incomoda en la cada vez más languideciente vida eclesial, en lugar de una excelente oportunidad para revitalizarla. Unas actitudes que, no le quepa duda, ayudan a alejar a muchos cofrades de la Iglesia, a vivir la fe de un modo tan particular e individual que roza peligrosamente la idolatría. Ya sabe, aquello de… «yo soy creyente a mi manera», o «creo en Dios pero no en la Iglesia». Algo que viene a redundar y empeorar, sin duda, lo expuesto a lo largo de este artículo.

Al final, las cofradías no dejan de ser un reflejo de la decadente sociedad actual, falta de valores y subyugada a las dictaduras del relativismo moral y lo políticamente correcto. O ponemos pies en pared, cosa que no tiene visos de suceder, o estamos peligrosamente abocados a convertir la Semana Santa en un desfile laico cual cabalgata, vertebrado por entidades que se asemejarán más a clubs sociales que a nada que tenga que ver con la Iglesia, que adorarán en la misma medida, si no más, a una imagen sagrada que a alguno de los becerros de oro citados en este artículo. Si dejamos vencer definitivamente a ese cáncer de nuestra sociedad llamado relativismo moral, estaremos desnaturalizando algo tan arraigado y sólido en nuestro ADN como lo son las hermandades tal y como las conocíamos. Muchos pensaban que la pandemia nos haría mejores y más fuertes. Sospecho, y siento tener una visión tan pesimista, que todo lo que tenga que ver con lo cofrade está sufriendo una acelerada época de decadencia y debilidad que va cuesta abajo y sin frenos, algo constatable por la pérdida de identidad que se está experimentando, que viene a redundar en la progresiva endeblez de los cimientos de las hermandades. Quieran reconocerlo o no, hay cosas que no admiten debate: una Semana Santa sin Dios es un contradiós.