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Vanidad

Quienes afirman que el confinamiento cambiará nuestra perspectiva sobre diversos aspectos defienden también que con el tiempo acabaremos olvidando todo lo que durante estas semanas estamos aprendiendo. Dicho de otro modo: volveremos a ser los mismos. Pero hay quien no parece aprender la lección por mucho que se repita. Podríamos entrar en bucle pero las continuas realidades girarían en torno a un mismo concepto dependiendo de nuestras necesidades.

Esta semana algunos templos han aparecido con ramos de flores. Una idea que no pasa desapercibida para una Andalucía que en Semana Santa vive sus días grandes. Pero dejando de lado esta cuestión, que no es centro de debate, observamos comportamientos que a pesar de no contar con desfiles procesionales en las calles siguen con un comportamiento que está omnipresente por ejemplo en las redes sociales: la vanidad.

¿Cuántos han lanzado petaladas solo para pavonearse ante el público? ¿Algunos de los que se hacen llamar devotos qué hacen en un balcón buscando su minuto de gloria? ¿Y los que se afanan en llamar la atención con gritos de “viva” y de “guapa”?

Este año no hemos escuchado gritos que terminan ensuciando una imagen íntima. Ni tampoco los que se toman selfis delante de los pasos procesionales con la única finalidad de conseguir unos cuantos likes en Facebook o Instagram. Tampoco hemos echado de menos los que graban un vídeo para que veamos que tienen más cajas repletas de pétalos que la dolorosa a la que le tiraron flores el día anterior.

Pero a pesar de haber vivido la que probablemente sea la más rara de nuestra Semanas Santas la vanidad no ha tardado en aparecer. Aparezco tocando una marcha y me grabo para subirlo a las redes sociales y que vean mi última hazaña. O dejo un ramo de flores a la puerta de algún templo donde están los titulares de mi hermandad. Y me grabo. Tengo que dejar constancia de que he acudido porque soy el que más extraña la Semana Santa, el que más echa de menos a mis sagrados titulares. Y paso el vídeo a todos mis contactos para que me vean esparciendo pétalos y depositando ramos de flores. Porque si no lo grabo es como si no hubiera estado.

Seguimos sin saber deleitarnos con los momentos y pensando en que todo esté guardado. Nuestra memoria no capta el instante porque ya lo hace una cámara. Obsesionados con salir bien en los vídeos olvidamos que el tiempo pasa. Quizá nuestros abuelos disfrutaron más de las cofradías en la calle que nosotros, que solo estamos pendientes de ser el centro de atención.

«No dejes que tu mano izquierda sepa lo que hace la derecha» recogía en su Evangelio San Mateo. La discreción no es una seña de identidad en estos tiempos que corren. Y aún con confinamientos y pandemias la individualidad nos sigue llevando a pedirle a los amigos que nos saquen fotos cuando rezamos ante nuestros titulares. Los tiempos cambian. Las gentes no. ¡Qué diablos!

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